Cruzar la puerta con precaución.
Pisar donde hace años fui feliz.
Mirar alrededor y ver que ya nada queda.
Sólo están presentes aquellos rastros de lo que alguna vez fue una buena vida; o tal vez una bastante triste.
Rozar con las yemas de los dedos las paredes que antes estaban repletas de fotografías viejas. Donde las caras sonrientes eran el espejo invertido del alma.
La urna a un costado, con la imagen de Jesucristo mirando al horizonte, como siempre lo estuvo ella en vida.
Las paredes tienen memoria y me cuentan cosas.
Testigos de las lágrimas derramadas a escondidas, de los secretos, de las traiciones y los abusos. Testigos de la historia, de su historia.
Si bien ya no queda nada, las paredes me hablan.
Los abrigos de peluche y los anteojos tan extravagantes piden ser usados una vez más. Piden esconder el dolor de alguien más.
Las flores, cactus y plantas habituales, esas que jugaban conmigo; siguen ahí. Y al correr la cortina descubro otras nuevas, de hoja quíntuple y olor particular.
Ya no hay margaritas ni en dibujos, ni tampoco acolchados robustos y calientes; ya no hay nada más que la melancolía.
Que golpea fuerte los vidrios cubiertos de polvo, esperando escurrirse por una cerradura y mezclarse con el viento.
Hay álbumes repletos de fotos viejas, aunque faltan unas cuantas, casualmente sólo quedan aquellas que muestran a un joven con cabello largo y sonrisa espontánea.
La vajilla floral, los adornos antiguos, ya nada queda. Las meriendas bajo el sol, las mandarinas junto a su sonrisa, la miel con limón para aliviar el dolor de garganta y el corazón.
Las paredes me hablan, al igual que Jesús en la urna. Y yo no quiero hablarles, sólo deseo que ella esté bien.
Mis ojos tristes derraman lágrimas del recuerdo.
En los cajones, entre las páginas de los viejos libros, hay viejas flores.
Y en los tapados hay fragancias olvidadas.
También en las carteras hay viejos papeles y en el ropero, una cámara instantánea y una flauta.
Dentro de los halajeros, decenas de piezas incompletas y desgastadas.
Cómo pasa el tiempo. Cuántas discusiones, cuantos secretos que hace unos años descubro y que antes ignoraba.
Tanta envidia, tanto egoísmo.
Las paredes están manchadas de odio y rencor.
Ojalá algún día pueda hablar con ellas.
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