La tristeza y yo no se cuando nos conocimos,
tampoco se dónde
pero parecieramos gemelas,
un hilo rojo, ese el de los japoneses.
La tristeza y yo somos una, somos primas
algún pariente.
A la tristeza no se la supera,
se la adopta como a un gato.
A la tristeza se la atraviesa y se la llora
como un rio en los cachetes.
El problema se presenta cuando uno
no sabe nadar, yo por suerte se
pero el siguiente problema es
que las brazadas después de un tiempo
se tornan cansadoras,
los brazos duelen y los pataleos
se vuelven extraños.
Con mis sollozos inflo
unos flota flotas amarillos
y ahí me quedo flotando apática
en el mar de lágrimas que yo misma
me encargue de llenar.
Floto inmóvil en estas aguas sin corrientes,
ni olas, ni peces, ni sirenas.
No hay nada más que yo y el agua.
Ahí es cuando tengo que decidir
si me quedo flotando hasta el ahogo
o si una vez que recupero mis fuerzas
retomo mi nado de rana.
A veces floto días enteros,
a veces eso es necesario
para recargar la batería,
pero me propongo que antes de que mi nariz se hunda y deje de respirar,
mis brazos y piernas sean más fuertes.
Retomar el nado olímpico inalcanzable.
De uno, uno se salva solo o no se salva.
Nadar te mejora la postura,
dicen los encorvados.
Uno a la tristeza la adopta como un gato
y aprende a convivir con ella.
Aprende a darle de comer
y a dejarla salir al patio.
Aprende a llorarla y abrazarla y a continuar.
Mostrarle la alegría a la tristeza.
Convertirla en arte,
en algo tangible,
en algo que me haga olvidar
que no solo soy tristeza
aunque esté triste.
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