El atardecer se filtraba por la ventana entreabierta, agitando las cortinas mediante una brisa fresca que, con cada hora que transcurría, se volvía más gélida.
La habitación estaba llena de tintineos y crujidos, collares, cristales, llamadores de ángeles, cuadernos abiertos, libros desmayados por ahí y por allá en el suelo… afuera habitaban los ruidos de la naturaleza, pero ahí dentro, en ese pequeño universo compartido, existían los sonidos de la humanidad, la sangre, las evidencias.
El invierno había empezado puntual ese año. Los días se escurrían casi sin que se dieran cuenta, las noches se deslizaban lentamente, como una lombriz entre las capas de tierra húmeda tras un temporal.
Su familia ya había entrado en ese estado modorriento que siempre aparecía cuando el frío llegaba: todo se volvía más lento, lánguido.
Pero bajo las frazadas y la sabana de la cama de dos plazas que se encontraba en la habitación, solo había calor y refugio para las preadolescentes, que jamás podían llegar a tiempo a su visita con Morfeo.
Eva tenía su propio cuarto, pero a esta altura de la vida, todo el mundo sabía que, en realidad, la habitación de Lilith lo era, siempre lo había sido. Jamás habían logrado dormir separadas, unidas como uña y carne desde bebas; su Madre les contaba todo el tiempo como se agarraban los dedos, las manitas, desde que habían salido de su útero. Era de lo más tierno, opinaban todas las mujeres de su familia. Incluso las gemelas, deleitadas de saberse irrevocable y perpetuamente unidas, para siempre.
“No sé qué haría sin vos en invierno, sinceramente.” Susurró Eva a través de un suspiro profundo, acurrucándose todavía más contra el pecho de su gemela. Se había quitado el sweater y el buzo, antes de meterse en la cama, toda temblores y piel helada, erizada.
“Te congelarías: sos un cubito de hielo con dos patas.” Sentenció Lilith contra la espalda de su hermana; ajustó los brazos a su alrededor y siseó cuando la planta de sus pies gélidos se le escondieron entre las piernas. “Se supone que somos gemelas idénticas, tendrías que ser inmune al frío.”
“En realidad, no.” Eva le agarró una mano y juguteó con los anillos, las pulseras que adornaban su carne. Lilith se conformó con oler el perfume suave y dulce de su cabello: Eva siempre había olido a primavera, a brisa de noviembre, a los atardeceres donde los árboles se susurraban historias y el mundo entero se sentía, casi, como un lugar donde la esperanza podía perseverar.
Lilith la suspiró con los ojos cerrados. Aquel aroma era la única morfina que había existido para ella, tan solo tenía que acurrucarse contra el cuello de Eva y listo, lo que fuera que estuviera hiriéndola, molestándola, perturbándola… desaparecía. Ese perfume era hogar, refugio, un espacio y tiempo seguro, fuera del alcance de todo y todas las personas. Nada podía molestarla ahí, contra la piel fresca de su gemela, con sus manos enredándole el pelo y su garganta vibrando por la melodía que fuera que estuviera murmurando.
Ni siquiera su Madre lograba eso. Y ella la había parido, ella había sido su hogar primordial, su tierra nativa. Pero bueno, no lo podía evitar. Después de todo, como todas sabían, las gemelas y los gemelos compartían un vínculo especial, eran manifestaciones del poder y la Energía de la Madre Naturaleza, la Tierra.
“¡Lilith!” Lloriqueó Eva, sacudiéndo la cama con sus pataleos. “¡No me estás escuchando! Y no me digás que te estabas quedando dormida porque sé que no es verdad.” La amenazó, agarrándole una mano y mordiéndole el interior de la muñeca. No con ganas de hacerle daño, pero si de dejarle marcado los dientes. Lilith estaba acostumbrada a esa maña, le causaba ternura y gracia.
“No, no me estaba quedando dormida. Solo… estaba pensando que me gusta mucho tu perfume.” Le respondió Lilith, con honestidad. Se encogió de hombros y la abrazó una vez más, acariciándole el antebrazo y el vientre. “Que siempre oliste a casa y hogar para mi.”
Eva no tardó en derretirse y agarrarla con más fuerza, exclamando: “Awwww, no puedo enojarme si me decís cosas así Liliiiiiiii.”
“¡Pero es la verdad!” Rió su gemela, poniendo los ojos en blanco. “Okay, okay, disculpá: ¿qué me estabas diciendo?”
“Te decía que las diferencias que tenemos nos hacen más fuertes, nos unen hasta en los más mínimos detalles.”
“¿Quién es la cursi manipuladora ahora, ah?”
“No seas idiota.”
Las gemelas se rieron y suspiraron cuando una ráfaga de viento trajo el olor a petricor, hojas secas y esa dulzura particular que desprendían los frutos y las flores cuando maduraban y se marchitaban, en el jardín que rodeaba su casa.
