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La Voz De Los Sueños

May 4, 2026

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La Voz De Los Sueños
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Estaba a punto de anochecer. El reloj marcaba las seis y media. Tumbado en la cama, contemplaba el techo de mi habitación. Hacía más de un año que no lograba escribir nada bueno. La inspiración me había abandonado. ¿Por qué? ¿Por qué soy incapaz de salir a buscarla? Cuando un escritor deja de crear, se convierte en polvo: muere.

La puerta empezó a sonar. Me puse en pie y me dirigí hacia la entrada principal de la casa. Allí estaban dos tipos desaliñados, uno gordo y el otro delgado. Ambos parecían un poco borrachos.

—Hola, disculpe, ¿aquí vive Ted? —dijo el tipo delgado.

—No, creo que se han equivocado de dirección.

Los dos hombres se despidieron con un gesto de la mano. Cerré la puerta y regresé a la habitación. Me tumbé de nuevo en la cama, esta vez boca abajo. ¿Por qué soy incapaz de escribir sin inspiración? ¿Estoy realmente tan limitado? Pasados algunos minutos, volvieron a golpear la puerta. Antes de abrir, corrí la cortina de la ventana lateral y miré hacia afuera. No había nadie. Regresé sobre mis pasos y, cuando estaba a punto de entrar de nuevo en mi habitación, la puerta volvió a sonar. Esta vez era una joven. Vestía un vestido negro, ceñido. Iba descalza y sostenía con ambas manos un pequeño bolso, que aferraba con fuerza, como si temiera perderlo.

—¿Puedo pasar?

—¿Qué?

—Necesito un lugar para esconderme. Será solo por un momento, por favor.

Su presencia era serena y agradable, como una brisa suave. La joven me sostuvo la mirada, aguardando mi respuesta. El reloj marcaba las siete, y el viento, cada vez más inquieto, comenzaba a cubrir las calles con un susurro gélido.

—Está bien, pero sólo por un momento. Pasa —dije.

La joven me dedico una pequeña sonrisa y entró sin miedo. Se quedó unos instantes de pie en la entrada.

—Adelante —la apremié.

Mientras avanzábamos hacia el sofá, pensé en qué podría hablar con ella. Hacía mucho tiempo que no tenía una conversación con un desconocido. No era particularmente bueno hablando con las mujeres, ni con las personas en general. Llegamos al sofá, me senté y ella se dejó caer suavemente a mi lado.

—¿Quieres ver la televisión? —le pregunté.

—No, gracias.

—¿Quieres un poco de agua o café?

—Café, por favor.

Me dirigí a la cocina.

—¿Quieres que le ponga un poco de azúcar?

—No, gracias —respondió la joven desde la sala de estar.

Preparé dos tazas de café y regresé con la joven.

—Toma —dije, entregándole la taza.

—Gracias.

—De nada.

Sonreí, y ella me devolvió la sonrisa. Después enmudecimos por unos minutos. Nos quedamos sentados uno al lado del otro sin decir nada. Su pelo corto y negro le llegaba hasta los hombros, y su piel era blanca como la nieve. Era una joven muy hermosa, pero había algo extraño en ella, algo que no era normal.

—Oye, ¿cuál es tu nombre?

Lo dijo tan de repente que me sobresaltó un poco. Me volví hacia la joven.

—Michael, pero puedes decirme Mike. ¿Y tú cómo te llamas?

—Dulce —respondió la joven, sin apartar la mirada del frente—. Y dime, ¿qué es lo que haces, Mike?

—Escribo. Aunque últimamente no he escrito mucho, la verdad.

—Lo siento. Parece que no soy la única con una suerte horrible. —dijo Dulce y dejó su taza en la mesita de café.

—Todos tenemos una suerte horrible.

Saqué una cajetilla de cigarros. Solo me quedaban dos. Encendí uno y empecé a fumar. Nos quedamos otra vez en silencio, un silencio tranquilo, casi agradable. Le di una última bocanada al cigarro y lo apagué.

—Dulce, ¿puedo hacerte una pregunta? No tienes que responder si no quieres.

—Sí, claro.

—¿Por qué te escondes?

—No creo que me vayas a creer —dijo Dulce.

—Tal vez sí —dije—. No pareces de esa clase de persona que se inventa las cosas.

Dulce dirigió su vista hacia mí. Tenía una mirada diferente, distante. Se acercó un poco más y posó su mano sobre la mía.

—Inclínate —me dijo—. Te lo voy a decir al oído.

Me incliné y sentí sus labios suaves.

—Le corté la cola... al Diablo.

Me quedé pasmado, mirándola fijamente a los ojos. Me pregunté si Dulce no estaría un poco loca.

—¿Qué? —dije.

—Le corté la cola al Diablo —repitió Dulce, esbozando una pequeña sonrisa—. Tuve que hacerlo; alguien debía hacerlo, por todo lo malo que ocurre en el mundo.

—¿Fue una especie de venganza?

—Justicia —dijo ella—. Lo malo es que ahora me persigue. Quiere recuperar su cola. Sin ella no puede hacer nada, ¿comprendes? Por cierto, ¿quieres verla? Está en mi bolso.

—¿Eh? No, no, gracias.

