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Las dos caras de la soledad

Nina

Jul 5, 2025

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Las dos caras de la soledad
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Dicen que la soledad tiene dos caras: puede ser un refugio de libertad o una condena sin palabras. Pero entonces… ¿cuándo se vuelve peligrosa la costumbre de estar solo?

Desde que nacemos, estamos en contacto con el otro. Nuestra existencia misma depende del vínculo. Un niño necesita de su madre para alimentarse y sobrevivir: no tiene movilidad propia en los primeros años de su vida, por lo tanto no puede valerse por sí solo. Estudios científicos han demostrado que los niños privados de contacto humano en sus primeros años de vida, no logran sobrevivir. ¿Será que el ser humano es el único animal que necesita compañía para no morir? ¿Estamos realmente preparados para la soledad?

Los psicoanalistas afirman que las personas que mantienen vínculos sociales de calidad —y no de cantidad— suelen gozar de mejor salud y mayor esperanza de vida. El contacto emocional no es un lujo para nosotros, es una necesidad. Sin contacto con el otro, podemos llegar a morir en casos extremos y generar enfermedades, en otros casos. No solo me refiero a enfermedades mentales como depresión, ansiedad, psicosis, sino que nuestro sistema inmunológico puede llegar a deteriorarse. Un caso claro y actual fue la pandemia del 2020. El confinamiento trajo deterioro en muchas personas y constantemente buscamos sostener vínculos (aunque sean virtuales) con otras personas. Desde una creación masiva de clubs de lectura hasta videollamadas a familiares día por medio. La gente, en su mayoría, buscó otros medios para mantener ocupada su mente porque de lo contrario caían en la depresión o tenían crisis de ansiedad.

Por otro lado, también hay estudios que resaltan la otra cara: la soledad elegida puede permitirnos mirar hacia adentro, hacer introspección y conectar con nuestras verdaderas necesidades. Puede ser un terreno fértil para el autoconocimiento y, desde allí, para mejorar la calidad de nuestros vínculos. De nuevo volvemos al confinamiento del 2020, allí mucha gente hizo un autodescubrimiento. Hubo personas que de repente se dieron cuenta que su vocación era comunicar sobre literatura y cine, otros que descubrieron su pasión por la cocina y muchos otros que simplemente se dieron cuenta qué estilo de vida querían para sí mismos (desde trabajos remotos hasta cambios en su alimentación).

Entonces, ¿cuándo se vuelve nociva? Como todo exceso, la soledad también puede volverse destructiva. Pero ¿dónde está el límite? ¿Está mal preferir quedarse en casa mirando una película que salir a comer con otras personas? Por supuesto que no. El problema aparece cuando esto se convierte en hábito extremo, cuando evitamos de forma sistemática todo encuentro con el otro. La práctica constante de aislarse debilita nuestras relaciones afectivas, nos aleja del otro y, a largo plazo, puede transformar nuestro modo de vincularnos. Si no fomentamos el diálogo, el encuentro, la conexión cotidiana… ¿cómo pretendemos que el otro nos entienda?

Ahora bien, ¿por qué algunas personas parecen elegir la soledad absoluta? ¿Es siempre una preferencia… o a veces es una condena? La respuesta quizá esté en cómo formulamos la pregunta. Hay quienes se encuentran en soledad, y nótese que no digo “eligen”, porque la soledad no siempre es una decisión voluntaria. Muchas veces es el resultado de una cadena de factores, entre ellos, la salud mental.

Tomemos el caso de alguien que atraviesa una depresión. ¿Realmente elige estar solo? Nadie lo obliga, es cierto, pero probablemente no logre conectarse emocionalmente con su entorno por diferentes factores (pérdida de un ser querido, algún proyecto truncado, etc). Ese desapego afectivo no es una decisión consciente, sino la consecuencia de un proceso interno, profundo y muchas veces silencioso. Aunque reciba ayuda de terapeutas o personas queridas, salir de ese pozo requiere algo más: poder nombrar lo que se siente. ¿Y cómo va a manifestarlo si no le enseñaron a comunicarse emocionalmente?

En El arte de amar, Erich Fromm sostiene que el ser humano necesita aprender a vincularse, pero también a comunicarse con honestidad y profundidad. Desde pequeños nos introducen en la sociedad: aprendemos a hablar, a compartir, a obedecer. Pero, ¿aprendemos a expresar lo que sentimos? Personalmente, creo que no y es por eso que vivimos en conflicto constante con uno mismo y con el otro. Nadie nos enseña a pedir ayuda sin miedo, a decir “estoy mal” sin culpa, a traducir nuestras emociones en palabras que el otro pueda comprender, simplemente damos por sentado que el otro nos entiende porque habla nuestro mismo idioma.

El psicólogo Norberto Levy, en La sabiduría de las emociones, dice que solemos penalizar a las emociones como un problema. Vivimos en un mundo donde tener emociones puede ser considerado una debilidad, cuando debería ser todo lo contrario. El ser humano es un animal tanto social como emocional, las emociones pueden llegar a diferenciarnos de otras especies porque sentir nos define. La alegría, la euforia, pero también la ira, el miedo, la furia, la tristeza, son todas emociones (clasificadas con las etiquetas de “positivas” y “negativas”) que pueden ayudarnos a transmitir un mensaje, porque después de todo, las emociones son eso: un mensaje para poder comunicarnos con el otro, son vía para transmitir lo que hay en nuestra mente, un medio de comunicación con el que tenemos al lado, porque el otro no tiene manera de acceder a nuestro cerebro. El problema está en que nadie nos enseñó a leer esos mensajes. Entonces, muchas veces, nos encerramos en el silencio por no saber cómo decir lo que nos pasa. Esto empieza desde temprana edad. Por ejemplo, cuando un bebé llora, sus padres lo silencian con un chupete, una mamadera y/o lo arrullan, pero ¿qué nos está transmitiendo ese llanto? ¿Le duele algo, necesita algo? Desde ahí empieza todo: hay un llanto que no se traduce, no somos conscientes de que nace de una emoción que no se nombra.

Entonces podemos decir que el problema no está en elegir entre el ruido del mundo o el silencio propio sino en simplemente, aprender a habitar ambos sin perderse en ninguno porque vivir en sociedad no es suficiente para dejar de estar solos. Lo que realmente nos conecta no es compartir una mesa o estar en una misma habitación que otras personas, sino poder traducir nuestras emociones en un lenguaje que el otro pueda recibir. Quizás no podamos evitar estar solos a veces porque, como hemos visto antes, lo necesitamos para conocernos a nosotros mismos. Lo que sí podemos aprender es a no perdernos y ser esclavos de esa soledad porque todo hábito al extremo, deja de ser elección. Y cuando el exceso se convierte en vicio, se vuelve nocivo para nuestra existencia.

Nina

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