“Si lo ponés de esa forma…” Lilith retomó la conversación, observando como el llamador de ángeles que estaba reservado para la Diosa de los Tres Rostros cantaba risueñamente mientras reflejaba los rayos de la luna, cuando las nubes no la tapaban.
“Ambas sabemos que si hubiéramos desarrollado hasta las mismas particularidades, ahora estarías tan congelada como yo: no podríamos entrar en calor. Sería un desastre.” Declaró Eva.
“Oooo, también podríamos haber desarrollado mi temperatura corporal y odiaríamos el calor, el verano.”
“Mmm, supongo que ya no hay manera de saberlo.”
“No, solo estamos especulando.”
“De todas formas, nos prefiero así: somos perfectas tal como somos.” Dictaminó Eva, abrazándole el brazo con el que le rodeaba la cintura.
“No decís lo mismo cuando estamos a mitad del verano y me la paso quejándome todo el día y toda la noche por el cal…”
“Eso es porque no te callás ni un segundo, te ponés de un humor horrible.” Protestó Eva, poniéndo los ojos en blanco.
“Y con razón: siento que me quemo viva, que se me derrite la piel. Es horrible.” Refunfuñó Lilith, pellizcándole un trozo de carne del antebrazo. Eva hipó un quejido y le dio una patada en la pierna.
“Congelarte ante la más mínima brisa fresca también lo es.”
“No lo dudo… Pero mi condición es peor.”
“Argh, no empecemos, por favor.”
“Vos empezaste.”
“No es cierto.” Exclamó Eva, con una carcajada indignada.
“Sí que lo es.”
“No.”
“Sí.”
“No.”
“¡Sí!” Lilith se revolvió sobre su propio eje hasta quedar cara a cara con su hermana y le clavó los dedos entre las costillas, haciéndole cosquillas. En poco tiempo la cama terminó siendo un enredo de miembros, huesos, risas y frazadas revueltas.
Cuando las dos se quedaron sin aliento, con el corazón haciéndoles cabriolas en cada pliegue del cuerpo, se dejaron caer de espaldas contra el colchón, todavía riendo entre dientes.
Eva se giró hasta quedar de costado, apoyando la cabeza sobre una mano y le sonrío con esos hoyuelos tan tiernos que tenía… A diferencia de los de Lilith, le daban un aspecto dulce, puro, no de picardía o busca problemas.
“Sí, nos prefiero justo como somos: no cambiaría nada.” Murmuró Eva, contenta y tranquila, como siempre que estaban juntas. Lilith podía sentirlo, como un rayo de sol derramándose desde su corazón hacia todas sus venas.
No es algo culturalmente shockeante, lo que elige hacer.
Muchas familias lo practican hasta el día de hoy; ya sea por seguridad, como sacrificio y ofrenda para el clan, o simplemente por avaricia y abuso. Entre muchas otras razones.
Su error no tiene nada que ver con la ignorancia, su familia siempre había sido bastante ortodoxa, fiel a los viejos tiempos: conoce cada mito, le contaron las viejas historias durante los atardeceres y la arrullaron por la noche con las antiguas canciones para bendecir los sueños y el viaje que iba a emprender el alma, una vez más, por los bosques de la noche, desde que tiene memoria.
No había una sola celebración de la cual no supiera cada secreto, cada significado, las propiedades de los alimentos y los orígenes de cada historia, así como sus moralejas. No había ningún altar o ritual que no la hiciera sentirse en casa, que oliera a ancestral, cultura milenaria. Refugio.
Esos momentos tan especiales y místicos siempre la hacían reflexionar sobre la historia de las hermanas Sabiduría y Memoria y su eterna batalla contra el paso del tiempo.
Y eso siempre la hacía cruzar miradas con su hermana, agarrarle la mano o apoyar la cabeza en su hombro. Su gemela y ella conocían y respetaban sus costumbres aún más que a sus propios lazos sanguíneos. Eso es ley, Credo, El Verbo Ineffable.
Excepto Lilith.
Supone que ese fue su primer gran error, de hecho… Eva siempre estuvo por encima de todo. Ella es la persona más importante, su mundo entero, la conexión y el vínculo más profundo, mágico y balsámico que jamás iba a tener.
Son Eva, ella, y después la familia y el planeta entero. Ellas contra el universo y su inescrutable inmensidad.
Es como ese mantra tan sagrado para su cultura y clan: “Somos la inhalación de nuestros pueblos y la exhalación de nuestras Ancestras y Ancestros, somos la respiración de la Madre Naturaleza.”
Su hermana y ella son familia, gemelas, un alma y espíritu fragmentados en dos cuerpos, inhalación y exhalación, sabiduría y memoria.
Eva y Lilith.