—¿Por qué? ¿Tienes miedo?

—No, qué va.

Saqué mi último cigarro. Lo encendí, inhale una bocanada y permanecí sentado en silencio. Entonces, de repente, Dulce se levantó de golpe, se puso frente a mí y me miró a los ojos. Tras unos instantes, estalló en carcajadas.

—Hubieras visto tu cara —soltó Dulce—. ¿Acaso no soy una gran actriz?

Dulce se dejó caer de nuevo en el sofá. Yo no supe qué responder. «En efecto, parecía un poco loca». Después de aquello, la conversación se volvió más fluida y amena. Hablamos durante horas, hasta que llegó el momento de comer. Nunca antes había cocinado para alguien. No me consideraba mal cocinero, aunque tampoco especialmente bueno. Así que, sin pensarlo demasiado, me fui por lo seguro: espagueti con albóndigas. Ya tenía todos los ingredientes perfectamente mezclados en un bol y estaba a punto de formar las albóndigas. Me disponía a freírlas en una sartén con un poco de aceite, cuando Dulce se acercó desde la sala y dijo:

—¡Vaya! Parece que sabes lo que haces.

—Pues sí —afirmé con una pequeña sonrisa—. Hoy probarás las mejores albóndigas de la ciudad.

—¡Qué engreído! —exclamó Dulce y se echó a reír.

Ella iba y venía entre la cocina y la sala de estar. Bromeaba, reía y cantaba. Mientras lavábamos los platos interpretó «Velvet Ring», y luego «Think Fast», interrumpiéndose a menudo con su propia risa. Era como un espíritu del bosque, libre, con un cuerpo capaz de contenerlo.

Eran las diez. Afuera, la lluvia, con su melodía suave y repetitiva, cubría las calles como un fino velo.

—Ayer soñé con un payaso, ¿sabes? —dijo Dulce con voz soñolienta.

—¿En serio?

Ella asintió con la cabeza. Después se acostó sobre el sofá y apoyó su cabeza en mis piernas. Pasé mis dedos entre su cabello, acariciando su cabeza. Pronto se quedó dormida. Esperé un poco, luego me recosté en el sofá y cerré los ojos. Y así, igual que Dulce, pronto me quedé dormido.

En el sueño estaba en medio del bosque. Buscaba cómo escapar de aquel lugar lúgubre y opresivo. Avancé largo rato entre ramas hasta encontrarme con una mujer. Vestía un hermoso vestido negro, oscuro como el cielo nocturno, y en la cabeza llevaba una máscara de conejo.

—Disculpa... ¿sabes cómo salir de este bosque? —pregunté yo.

Ella me indicó la dirección con el dedo y me entregó una pequeña jaula con una paloma blanca, luminosa como la nieve bajo la luna. Me dijo que la paloma era para el payaso. El payaso sabía cómo salir del bosque. Avancé por la dirección señalada. Tras caminar largo rato entre la maleza, decidí descansar y comer algunas moras silvestres que había recogido en el camino. Me senté bajo un gran árbol, comí y luego seguí avanzando. El ambiente se volvía cada vez más frío y una bruma empezaba a inundar el bosque. Necesitaba encontrar pronto al payaso. Entonces vi, a lo lejos, una choza vieja cubierta por completo de hojas muertas. Me acerqué. Cuando estaba a punto de llamar a la puerta, la paloma comenzó a hablar.

—Humano... hola, humano... humano... humano... hola, humano... Payaso... oh, payaso no...

Luego la paloma dejó de hablar. Y otra voz surgió desde el interior de la choza.

—Quieres salir del bosque, ¿verdad?

—Sí —respondí.

La voz no era del todo humana; había en ella algo siniestro.

—Vamos, pasa —dijo.

Entonces entré en la choza. En el centro, de pie, se encontraba el payaso rodeado de juguetes rotos. Vestía un conjunto blanco, semejante a un pijama. Su cabeza era tres veces más grande de lo normal. Sus pies descalzos y sus manos estaban cubiertos de lodo y hojas secas.

—Estoy hambriento —dijo, extendiendo sus manos—. Venga, dame la paloma.

Me quedé en pie, observándolo en silencio.

—Estoy tan hambriento —dijo el payaso, y tras una pausa añadió—: Vamos, vamos, entrégame la paloma. No hay otra forma de salir, intruso.

Avancé hacia el payaso. Con cada paso, mi alma suplicaba: eran llamadas, gritos a la razón, a lo correcto. Le entregué la jaula aquel ser. El payaso abrió la jaula y sacó, con mucho cuidado, la paloma. La sostuvo por unos instantes entre sus sucias manos. Después empezó a cantar con su voz áspera y profunda:

La forma en que siempre decía: «lo hecho, hecho está».

Y no fue lo único.

El amor es algo delicado, gentil.

El tuyo es más grueso que un anillo de terciopelo,

el tuyo es más grueso que un anillo de terciopelo.

Entonces dejó de cantar y empezó a devorarla a mordiscos. Su boca rebosaba de sangre y plumas. El payaso volvió su mirada hacia mí, hizo un gesto afirmativo con la cabeza y sonrió.

Desperté de golpe, con un sobresalto que aún me quemaba en el pecho.

Gabriel Pérez

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