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La vecina del 202 – Columna 16

Mar 11, 2026

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La vecina del 202 – Columna 16
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Uno

A las seis de la mañana me encontraba viajando por la autopista de Ezeiza con dirección a lo que sería mi nuevo hogar. Había tomado una decisión abrupta, casi suicida: experimentar por primera vez mi independencia en un país donde no conocía prácticamente a nadie.

Entre esas mínimas “excepciones” estaba Pedro, el dueño del departamento que había contactado semanas antes a través de Marketplace de Facebook. Le había abonado cuatrocientos dólares por adelantado para que me lo reserve, sin ninguna seguridad real de que no me estuviera estafando como a un completo idiota.

El trayecto hacia el destino se me hacía totalmente abrumador. No ayudaba que el taxista no dejara de hablar.

—Pibe, los argentinos siempre vamos a estar agradecidos con los peruanos por la mano que nos dieron en Las Malvinas.

Yo asentía en silencio, mirando por la ventana, intentando no pensar demasiado.

—¡Y en qué momento te venís a vivir a este país! —continuó—. Con el tema de las elecciones presidenciales y el pelotudo de Milei, este país es un quilombo.

El taxista hablaba de política, de historia, de crisis, de identidad nacional. Yo lo escuchaba, sí, pero no le prestaba atención. Lo único que realmente ocupaba mi cabeza mientras avanzábamos por la autopista era una plegaria bastante simple:

Por favor, que no me hayan estafado con el departamento.

Solo quería llegar y comprobar que mis cuatrocientos dólares no se habían evaporado junto con mis ilusiones.

 

Dos

Llegué al edificio, ubicado entre la calle 17 y la calle 42 de la ciudad de La Plata. Pedro me esperaba en la portería. Me ayudó, con una amabilidad que agradecí más de la que esperaba, a cargar mis cuatro maletas hasta el departamento del segundo piso.

Mientras subíamos, me preguntaba cómo serían mis vecinos. ¿Un joven con el que podría entablar una amistad? ¿Alguna chica argentina de la que inevitablemente terminaría enamorándome? Esas y otras fantasías me acompañaban escalón por escalón.

Hasta que, justo cuando Pedro abría la puerta del departamento, la puerta del vecino se entreabrió lentamente. De esa grieta oscura emergió una nariz aguileña, unos ojos hundidos que transmitían desprecio y un rostro surcado por arrugas que anulaban de inmediato cualquier ilusión juvenil.

Levanté levemente el brazo, sonreí con mi mayor amabilidad posible y dije:

—Buenos días, seré su nuevo vecino. Disculpe el ruido de las maletas. Mi nombre es…

La puerta se cerró de golpe.

Ni un gesto.
Ni una sílaba.
Solo el portazo.

—Vieja de mierd… —susurré.


Tres

A la mañana siguiente, mientras limpiaba y acomodaba mis cosas en mi nuevo hogar, saltaba y cantaba de la emoción canciones de ¨Los Cafres¨. Cantaba mal, a todo pulmón, con esa felicidad exagerada que solo tiene alguien que siente que, por fin, su vida está empezando.

Me entusiasmaba pensar en todas las experiencias que viviría en los próximos meses o años en ese país que todavía me resultaba ajeno, pero prometedor.

Minutos después tocaron la puerta.

Abrí, pero no había nadie. Estaba a punto de cerrarla hasta que vi una nota en el suelo que decía:

“Estimado nuevo vecino, le pido amablemente que, por favor, no suba el volumen de su música.”

No tuve ninguna duda: la letra solo podía ser de mi antipática vecina. Aun así, decidí no reaccionar mal. Quería llevar una buena convivencia. Apagué la música sin protestar, aunque por dentro me sentía un poco fastidiado.

Por la tarde, antes de salir a pasear por la ciudad, escribí una nota. Busqué en mi maleta una Inca Kola que había traído desde Lima —una de esas provisiones que uno guarda en casos de emergencia— y la dejé debajo de la puerta de mi vecina.

La nota decía:

“Discúlpeme por el alto volumen de la música. Me encontraba muy emocionado por la mudanza. No se volverá a repetir.
Como muestra de disculpas, le obsequio una gaseosa de mi país.

Atentamente, su vecino, Kaito.”

 

Salí a caminar por la ciudad con una sonrisa ingenua, casi infantil.
Al regresar, subí las escaleras y noté que ni la gaseosa ni la nota estaban donde las había dejado.

Sonreí.
Me pregunté si le habría gustado la gaseosa.
Pensé, incluso, que quizá ese pequeño gesto había servido para romper el hielo.

Al girar hacia la puerta de mi departamento vi que me habían dejado otra nota.
Y la gaseosa.

“Gracias, pero no tomo gaseosa.”

 

Cuatro

11:30 p.m.

Después de haber bebido unas birras y comido unas hamburguesas con Karla —una argentina con la que había tenido una cita gracias a Tinder— la llevé a mi departamento.

Al ingresar y después de ofrecerle algo para tomar, le dije:

—Karla, escúchame… no me tomes por paranoico ni nada, pero tratemos de no hablar muy fuerte. Mi vecina es medio… especial.

Se lo decía riéndome, pero susurrando a la vez, mientras sacaba unas cervezas de la refrigeradora.

—Tranqui, Kai —me respondió—. ¿Te parece si pongo música, pero bajita?

—¡Perfecto!

—Ahora sos vos el que grita —se rió mientras encendía el equipo de música y empezaba a sonar ¨Don’t Dream It’s Over¨ de Crowded House.

—Tienes toda la razón del mundo… y qué temón acabas de poner —le respondí, emocionado, pero sin dejar de susurrar.

Nos sentamos en el sofá. Bebíamos. Hablábamos cada vez menos. Con el pasar de los minutos, las palabras se fueron transformando en besos. Besos lentos al principio y luego más urgentes. Karla me miró a los ojos y me dijo, casi jadeando:

—Kai… cojamos ya.

Justo en ese punto de la noche en el que la tensión sexual deja de ser una idea y se convierte en un hecho inevitable, sonaron tres golpes secos en la pared. Fuertes. Claros. Inconfundibles. Golpes que no necesitaban traducción.

Karla se separó un poco de mí.

—¿Y esos golpes?

—Qué raro… capaz se cayó algo del piso de arriba —le respondí, intentando esquivar la molestia que ya conocía demasiado bien.

Volví a besarla.
Otros tres golpes.

—Kai, sin lugar a dudas es tu vecina —me dijo, ahora sí preocupada.

—No la entiendo, te juro. Tenemos la música al diez por ciento y sigue jodiendo.

—Sí… qué vecinita que te tocó, boludo —dijo, incómoda, mientras se levantaba del sofá—. Creo que mejor me voy, Kai.

Intenté convencerla de que ignoráramos los golpes, de que no le diéramos importancia. Pero fue en vano.

La acompañé hasta su casa. Durante todo el trayecto, lo único que realmente quería era volver a mi departamento, poner una canción de metal que sonara como un ritual satánico y subir el volumen de la música al cien por ciento.
Pero esa idea se quedó ahí, reprimida, encerrada en mi cabeza. Como un adulto frustrado.

 

Cinco

Un año después de haberme adaptado a mi nueva vida en un país que al principio me era completamente ajeno, mi madre tomó la decisión de venir a visitarme. Tenía dudas, claro. Dudaba de si su hijo era realmente capaz de sobrevivir solo, de mantener un hogar en orden, de no haberse convertido en un drogadicto perdido en la vida. Dudaba también de que no le estuviera mintiendo cuando le decía que vivía solo, sin pareja… o peor aún, que no le estuviera ocultando algún hijo a espaldas suyas.

Pero el motivo más importante por el cual compró su pasaje de Lima a Buenos Aires era mucho más simple: me extrañaba.
Y yo, aunque no siempre supiera decirlo bien, la extrañaba a ella.

Dos noches antes de que mi madre pisara suelo argentino, decidí irme de fiesta. Quería aprovechar esa última bocanada de libertad antes de convertirme, durante dos semanas, en su guía turístico oficial.

Hice la rutina de casi todos mis sábados en La Plata: bebí dos vasos de vermouth con pomelo en mi departamento y luego fui al boliche que frecuentaba siempre, ¨Rox¨. Ya adentro tomé todas las cervezas posibles hasta terminar mi caja de veinte cigarrillos Marlboro. Alcoholizado y feliz, me compré un choripán en los puestos de afuera y caminé tambaleándome por la ciudad.

Mientras caminaba, trataba de memorizarlo todo: el cielo del amanecer de Buenos Aires, las casas antiguas que no provocaban tristeza ni terror, sino una especie de calidez familiar. La catedral, bella y gótica, que no había mejor momento para apreciar que borracho, viendo cómo el sol aparecía lentamente detrás de ella mientras sostenía un choripán en mi mano.

Algo dentro de mí sabía que iba a extrañar esa ciudad. Algo sabía que, tarde o temprano, tendría que irme de ahí. Y que la extrañaría cada noche del resto de mis días.