Así que, su error, el error fatal, no tiene nada que ver con la ignorancia. Lilith sabe, fue educada para esto toda su vida. Ambas lo habían hecho. Pero Eva siempre había sido tan responsable y curiosa, con esa capacidad de entrega que te desarmaba cualquier muralla que hubiera quedado de pie después de que la miraras directo a sus enormes ojos de Bambi.
No existe nada ni nadie más para Lilith, no siente ninguna carencia que la dispare a escapar y experimentar el mundo, las personas, a buscar eso que la complete, que la complemente o la eleve y haga sentir parte de algo, de un todo, unión. No siente ningún anhelo por un vínculo trascendental, especial, espiritual. Ya lo tiene, no necesita nada más que a Eva. Su otra mitad, su manada, su hermana de alma y espíritu.
Así que… no es algo culturalmente shockeante, lo que eligió. En lo absoluto.
Muchas familias lo practican hasta el día de hoy, ya fuera por seguridad, como sacrificio y ofrenda para el clan, o simplemente por avaricia y abuso.
Pero Lilith elige a Eva por la más simple y honesta de las razones: si tiene que ofrecer un trozo de su alma, como ocurre cuando El Primer Sangrado consagra el inicio hacia La Gran Ceremonia y todo lo que ésta conlleva…
Por supuesto que Lilith elige a Eva.
¿A quién más podía entregarle una parte de su alma, lo más divino y sagrado que posee? No existe otra opción, ni siquiera se le pasa por la cabeza el contemplar otra persona.
Solo existe una criatura que merezca un trozo de su alma, un solo ser al que ya le pertenece su alma, para empezar. Una sola criatura con la que la comparte.
Su familia lo toma… lo toma bastante bien, teniendo en cuenta las circunstancias: las gemelas ya tienen en su futuro próximo suficientes ceremonias y rituales importantes que llevar a cabo, en su opinión, y esto no es inusual, pero si les sorprende y causa cierta incertidumbre.
Aunque nadie sabe comprender muy bien por qué.
Es la primera vez que no logran entender y escuchar una Premonición de Sangre, la más fuerte que existe en su linaje. Ni su Madre, ni sus Tías ni sus Primas ni sus Abuelas, ni siquiera las gemelas. Porque todas lo sienten, hasta el fondo de los huesos y en las grietas de los cartílagos. Pero por alguna razón, ninguna puede encontrarle un significado. Una razón de ser.
Cada una intenta buscar respuestas en sus correspondientes ramas esotéricas y espirituales, pero absolutamente todos sus Guías Espirituales y Guardianes se niegan a responder. Todos se llaman al silencio más absoluto. Hasta sus Ancestras. Eso jamás había ocurrido.
Sin embargo, no hay tiempo para hacer algo más que aquello, con los preparativos a por arreglar para el día siguiente.
Aun así, la tensión y la incertidumbre las habita a todas durante la Ceremonia. Las únicas que logran empujar ese incesante ruido blanco que se les quiere infiltrar en todos los momentos del día y las noches en la parte consciente de sus mentes son las gemelas.
Ellas están contentas de poder unirse aún más la una a la otra, de conectarse a través de otro filamento de la existencia que las rodea y las había entrelazado desde el principio.
Lilith está extasiada, no solo por su propia Ceremonia, sino porque Eva declara que quiere ofrecer el trozo de su alma a su gemela, también, cuando el momento le llegue. Lilith jamás había sonreído tanto y tan de golpe, al escuchar algo; casi que se le acalambran las mejillas.
Mientras las gemelas continuan preparándose para llevar a cabo el ritual, después de la noticia que había soltado Eva, las mujeres a su alrededor cruzan miradas resplandeciendo con el brillo o la bruma de la preocupación, extrañeza y alerta en sus ojos oscuros.
Lilith, que había nacido primero, se sienta en el pasto y espera a que Eva haga lo mismo su lado; antes de que ésta termine de pedirle que se acueste, su espalda ya está sobre la tierra.
En su cultura, los pies simbolizan el Alma y el Ego: el Alma que camina descalza sobre las hojas y el barro, y el Ego, que muchas veces nos guía por rutas inhóspitas, alejándonos de nuestro camino. Es por eso que Lilith apoya sus pies sobre el regazo de Eva y deja que ella le quite las zapatillas y tome la daga familiar.
Lilith casi que no se sobresalta cuando la lengua fría del metal le abre una grieta en la planta de cada pie, se queda quieta y relajada mientras Eva deja que las heridas superficiales sangren sobre el cuenco donde se encuentran los pétalos blancos de las calas, los pétalos rojos de una rosa y las cáscaras secas de manzanas, naranjas y granadas pulposas y pasadas de maduración.
Una vez hecha esa parte del ritual, Eva deja el cuenco a un lado y agarra los paños empapados en el ungüento familiar para las heridas, y procede a limpiarle los pies a Lilith, mientras ambas se hacen reír con chistes internos.
