Le pedí 3 palabras al pibe del subte. Preservativo, budín y escucha. Hizo su magia – y de manera resonante – e instó a la reflexión. A corazón abierto sentí que me estaba describiendo la vida.
Se me venía mi mente revolucionaria, una asociación interesante sobre esos términos.
En mi neceser amarillo, el objeto que me protege el cuerpo me convoca al cuidado activo y me enseña lo enriquecedor de democratizar la experiencia para, en consiguiente, informar con el causal del conocimiento.
De ese conocimiento, nace la impronta culinaria. Porque formarse en campos desconocidos, indagar en lo confuso y visualizar recetas y múltiples alternatividades me conecta con el poder de entender la creatividad, el esfuerzo y todo lo que emerge del aprendizaje.
Y de ese aprendizaje vertiginoso, la capacidad de saber escucharse. Permitirse indagar en la intuición, en la fuerza de creer que es por ahí, en la maravilla de insertar ternura y autocompasión. Porque, al fin y al cabo, somos nuestra propia mas linda elección.
Es así, que la presencia de ese gran laburante – de hacer de su arte una simbología de caminos - lleva a que apostemos a priorizarnos sin condicionamiento.
Desde algún rincón sensible de un vagón,
Iván
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