"Sentí vergüenza de mí mismo cuando me di cuenta de que la vida es una fiesta de máscaras y yo participé con mi rostro verdadero" (F. Kafka)
“La única verdad es la realidad” (J. D. Perón)
¿Qué es la verdad? Preguntamos silenciosamente y allí seguiremos preguntando. ¿Cómo nos hacemos con la verdad? La filosofía ha elaborado un complejo sistema fenomenológico. Podríamos decir sin verdad que la verdad es multidimensional, una especie de politeísmo que renuncia al Dios verdadero. Por ejemplo, tenemos la verdad fáctica, la que describió Aristóteles en su metafísica. Esto es, la verdad deriva de la percepción; de modo que a través de los órganos captamos un fenómeno del mundo al que nos adecuamos, luego participa la memoria y la imaginación y la convertimos en enunciados. Sobre esos enunciados construimos saberes constituyendo el campo del conocimiento.
Pero hay otra verdad, la verdad afectiva. Es lo que dice Rousseau con esa especie de EGO COGITO romántico: lo verdadero es lo que se presenta intuitivamente en mi corazón. Por ejemplo, yo puedo saber cuándo alguien me ama, puedo saber cuándo amo, puedo identificar lo bello, lo ruin, lo sublime. Es la verdad de la pasión. Hegel dirá que esta posición es vanidosa y falsea el contrato social, que si nos amparamos en el corazón nunca retornamos a la sociedad, y el consenso es anterior a la singularidad individual. Llegamos a la tercera verdad, la verdad política. La verdad del poder. ¿Qué es la verdad? La verdad es lo que aumenta mi poder, todo ser persevera en su ser, y toda voluntad de poder quiere aumentar. La verdad es la de los amigos, la de las personas influyentes, los poderosos.
¿Qué sucede cuando un régimen subjetivo de la política se encuentra con otro de la pasión? Nace el amor trágico. Ambos se suponen, ambos se reclaman, y fatalmente no pueden ser integrados. ¿Por qué? Porque la verdad de la pasión carece de estrategia y cálculo (y eso no la hace más genuina a despecho de Kafka). Lo que importa para un romántico es la verdad del corazón. Si algo es honesto es suficiente. Si el enemigo es humano es acogido, si el paria tiene nobleza de corazón es alojado, si la poesía dice algo bello aunque no sea instrumentalizable es perseguida con denuedo. Todos aspectos desdeñados por la razón política. Maquiavelo (ah sí, ¿está muerto? ¿No?) decía que la razón de estado no tiene que enturbiarse con la moral. Al estratega no le importa que los agentes políticos sean buenos, sino que sean racionales e instrumentalizables. Yo puedo convivir con un hijo de puta, pero si ese hijo de puta está en el senado y vota leyes populares y soberanas para la nación, me importa un bledo si se llama Carlos Menem. Luego tenemos la fábula de las abejas de Mandeville, donde la sociedad de seres perversos aumenta la riqueza. Tenemos un Adam Smith que plantea que la opulencia nace del egoísmo y del calculo capitalista, y nuevamente Hegel con la noción de que la historia avanza por el lado malo y que la violencia es la partera de la historia. Al final, la versión de los hechos que se instala es la del poder. La historia se construye en retrospectiva, la nación tiene su identidad y sus mitos, sus enemigos. Y quien lo no logró ingresar en la eficacia de la historia es olvidado (pero ojo, hay varias verdades).
Importante. Jesus dijo “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Mi reino no es de este mundo”. O sea que la religión claramente es romántica. Allí opera la nobleza del sentimiento, no la justeza de la acción. Mientras que para una areté helénica (virtud) lo que interesa es la excelencia, la eficacia. El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones, así, ¿Qué importa ser el mejor moralmente si tu patria se cae a pedazos? ¿De qué sirve la sabiduría si el progreso lo hacen hombres toscos y pujantes?
Hay un camino intermedio. Es el intelectual engangee. Son los partidos de izquierda. Y de ahí que se nos llame siempre con condescendencia menores de edad. Porque el idealista de izquierda no se somete al balance de fuerzas políticas, defiende en cambio el ideal (como quería José Ingenieros).
Bueno, es relativo. La enseñanza que deberíamos sacar es que el poder y la moral se contrabalancean, se suponen y desafían, a veces se instrumentalizan. Los “buenos” le exigen al poder su protección (por ejemplo, las Abuelas de plaza de mayo), los poetas cantan al político eficaz. Los poderosos necesitan la legitimidad del discurso humanista. Pero… los regímenes son incompatibles. Porque el hombre que defiende la humanidad no se instrumentaliza fácilmente, es firme e indoblegable, y el poder siempre lo mirará con sospecha, pues sabe que en cualquier momento puede volverse en contra. Enrique VIII le cortó la cabeza a Tomás Moro. Pero el punto es que ambas visiones incompatibles, necesitan beber de las aguas del otro, al menos de a ratos.

Bonchi Est
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