No tienen miedo, sino que hay sabiduría en su elección. Aprendieron que no todo el mundo merece verlas correr. Encontraron en el silencio de la noche, el abrigo y la seguridad de que no necesitan de la vista de nadie para salir y hacer su vida, alimentarse, correr, jugar con otras. Son libres y eligen a quién mostrarse.
Esa noche, cuando el frío me hizo tiritar, cuando la paz estaba presente junto al silencio de los grillos y algún pájaro noctámbulo; entendí que yo había dejado atrás mi madriguera después de mucho tiempo. Me había refugiado en la seguridad de mi hábitat por miedo a que la intemperie volviera a doler. No salí a buscar nada, no corrí, no me expuse; solo di unos cuantos pasos.
Descubrí que confiar no era lanzarme al vacío, sino quedarme el tiempo suficiente para comprobar que el frío no siempre muerde, que la oscuridad también abriga. Volví a salir no porque el mundo fuera seguro, sino porque yo ya no estaba en guerra conmigo.
Quizás no necesitaron pasar años —tal vez solo fueron unos meses—, pero fue el tiempo necesario para poner compresas en la herida y dejar que cierre poco a poco. La cicatriz estaba ahí para recordarme qué caminos no debía volver a transitar y que a estos nuevos lugares los quería descubrir con cautela.
Las liebres son conscientes de los peligros que las acechan y de igual forma se arriesgan a salir, porque así es la vida. Las personas somos las únicas capaces de tropezar varias veces con la misma piedra, pero en este caso era un camino diferente. Y yo lo sabía. Dejé atrás mi vieja versión, llegué a este punto “con lo puesto” y me vacié por completo solo para volver a llenarme de confianza, fuerza, amor y cuidado. Incluso había encontrado que lo que antes me ilusionaba, ahora me resultaba insuficiente. Habían sido puros espejismos en medio del desierto y yo me convertí en una tormenta de arena y arrasé con todos.
Ahí estaba, con una mirada nueva sintiendo la brisa silenciosa, y siendo testigo de la osadía de aquellos roedores correteando en medio de la noche. Pensé en la fortuna de saberme completa y que salir había sido un acto de valentía absoluta después de estar algún tiempo en soledad. Fue en esa completitud que fui yo otra vez, con mis chistes malos, con mi risa estridente, melancólica de a ratos. Ya no necesité encajar porque estaba en el lugar y momento perfecto, solo dejándome ver a quien valiera la pena. Fui dramática como el beso que se da bajo la lluvia, o tan feliz que me permití llorar por ello —la tristeza no tuvo más lugar en mí—, y muy audaz como para sonreír en medio de la calle tan solo por escuchar una canción nueva. Era como las liebres, libre.
La noche ya no fue mi sombra, sino la luz que necesité para verme, reconocerme y sentirme fuerte. Me abrazó, me invitó a visitarla seguido y aprendí que ella era el abrigo perfecto cuando comenzaron a nacer sensaciones nuevas y hermosas, porque: las liebres solo salen de noche y ahora, yo también.

Camila Foresi
Escritora nacida en la primavera del 83´en Bahía Blanca. Autora de Margarita (2021), trabajando en la próxima obra. Hago lo que amo y me apasiona. Escribo porque me hace libre.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.

Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión