Las montañas ignoraron la vida,
sometiendo a los cielos
a observar lentamente
como sus hojas caían.
Los pasadizos estrechos fueron ríos
mientras el árbol podría
y los animales quedaban sin casa,
no hacían más que sobrevivir
aquel invierno frío.
Dios suplicaba en su ventana,
con las manos juntas ansiaba
que el mundo sufra,
pues el viento sopló los secretos
y vio que arrancamos al sol
del alba.
Cada gota de este diluvio
es merecido.
Cada crispación del cielo
será comprendido.
Las montañas ignoraron la vida,
escucharon del universo un recado
y ellas
solo cumplieron el cometido.
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