A continuación, se ponen de pie y Eva agarra el palo del mortero para integrar la sangre de Lilith junto a las cáscaras de fruta y los pétalos de flor. Cuando queda la pasta polvorienta que se busca, ambas se enfrentan la una con la otra y Eva le ofrece la mano a Lilith, junto con la daga familiar.
Lilith agarra el dedo corazón de Eva e intenta realizar un corte lo suficientemente profundo como para que la sangre fluya pero lo suficientemente superficial como para que no le duela.
Con dedos ensangrentados, Lilith se agacha y agarra el pequeño frasco que contiene un poco de su sangre menstrual y, después de luchar con el diminuto corcho, vierte en su interior la sangre de su útero recientemente despierto al mundo; con dedos hiperactivos pero respetuosos, revuelve todos los ingredientes del mortero hasta que la pasta polvorienta adquiere una textura más líquida.
Eva aprovecha ese momento para trazarle con la sangre del dedo corazón el símbolo del Cáliz Divino en la frente, dos centímetros arriba del entrecejo. Una vez que ambas están listas, Lilith acerca el tazón hacia los labios de Eva, y cuando ella toma tres sorbos profundos, se lo cede, para que realice la misma acción.
La Abuela Materna le alcanza a la Madre de las gemelas una especie de hornito, donde depositan el cuenco y sus restos, en la superficie cóncava de arriba; en la parte inferior, colocan un velón consagrado con alcohol casero y endulzado con aceite de oliva, lo encienden y, mientras los restos del cuenco empiezan a tostarse, sus Tías y Primas comienzan a cantar y a armar la mesa para el Festín de Celebración, para cuando la ceremonia concluya.
Una vez que todo está preparado, dejan enfriar el cuenco y Lilith agarra una taza que se asemeja a un pequeño caldero, donde agrega unas hojas de laurel, lavanda y ruda al agua caliente. Cuando todo el brebaje se asienta lo suficiente, deja que Eva agregue las cenizas del cuenco y mezcle la infusión hasta que ésta está tibia.
Lilith toma la taza y bebe todo su contenido, reteniéndolo entre lengua y paladar. El líquido es amargo, si, pero hay una nota dulce que lo inunda todo, como el centro blando de un bombón.
Después vienen los festejos y el honrar sus raíces, sus cultos y costumbres: comen el pan de polenta y amapola junto con el vino dulce de la cosecha familiar, manzanas rojas como la sangre cortadas en rodajas y empapadas en almíbar, y los famosos frutos secos de sus Abuelas.
La vida transcurre, y como suele suceder con el paso del tiempo, relega en la parte posterior de sus mentes la premonición de sangre que tuvieron, hasta que lo único que queda de ella es un eco de incertidumbre e incomodidad, en los años que siguen.
Incertidumbre por el porvenir, por las Fogatas de Invierno y la quema de cosas que se deben dejar atrás: es un evento en el que se junta toda la familia, cercana y lejana, donde ven a sus Tíos, Primos y Abuelos; siempre ocurre algo que pone todo patas para arriba, algo cómico, gracioso o absurdo que hace de la noche un espacio seguro, dulce, suave..., reconfortante.
E incomodidad porque no consiguen sacarse esa sensación de encima: cuando menos lo esperan, ahí está, mientras la Abuela le pone comino al estofado, mientras las Tías arreglan y nutren el jardín y los animales y espíritus del bosque; mientras su Mamá les peina el cabello o contempla las llamas de las velas, su tarot esparcido sobre la mesa de madera o las estrellas en el firmamento.
Las gemelas continúan siendo ellas mismas, aunque más unidas y pegadas la una a la otra de lo que jamás lo habían estado, y eso es mucho decir, de por sí.
Para cuando ambas dan su décima séptima vuelta al sol, ahí es cuando Lilith comprende el error que había cometido. Todas las mujeres de su clan comprenden la catástrofe que se había estado gestando hasta este momento, para parir sus horrores y profecías ocultas.
El Ritual de Unificación Universal consiste en liberar al Alma y Espíritu, el Aliento de Vida, del cuerpo humano en el que no debe estar. Los signos se presentan a temprana edad: intolerancia a altas temperaturas, una marca de nacimiento con forma de media luna en el centro de la garganta, temperamento errático, desarraigado de la humanidad.
Pero la mayor señal es la piroquinesis: primero se presenta como un refulgor en la punta de los dedos y las raíces del pelo, nada demasiado llamativo. Hasta podría pasar desapercibido como miel pura, en los dedos…; y como raíces teñidas químicamente o gracias a los rayos del sol, en la cabeza.
Pero su familia lo supo de inmediato, no tuvieron que esperar a ver como el fuego danzaba cada vez que la pequeña Lilith miraba con una fijeza inquietante para alguien de ocho meses las llamas de la chimenea, de la salamandra y de las hogueras.
