Suerte que Dios nunca escucha.
Porque si escuchara,
habría obedecido aquellas noches
en que le pedí desaparecer.
Habría borrado mi nombre de la materia,
mi sombra de las paredes,
mi respiración de los espejos.
Pero el mundo siguió allí.
El mismo árbol.
La misma lluvia.
El mismo dolor demorando su retirada.
Y yo también.
Como una errata del universo.
Como algo que insistió en quedarse
incluso cuando ya no encontraba razones.
Suerte que Dios nunca escucha.
Porque hay súplicas que nacen del abismo
y no de la verdad.
Y porque la mujer que escribió aquellas plegarias
no sabía todavía
que algún día iba a sobrevivirlas.
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