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La vida reservada de Manuel Ucha Rodriguez

Jul 13, 2025

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El otro día en medio de una conversación casual, mencioné a mi tío abuelo, Don Manuel Ucha Rodríguez, o Manolo, como le decían los amigos. Una de esas personas que parecen irrepetibles, cuyo paso por la vida deja una huella discreta pero profunda.

Manolo sigue siendo para mí una figura de desconcierto. Durante ocho años lo vi casi todos los días y aun así, su historia me resulta en parte un misterio. Nació en Galicia, como el resto de mi familia materna, en 1930, en un pueblo del interior de Pontevedra tan pequeño que prefiero no nombrarlo: quizás algún vecino pueda leer esto.

Mis bisabuelos, Hermindo e Isolina, eran trabajadores rurales. Tenían varias fincas, vivían de lo que cosechaban. Muchas de esas tierras se perdieron durante el franquismo —aunque una de ellas sobrevivió hasta hoy, todavía en manos de la familia—. Con las brutales sequías gallegas entre 1943 y 1945, en el 44 Hermindo partió a Argentina junto a sus hermanos, buscando empezar de nuevo.

Esta historia familiar se entrama entre dos pilares: una vasta documentación que conservo y archivo con recelo (tengo papeles de hasta 1864), y los pocos relatos que Manolo alguna vez compartió.
Él e Isolina quedaron en Galicia, solos. Hermindo iba y venía, enviaba dinero, pedía préstamos a conocidos. Manolo tenía ya 14 años.

En esta carta, fechada el 15/10/1944 Gabino (un amigo de Hermindo que los ayudaba en multiples gestiones) le habla de Manolo: "Lo que si te aconsejo sinceramente es que te lleves a tu familia para allá, por lo menos a tu hijo. A pesar de tener pocos años esta hecho un mozo, aqui no dejará de ser siempre un trabajador del campo y ahi te ayudaria mucho, lo podrias educar bien y mañana podria ser un buen hombre si le favorece la suerte"

Finalmente, en 1946, la familia se radicó de forma definitiva en Argentina. A partir de ahí, mi cronología se deshace entre las manos. Manolo siempre fue reservado, celoso de su sufrimiento. Trabajó de canillita, mediante una pequeña empresa familiar de reparto de diarios y revistas, aprendió a tocar el saxofón y se dedicó definitivamente a la música. Se unió a una pequeña orquesta que giraba por el interior: Azul, Trelew, Luján de Cuyo. Nunca supe si aprendió música en Galicia o en Argentina, porque también tocaba la gaita gallega, algo poco común por estos lados.

Con el tiempo, compró un terreno en un barrio del conurbano bonaerense, cuando la floración fabril recién empezaba. Seguía tocando, un músico nato, incansable pese al esfuerzo físico del saxofón. Tuvo tres saxofones a lo largo de su vida. Dos los guarda mi mamá; uno de ellos está inmaculado, dorado, perfecto, con su estuche forrado en terciopelo rojo.
Jamás volvió a España. Y tampoco perdió nunca su acento gallego: después de setenta años en Argentina, seguía hablando como si viviera en Vigo o Santiago.

Dentro del gran enigma que era ese hombre, el mas grande era el referido al romance. No tuvo hijos, ni esposa, ni espacio para amar más allá de a sus familiares. Se hablaba de una mujer, Olga, con quien jamás “novió” ni vivió ni se casó. Nunca la conocí. Manolo era así: no mostraba lo que guardaba adentro.

En mi vida el ocupó un lugar de abuelo, incluso de padre para mi mamá. Nos buscaba a la salida de la escuela, nos cuidaba, ayudaba en el trabajo de mi mamá. En cada cumpleaños familiar llevaba su saxo y se ganaba los aplausos. Fue él quien me enseñó las notas musicales y a leer partituras cuando le dije que quería aprender a tocar la guitarra. Tenía una ternura distinta a la de mi abuelo, que siempre mantuvo esa fachada de hombre tanguero argentino. Manolo, en cambio, cargaba con esa dulzura que parece nacer de un gran padecimiento.

Parte de su rutina era levantarse todos los días temprano, alrededor de las seis. Bicicleteaba desde su casa a la panadería de nuestro barrio —bicicleta que usó hasta cumplir 85 años— y nos traía el pan a casa a las siete y media. Desayunaba con nosotras, miraba el noticiero, y a las ocho volvía a su casa.
De chica, había cosas que me desconcertaban. Su tonada, sí, pero también su costumbre de revolver y llevarse cosas de la calle a pesar de tener casa propia y cobrar una jubilación decente. Además, ¿por qué nos traía el pan todos los días? No lo entendía.

Un dia cualquiera del año 2016 lo encontramos desmayado en su casa. Hacía días que no venía y nos resultaba raro, porque jamás íbamos a visitarlo: él siempre venía a nosotros. Ese día nos encontramos con dos certezas:

  1. Manolo padecía un trastorno de acumulación.

  2. La única comida diaria de Manolo era ese pan con té que compartía con nosotras cada mañana.

Durante años, sin que nadie lo nombrara, el peso invisible de la guerra y el fascismo había seguido ahí, intacto en su psiquis.
Las personas que sobreviven a privaciones tan extremas suelen arrastrar marcas profundas: el miedo a que todo vuelva a faltar, la costumbre de ahorrar hasta el aire, de esconder el dolor en silencio.

En Manolo, esa herencia se manifestaba en pequeños rituales: racionar su comida aun pudiendo permitirse más, acumular objetos que otros considerarían basura, limitarse a una vida simple aunque hubiese posibilidades de otra. No era solo terquedad. Era una forma de protegerse de un mundo que una vez le quitó todo.

Sus últimos meses de vida los pasó en mi casa. Se volvió casi un niño, pedía chocolate con leche para merendar, cenaba lo que le apetecia ese día. En su cumpleaños 86 le hicimos una torta con velitas que sopló con ilusión. Mi mamá lo cuidaba día y noche. No tenía ninguna enfermedad, solo vejez y una vida que había sido simplemente demasiado.

Un día de septiembre, su luz se apagó. Nunca le dije lo mucho que lo amaba y lo lamento hasta el día de hoy.
Tal vez el duelo pueda pausarse un tiempo, quedar suspendido mientras la vida sigue. Hasta que un día irrumpe sin aviso, cuando comprendemos lo que dijimos, lo que no dijimos, lo que no supimos ver y lo que nos faltó preguntar.

Hoy, Manolo vuelve a mi memoria y esta vez me invita a atravesar su pérdida, sin té con leche ni pan recién horneado.

Esperanza Garay Ucha

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