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Las monjas voladoras

Jul 7, 2025

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Las monjas voladoras
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No lo conté antes.

No supe cómo.

No supe si quería.

Pero lo recuerdo. Como se recuerdan las cosas que se entierran sin pala.


Tenía catorce.

Y la voz de mi madre era una sombra que me empujaba siempre hacia el sur.

Las hermanas del convento de San Anselmo me recibieron con una sonrisa.

Blanca.

Filosa.

Como una gasa limpia que después se mancha.


Me dieron una cama, una Biblia, una taza de loza agrietada.

Y la promesa de una vida alta, pura, aérea.

Pero adentro las paredes no rezaban.

Adentro las paredes gritaban.


Las monjas volaban.

Pero no con alas.

Volaban con el vino escondido en botellas sin nombre.

Volaban con las pastillas que Sor Magdalena traía en la manga.

Volaban con los cuerpos envueltos en sábanas de penitencia convertida en sudor.

Volaban riendo con una risa rota, como la mía cuando quise llorar.


Puertas afuera eran blancas.

Caminaban derechas, con los ojos limpios de culpa,

las manos juntas,

la boca llena de Dios.


Adentro eran otras.

Adentro no había Dios.

Solo un hambre.

Y una música de otro tiempo que sonaba a escondidas en los corredores.

Y cartas.

Cartas a hombres que firmaban con iniciales,

con palabras como mi paloma,

mi carne,

mi condena.


Yo miraba.

No entendía.

Y sí.

Entendía.

Una de ellas me miró una noche.

Dijo que el silencio también era una forma de volar.

Me pidió que no dijera nada.

Que el mundo no entendería.


Y no entendí.

Pero callé.


A veces, en las noches de lluvia,

cuando el techo del convento goteaba y Sor Clara abría una botella de ron como quien abre un pasaje al infierno,

pensaba que quizás era eso volar.

Saltar del cielo prometido al infierno deseado,

y no caer.

Nunca caer.


Una noche, Sor Irene, la más joven, la más triste,

dijo que todas las monjas éramos pájaros sin nido.

Y que volábamos porque no sabíamos estar quietas.

Ni limpias.

Ni santas.

Ni solas.


Después ella desapareció.

Dicen que se fue a un convento más estricto.

Yo no la creo.


Hoy tengo su cruz en mi mesa de luz.

Todavía huele a tabaco.


No sé si creo en Dios.

No sé si creo en nada.

Pero a veces, cuando me despierto sin saber por qué,

escucho alas.

Un batir lento, húmedo,

como un recuerdo que no pide permiso.


Y sé que son ellas.

Las monjas voladoras.

Las que nunca tocaron el cielo,

pero supieron,

como nadie,

cómo caer sin romperse.


Giovanni Battista Manassero

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