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    La Violación De Bernie En El Tren A Dakota

    May 23, 2024

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    Era tarde, era el veintiuno de Octubre de mil novecientos sesenta y nueve, el tren salía a las cinco y cuarenta y cinco de la mañana y Bernie apenas había salido del hotel con cinco minutos de tiempo. Por suerte, a menos de dos metros de distancia de la puerta del hotel, un joven esperaba a su chica junto a un auto. Bernie se acercó y le pidió aventón.

         El muchacho era un joven apuesto, cuando Bernie lo observó bien le alcanzó un billete de diez dólares. Al guardarlo, se subió al auto. Bernie con su maleta en el asiento trasero esperando tener una aventura por el resto de su vida, pensando en Jack y en que haría lo imposible por rastrearlo.

         Había recibido la noticia que Jack con sus amigos, estaban cuidando una casa de campo a las afueras de Bismarck. Con suerte lo encontraría y finalmente le diría que era el hombre que había esperado tanto tiempo. Quería conocerlo y pasar el rato bebiendo y tomando cocaína. Durante noches enteras añoraba el reencuentro, pero no estaba seguro de que sucedería. Algo en su corazón decía que ya no había tiempo.

         Al llegar a la estación, el tren aún no había partido. Bernie tomó un billete y pagó el traslado a Bismarck, desde Manhattan, Nueva York. Aún era invierno y Bernie sentía el frío en sus dedos. Tenía poca ropa. Su maleta se componía de dos calzones, un pantalón y un par de camisas y medias, pero cuando se dio cuenta que el joven que lo había llevado llevaba guantes decidió comprarlos además de una botella de un whiskey viejo y casi a medias que venían tomando mientras manejaban y escuchaban la radio. Una vieja estación con música y poesía.

         Había poca gente en la estación. Entre ellos, un viejo arrugado que parecía de un país extranjero, quizá alemania, y su hijo. En cuanto lo vio, siguió de cerca a los dos. Bernie tenía frío pero el whiskey calentaba sus ansias. Sentía un poco de depresión, al mismo tiempo, un fuego dentro que le hacía no poder alejar sus ojos de la maravilla de niño que tenía enfrente.

         Se sentó con los ojos cansados. Al tren partir de la estación, se apagaron las luces. Era un viaje de dos mil seiscientos kilómetros. Tendría tiempo para descansar.

         Poco a poco sus ojos se fueron cerrando. Recordó que llevaba un viejo diario en la maleta y decidió poner algunas hojas en su pecho y en sus pantalones, recordó los viejos tiempos durmiendo en las calles, cuando tenía doce años y su padre lo golpeaba. De vez en cuándo decidía dormir a solas cerca de alguna estación del viejo barrio de Bronx, tomaba un poco de cocaína si le alcanzaba el dinero después de mamar verga a algún viejo borracho que andaba en solitario buscando placer e intentaba pasar la noche despierto. Muy pocas veces lo lograba. Sentía miedo constantemente, pero eso no lo paraba.

         A la primera estación que paró el tren, habían pasado cinco horas. Despertó con frío, sudor y la boca reseca. Le dio un trago al whiskey y bajó a comprar algo para desayunar. Ya era de día y el hambre le hacía doler el estómago. Como no encontró nada para comprar y comer, prendió un cigarro para matar el hambre y terminó la botella de whiskey. El tren retomó y ya no había más paradas. Sintió un dolor en el pecho, como si alguien hubiera muerto y le hicieran saber que ya no lo vería.

         Hasta que el tren volvió al ruedo, Bernie ya no podía sacar de su mente al niño. Estaba durmiendo, el vagón estaba casi vacío y el viejo que lo acompañaba no había vuelto a subir desde la parada en aquella última estación. Algo le decía que era su oportunidad para quemar su deseo sexual más añejo, de cuando tenía once años y apenas había reconocido que le gustaban los demás niños.

         Bernie se levantó de su asiento justo cuando sonaba la bocina del tren. El pequeño se frotó los ojos y poco a poco fue despertando. Cuando se dio cuenta que estaba sólo, Bernie se acercó y le tomó la mano. Le dijo que no se preocupara y que en la próxima estación se bajaría con él y llamaría a su padre o quien quiera que fuera ese tipo que acompañaba al niño. El pequeño comenzó a sentirse mal, una especie de intuición de que las cosas malas aún no habían comenzado realmente. Bernie le extendió un billete y le dijo que desde ese mismo instante en que él lo tomase, Bernie se haría cargo de él, pero que a cambio, debía guardar silencio.

         Bernie le secó las lágrimas, le dio un beso en la mejilla y acto seguido lo agarró con fuerza. Le pidió que no gritara si no quería problemas y poco a poco, luego de un leve forcejeo, el niño cedió. Finalmente, Bernie desabrochó sus pantalones. Le dio una bofetada para que se calmara, y le abrió las piernas. El niño ya no tenía fuerzas. Estaba totalmente sólo y desolado.

         Cuando su pene erecto salió del pantalón, el niño supo que no tenía escapatoria. Durante más de dos minutos, Bernie hizo lo que quería con él. Nadie se perturbó y el niño no hizo ademán alguno para frenarlo. Bernie lo empujaba, penetraba ferozmente y lo sacudía a diestra y siniestra. Completó el acto gimiendo como un loco, había salido la bestia de él. Eyaculó dentro del culo del niño quién cuando supo que todo había terminado, se echó a llorar y luego a dormir. El billete lo guardaría hasta que finalmente bajaría del tren, sólo, angustiado. Bernie, feliz y satisfecho, dejó al niño sólo en el vagón y recorrió el tren hasta encontrar un sitio dónde poder dormir durante el resto del viaje. Cuando despertó, el niño ya no estaba en el tren. Quería volver a gozar lo mismo, pero ya no podría.

         Había cumplido el sueño de toda su vida. Le gustaba tanto el recuerdo que por los próximos meses, recordaría la situación y se masturbaría para dormir. El niño nunca volvió a ver con claridad.

    Narendra Beaujolais

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