No fue ninguna sorpresa cuando, a sus ocho años -durante el enojo y la frustración por no haber podido lograr crear sal negra desde cero-, incendió la mesa entera y todo lo que había en ella, calcinándolo todo hasta ser pura cenizas. Todo en menos de tres minutos.
Pero nada pasó a mayores porque Eva apareció de la nada y se puso detrás de Lilith, rodeándola con sus brazos, apoyando una de sus manos perpetuamente frías sobre la media luna que vibraba y resplandecía en la garganta de su gemela. Todo sin abrir los ojos, completamente segura de que Lilith jamás iba a lastimarla, rechazarla o apartarla.
El resultado había sido una visión: Lilith prácticamente se derritió contra Eva y, en un suspiro, todo lo que estaba bañado en fuego se redujo a humeantes y viejas cenizas. Como si aquel incendio hubiera ocurrido hacía días, y no apenas unos minutos atrás.
Lilith es, sin lugar a dudas, la que debe ser liberada de su cuerpo humano, la energía creadora y destructora que no puede estar confinada entre fronteras de carne, venas y humanidad.
Y así la habían críado desde el principio, sin mentiras, contándole su destino con suavidad, amor y reverencia desde que tenía la capacidad como para comprender aquellas cosas tan complejas y Sagradas.
Eva siempre había estado a su lado, escuchando y aprendiendo junto a Lilith, haciendo más preguntas que su gemela, incluso. Ambas hablaban mucho al respecto, y se escabullían por las noches en busca de información en los viejos tomos de la Librería de la Comunidad o en los interminables estantes repletos de libros en la casa al borde del terreno que les pertenecía.
A ninguna le resulta macabro u horrible, el destino de Lilith. En su linaje familiar es considerado un gran honor, un sacrificio que se realiza desde tiempos inmemorables, como forma de agradecer y honrar a todas las Ancestras que habían dado su vida para que el clan fuera bendecido con buenas fortunas y protección; aquel sacrificio es agradecimiento y retribución.
Para Lilith es un honor, si, pero lo que realmente le importa del asunto es que Eva va a seguir con vida, que ella va a poder crecer, madurar, volverse una de las Sacerdotisas del Templo y hasta, si eso es lo que desea, enamorarse y formar su propia manada, crear a sus propios cachorros.
Lilith no va a estar en cuerpo y materia para acompañarla y compartir cada experiencia, pero estaría presente. Va a estar presente siempre, cuidándola a ella y sus crías, protegiendo todo a lo que Eva ame y respete.
O va a estar preparada para dañar y destrozar a aquellos que intenten herirla o causarle dolor. Va a ser su Guía Espiritual, su Guardiana.
Eva… Eva es más difícil de leer. No está enojada o decepcionada, tampoco se niega al destino de su hermana o lo considera injusto. Pero hay algo en su mirada, cuando cree que nadie, ni siquiera su gemela, la está mirando..., una mirada que observa más allá de lo que esté frente a sus enormes ojos bicolores; momentos donde desaparece dentro de su mente, con el ceño fruncido y una mueca casi imperceptible.
Pero Lilith no logra descubrir qué significa eso, no solo porque Eva sigue siendo la misma adolescente risueña y carismática de siempre, continuando con sus chistes malísimos, expresando a través del contacto físico su cariño y amor, y siempre revoloteando de acá para allá, de una familiar a la otra, de un animalillo del bosque a otro.
No logra descubrir qué pasa dentro de su hermana en esos momentos porque Eva la… no la bloquea, per se, pero sus pensamientos se vuelven muy erráticos y veloces como para desmenuzar alguno; sus emociones, por otro lado, están siempre rodeadas de una inmensa muralla de recuerdos, cosas a por repasar y aprender y Lilith, pero aquello no es ninguna sorpresa: Eva también está siempre en la línea frontal de su mente.
Así que lo deja estar. Tal vez Eva se encuentra taciturna por su propia Ceremonia, que parece atrasarse más de la cuenta. Hacía cinco años que debería haber sido bendecida con el Primero de muchos Sangrados. Tal vez eso la tiene ensimismada, tal vez eso es lo que hace que, muchas veces, se escabulla sola a quién sabe dónde.
Lilith no la persigue, tan solo se limita a prestar suma y completa atención al vínculo que comparten, preparada ante el más mínimo hilillo de miedo, peligro o angustia que pudiera percibir de su parte para salir corriendo a su encuentro.
Pero jamás siente algo parecido. Como va a descubrir después, Eva sabe mantener sus secretos a cal y canto, tan herméticamente como los sarcófagos que contemplan el sueño eterno de los Faraones y Faraonas.
Lilith no va a saber hasta que sea demasiado tarde que aquellas salidas a hurtadillas por la noche/madrugada son para conectar con sus Ancestras, y que éstas le hacen saber porque no habían respondido a sus plegarias.