Al llegar a mi edificio, mientras caminaba por el pasadizo, me detuve a observar al gato grisáceo que nunca supe de qué vecino era, pero que, al igual que yo, parecía disfrutar de las mañanas cuando el sol le caía sobre las patas.

Subí las escaleras lentamente, buscando las llaves en el bolsillo. Pero me detuve en seco cuando vi, a través de la ventana traslúcida del departamento de mi vecina, cómo una silueta oscura comenzaba a acercarse lentamente. Era una escena digna de la película ¨Psicosis¨. Me paralicé del susto. La silueta también se detuvo. Pero el rostro siguió aproximándose.

Mi vieja e insoportable vecina estaba convirtiendo uno de los recuerdos más lindos de esa ciudad en una película de terror de Alfred Hitchcock.

Corrí hacia la puerta de mi departamento e intenté abrirla desesperadamente, pero mi estado etílico no me permitía introducir la llave en la cerradura. Cada segundo se convertía en paranoia pura. No tenía pruebas, pero tampoco dudas: en mi cabeza, ella ya estaba detrás de mí, apuntándome con un cuchillo filudo, lista para clavármelo en la espalda.

Finalmente abrí la puerta, la cerré con fuerza, corrí hacia el sofá y me dejé caer como si ese fuera un santuario al que criaturas diabólicas —como mi vecina— no podían entrar.

Una semana después de la llegada de mi madre, mientras yo trabajaba en mi escritorio, ella fumaba un cigarrillo en el balcón. Entró a la sala y me dijo:

—Qué malcriada es tu vecina, hijito.

—¿Ya conociste a la bruja del 71? —le respondí riéndome—. ¿Pero qué pasó?

—Estaba terminando de fumar. Ella salió a colgar su ropa. La vi y la saludé amablemente.

—¿No te respondió?

—No. Pero no solo no me respondió… me hizo una mueca de desaire horrible.

—Así es ella —le dije—. Ya me estoy acostumbrando… creo.

—Cuando me vaya, hijito, le voy a echar un poco de agua bendita en su puerta.

—¡Amén! —grité.

 

Seis

Me encontraba cocinando lentejas en mi departamento cuando me di cuenta de que había olvidado comprar la longaniza y el jamón ahumado para echarle al guiso. Sabía que la fiambrería estaba a la vuelta de la esquina, así que no habría problema en dejar las lentejas sancochando mientras bajaba a comprar lo que faltaba.

Me puse las zapatillas y un abrigo. Al bajar las escaleras del edificio me encontré con mi vecina. Estaba intentando bajar unos muebles viejos y polvorientos de su departamento. Claramente le costaba cargarlos. Dudé unos segundos, pero igual me ofrecí a ayudarla.

Ella asintió.
Y me agradeció.

¨Funcionó el agua bendita de mi madre¨ —pensé.

Mientras bajábamos los muebles, le pregunté:

—¿Va a venderlos?

—Sí, vecino. Me voy a mudar dentro de poco.

Al escuchar eso, tuve que esforzarme para que no se me escapara una sonrisa de alivio. Aun así, le pregunté:

—¿Se puede saber el motivo?

—Mi hijo está por venir de Italia —me respondió—. Quiere que pase mis últimos días a su lado, en su país. No me encuentro muy bien de salud.

Lo dijo sin dramatismo, pero con cansancio. No me animé a preguntarle exactamente qué tenía. Su tos constante y el olor a cigarro que salía de su departamento ya me daban alguna pista.

—No diga eso, vecina —le respondí mientras cargaba una silla—. Ya verá que va a pasar varios años maravillosos viviendo en Italia con su hijo.

No contestó.
Pero por primera vez desde que la conocía, vi en su rostro una sonrisa genuina. Una sonrisa pequeña, tierna, casi frágil.

Seguimos bajando los muebles hasta que su departamento quedó relativamente vacío. Al terminar, le pregunté si necesitaba algo más.

—No, vecino. Pero de todo corazón, muchas gracias —me dijo.

Me despedí y subí de regreso a mi departamento. En ese corto trayecto empecé a pensar que quizá, durante todo ese tiempo, el mal vecino no había sido ella… sino yo.

Al entrar a mi casa, el olor me devolvió de golpe a la realidad: había dejado la cocina prendida. Las lentejas estaban completamente quemadas, casi carbonizadas.

Quise maldecir a mi vecina una última vez.
Pero me fue imposible.

Naoki Uyehara

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