La última noche antes de mi muerte se extiende como un manto de terciopelo oscuro, salpicado de estrellas que parecen guiñar cómplices. El silencio es denso, casi palpable, interrumpido solo por el suave vaivén de mi respiración. No hay miedo, extrañamente. Quizás una calma expectante, como quien espera un tren que le llevará a un destino desconocido.
Repaso mentalmente los rostros amados, cada sonrisa, cada lágrima compartida. Los momentos felices se agolpan, como fotografías que proyectan una película en la pared de mi mente. Los errores, las oportunidades perdidas, se desvanecen poco a poco, perdiendo su filo. Ya no hay arrepentimiento, solo una aceptación serena del ciclo inevitable.
Miro la luna, redonda y brillante, un faro en la inmensidad de la noche. Pienso en todos los que la han contemplado a lo largo de la historia, en los amantes, los poetas, los soñadores. Me siento conectada a algo más grande, a un universo que respira y se transforma constantemente.
Escribo algunas líneas, palabras sueltas que intento dar sentido. No busco un mensaje profundo, solo dejar constancia de este instante, de esta última noche. Escribo sobre la belleza de un atardecer, el aroma de la tierra mojada, la calidez de un abrazo sincero. Pequeñas cosas que, al final, son las que verdaderamente importan.
Cierro los ojos y me dejo llevar por la corriente. La noche se vuelve más profunda, más intensa. Siento una paz que nunca antes había experimentado. La última noche antes de mi muerte es, paradójicamente, la noche en la que me siento más viva que nunca. Es la noche en la que me reconcilio con el universo, en la que acepto mi lugar en el gran tapiz de la existencia.
Es la noche en la que me preparo para el viaje final, con la certeza de que el amor, la belleza y la conexión trascenderán la muerte y seguirán vibrando en el infinito.
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