Y qué es lo que va a pasar.
Cuando todo ocurra, va a ser demasiado tarde para torturarse con los y si, si hubiera sabido, capaz que si…
No, eso ya va a ser pasado.
El bosque es como el océano, había dicho su Madre en incontables ocasiones: al igual que éste, nunca te devuelve a la civilización con la misma forma; la persona que se interna entre sus árboles nunca vuelve a ser la misma.
Como siempre, Lilith termina descubriendo que su Madre tiene razón. Casi que puede sentirla detrás suyo, respirándole contra la nuca esa misma lección que solía susurrarle a ella y a Eva cuando caminaban cerca del bosque, cada vez que la luna llena se alzaba en el horizonte.
“...algo se queda ahí, entre las ramas y el barro, algo que nunca fue nuestro en un primer lugar. Cuando llegue el momento -y va a llegar, amores-, no lloren por eso que nuestras Ancestras recuperen: no es un duelo, es destino, nuestro legado. Ellas saben lo que hacen, saben cuál es el karma que debemos romper en esta vida para poder liberar a nuestra descendencia en la vida que viene.”
Sí. La lección es más que clara, no tiene dudas sobre lo que significa. Pero es intolerable. No va a poder vivir con ese peso sobre sus hombros, no quiere vivir con esa ancla.
El resplandor pálido y fantasmal que derrama la luna llena sobre el claro en el que están no deja de arrastrarse, de murmurar que el planeta sigue girando sobre su propio eje, que va a seguir dando vueltas alrededor del sol, sin importar lo que ocurra dentro de unos momentos, pero…
¿Cómo es eso posible? La cara oculta de la luna había elegido, sus Ancestras habían elegido tomar lo que es suyo por ley sanguínea, a quién le ofreció voluntariamente un trozo de su alma, y sin embargo…
Está mal. No puede ser su destino, su legado. ¿Qué fue lo que había hecho en su vida anterior aquella mujer a la que le seguía en el árbol genealógico para merecer semejante castigo? ¿Qué vale el precio que está por pagar? ¿Qué ley había quebrantado?
“Todo va a estar bien…, todo va a estar bien.” Farfulla frenéticamente Lilith, atragantándose con su propia saliva, oxígeno y energía, que le recorre el cuerpo como una gélida corriente eléctrica. Le quema cada célula. El corazón debió de explotarle cuando la luna brilló cegadoramente sobre el filo de la daga familiar, porque ahora siente sus pedazos desperdigados en cada rincón del cuerpo, retorciéndose y chillando a través de su pulso. “No cierres los ojos, mírame, todo va a estar bien, lo prometo.”
“No me prometas algo que no vas a poder cumplir.” Tose Eva entre hipidos ahogados. La más joven de las gemelas convulsiona en los brazos de su hermana, sus manos no pueden controlar los espasmos que la sacuden.
Sus dedos se contraen y crispan sobre su propio pecho, ahí donde un agujero supurante vomita sangre sin cesar, para después clavarle las uñas en el torso a Lilith, dejándole medias lunas carmesí aferradas en la carne. “Mierda, me voy a morir… Duele horrores, mierda.” Las lágrimas brotan de sus ojos bicolor, esos que son un reflejo idéntico de la mirada que se cierne con desesperación sobre ella.
“No, no digás eso. No te vas a morir, yo…” Las palabras se le enroscan cual boa constrictor en las cuerdas vocales, ahorcándola.
Eva siempre había sido un trozo de hielo: toda rasgos y miembros filosos, piel blanca y carne perpetuamente fría; por eso ama la primavera, el verano: son los únicos momentos del año en el que se la ve cómoda, contenta…, libre. Pero ahora es diferente, cada vez está más fría, más pálida, menos viva.
Los espasmos que le electrocutan los músculos se van dilatando más y más, perdiendo ritmo con cada minuto que transcurre. “Puedo revertirlo, puedo solucionarlo, solo… no cierres los ojos, quedate conmi…”
“Lily.” Intenta graznar Eva: Lilith puede sentir como su gemela se aferra a lo poco que le queda de adrenalina y shock en las venas, como su hermana ya no siente las extremidades y se percibie desprendida y exiliada de sí misma… que nunca había sentido algo tan espantoso y liberador al mismo tiempo. “Está bien, no pasa nada, está bien. Así es como tiene que ser.”
“No, no-no. Por favor, no.” Suplica Lilith, sollozando con más fuerza. Está transpirando, a pesar de la noche invernal. Siente que su habitual temperatura corporal aumenta desaforadamente, como si estuviera intentando inyectarle algo de calor a Eva, mantenerla viva lo suficiente como para…
¿Cómo para qué? ¿Cómo puede salvarla? ¿Tiene alguna posibilidad, si quiera?
La piel morena de Lilith se oscurece notablemente, algo que jamás había ocurrido. Es como si las sombras de la noche se le fueran encastrando a la carne como sanguijuelas. “Perdón, perdón Eva, nunca pensé…, no sabía…”
Pero si lo sabía. En el fondo. En lo más profundo de su ser. Al igual que toda su familia. El que no hubieran encontrado nada en los cientos de libros que habían repasado una y otra vez después de la ceremonia de Lilith y a continuación, con la ceremonia de Eva… no hay excusa. Nada justifica esto. Ni la ignorancia, ni la falta de recursos… nada.
El fuego se intensifica dentro de sus huesos, elevando de su estupor a aquella criatura mágica y toda su hambre y sed. Lilith empieza a perder el control, su piroquinesis se despierta con brusquedad, violenta.
“Hey, shhh, lo sé, lo sé.” Eva se atraganta con su propia saliva y sangre, ambas se le desbordan de la boca, creando burbujas. Su gemela, que siempre olía a flores y frutas, ahora desprende un pungente aroma a sal y óxido, a calidez perdida y lágrimas enfriándose.
No es una fragancia dulce en lo absoluto y, sin embargo, se le pega entre paladar y tráquea con falanges que la asfixian y le dejan surcos hediondos a su paso. Ya no queda nada del perfume natural de su gemela, los demás olores lo sublevaron.
“Está bien, en serio. Hacelo, por favor, hacelo… No doy más, duele… Hace mucho frío…, odio el frío…” Gorgotea Eva a la vez que le regala una sonrisa torcida y desmantelada. Parece alumbrar todo el claro, aún cuando ella misma se está apagando.
Mientras su gemela intenta sonreírle entre gemidos y muecas de agonía, Lilith se da cuenta de que ya no están solas en el bosque: un centenar de mujeres que oscilan desde los dos meses hasta los noventa y tanto años de edad se habían materializado a su alrededor, en algún momento, formando un círculo.
El Círculo.
Se suponía que la iban a buscar a ella, que Lilith iba a irse con ellas y le iba a trasmutar su poder y alma a Eva… no al revés. Lilith debía ser la elegida. Al fin y al cabo, la habían nombrado en honor al primer sacrificio de sangre. Se suponía que debía ser ella quien estaba destinada a alimentar y sustentar a Eva hasta el final de los tiempos.
Lilith quiere gritarles, quemarlas, perseguirlas hasta el fin de los tiempos. Esas mujeres de las que tanto sabe, de las que tanto había escuchado y leído, que tanto había admirado y con las que tantas veces se había comunicado a través del fuego…, ahora no le producen más que un odio ciego, abatido, destrozado: van a robarle la mitad de su ser, ese reflejo completamente igual en el cual habita la otra parte de su alma. Y una parte de su propia alma, también. Van a arrebatarle a la persona que más ama en el universo entero… y no puede hacer nada para impedirlo. No puede pararlas.
Después de todo, esto es destino. Y el destino se puede torcer, atrasar, intentar moldearlo en otra forma… pero siempre vuelve a su forma original, a su propósito escrito en las estrellas y el Cosmos y la tierra húmeda bajo sus pies.
“Hermana… Por favor, tengo mucho frío…” Le suplica Eva, guiándole una mano hacia el agujero por el cual la vida se le escapa. La sangre apenas está tibia, empieza a coagularse. “Te amo. Todo va a estar bien.”
Así que Lilith grita. Grita porque sabe que ya no hay vuelta atrás. Grita y chilla porque el hambre y la sed de la criatura recién despierta a la conciencia dentro de su ser comienza a rugir y arañarle el estómago, el cerebro, la sangre.
Grita con todas las fuerzas que puede conjurar, hasta dañarse las cuerdas vocales. Grita, solloza y, con un ultimo asentimiento por parte de Eva, se desprende de las cedenas y desata la potencia de todos sus volcanes famélicos, incendiando todo lo que se encuentra en los ocho metros que son su perímetro más cercano.
Con la agonía, el duelo y el dolor rugiéndole por dentro, cumple su destino. Pero no porque eso es lo que se espera de ella, sino porque los enormes y transparentes ojos de Bambi de Eva se lo suplican. Y jamás había podido negarle nada. Jamás la había podido ver sufrir.
Así que, cumple. Hace lo que su hermana le pide: entierra la mano izquierda dentro del agujero en el que se convirtió su pecho, escarba y, con toda la ternura que puede conjurar dentro de la fuerza bruta que la acción le demanda, le arranca el corazón.
Aquel corazón que había palpitando tantas veces contra el pecho de Lilith, al que había escuchado inconmensurables veces, cuando apoyaba la oreja entre sus pechos. Y ante la mirada de todas sus Ancestras, incluso de esos ojos infantiles que descansan en los brazos de las mayores, empieza a comerlo, a honrarla y hacerla parte de su ser.
La criatura, la Bestia dentro de su cuerpo se deleita con cada mordida, cada vez que tiene que desgarrar la carne y los músculos con los colmillos, hasta que le duele la mandíbula.
No escucha las súplicas de sus Ancestras, sus gritos de horror y sus exclamaciones frenéticas, dentro de su mente, dentro de sus venas. Ellas presienten lo que va a hacer… Pero la Lilith que habían conocido hasta ese entonces acaba de morir con Eva.
Es por eso que no se detiene ahí: lleva a cabo algo que está Prohibido, algo que solo se hacía cientos de años atrás, en las ramas más místicas… y a veces, las más oscuras.
Aún con trozos de músculos entre los dientes, hunde la daga familiar en el bajo vientre de lo que alguna vez fue Eva y abre la carne, la grasa, hasta llegar al útero. Y con el fuego palpitando y ardiendo dentro y fuera de su ser, chamuscando todo a su contacto, lo arranca y lo devora hasta que el estómago y la fuente de la que sea que sale su poder están llenas, satisfechas, al fin.
La luna todavía cuelga del horizonte cuando el bosque queda tras su espalda. Su Madre, Tías y Abuelas están en el límite que colinda con el extremo más alejado del pueblo, esperándola.
No. A ella no, a Eva.
La primera en darse cuenta de que algo no cuadra es su Abuela, como siempre. Sus ojos ciegos la atraviesan y, por unos segundos eternos, puede ver como el dolor empañar esa sabia y vieja mirada que le había prometido…
No importa, ya no tiene sentido.
Lilith se concentra en las hebras oscuras y escarchadas del pasto bajo sus pasos. No vuelve a cruzar miradas con su familia hasta que sus pies desnudos quedan frente a los de su Madre, que le pone una mano en el hombro con una suavidad extrema, como si temiera romperla.
“No hace falta” Hubiera querido decirle. “Ya me rompí, nuestra familia me hizo pedazos.”
Pero el sabor a carne, sangre y lo que alguna vez había sido vida sigue aferrado a su boca, a su estómago y tripas. Teme que si destraba los dientes, todo se le va a desbordar con una brutalidad sádica. Y eso no puede pasar: la textura viscosa que ahora la compone alguna vez fue Eva…
Es lo único que le queda de ella.
“¿Lilith…?” Su Tía se le acerca con lentitud, el rostro enmascarado de toda emoción, excepto por su voz. “¿Qué…?”
Lilith se refriega la cara con manos ensangrentadas, agarrotadas y acalambradas por el esfuerzo realizado. Una extraña y visceral calma la invade, un entumecimiento que jamás había experimentado.
Lilith niega con la cabeza, respira hondo y parpadea dos, tres veces mientras el cielo empieza a aclararse en los bordes; un par de estrellas solitarias titilan y, a medida que el amanecer empuja la oscuridad, se difuminan.
Eva… Sangre de su sangre, la mitad idéntica de su ADN… ya no está. Está sola, completamente sola.
Es ahí donde la falsa calma que acaba de sentir en los últimos minutos se desmorona… Solo hace falta esa realización para que la vida que había tenido hasta ese entonces deje de existir por completo, para que el presente la golpee prematuramente en el medio del estómago.
“Ya no soy parte de esta familia…, no soy gemela. Soy nada.”
Por primera vez en su existencia, Lilith ve como las mujeres de su familia exclaman ahogadamente, horrorizadas, mirando detrás de su espalda, hacia el bosque. Lilith sabe lo que están viendo, sabe que Eva y todas sus Ancestras están ahí, acercándose.
Pero no puede darse vuelta. No puede dejar de observar toda la sangre que la cubre, como su temperatura corporal, por primera vez en su vida, desciende hasta dejarla tibia, casi fría.
Cuando unas manos intentan agarrarla otra vez, Lilith se zafa del contacto con violencia: su piroquinesis se aviva, quemando las manos y distintas partes del cuerpo de la persona que intentó tocarla.
La escucha gritar y llorar. Pero no le importa.
Con sus enormes ojos ciegos, distantes y opacos, con las pupilas dilatadas, empieza a caminar. No sabe hacia donde, pero si está segura de a donde no va a regresar.
De que ya no tiene hogar, familia.
Ahora está sola. Ahora su destino está roto y fragmentado.
Ahora, Lilith es un fantasma, y como tal, va a errar por la faz de la tierra hasta que le llegue su momento.
Pero en el intermedio… en el intermedio se va a encargar de arrasar con todo, incendiar todo lo que esté a su paso.
Porque ahora tiene un solo norte, una sola meta: venganza.
Venganza y recuperar a Eva, a su gemela… su humanidad.

Ayelén
Escribo desde que tengo memoria, expresar-me siempre fue y será vital para mí desarrollo personal: es mi cable a tierra, mi forma de conectar con la otra persona, el mundo.
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