Mis relaciones con el feminismo son algo tortuosas. Se dice que en un discurso de perfecta oratoria y seducción no se debe iniciar con los desencuentros y estos deben aparecer al final, pero SPOILER ALERT: este es un discurso “feminista”.
Todo redunda en la definición. ¿Qué carajo es el feminismo? Sin haber leído demasiado me resuena a lo que dice bell hooks: “feminism is for everyone”. Pero digamos que en ese espíritu hay una mezcla deconstructiva de lo masculino (mi punto de vista) y de fraternidad con las mujeres. Incluso hay cuestiones románticas y poéticas, porque al fin y al cabo se trata de conocer el lado oscuro de la luna, entonces la comunión se vuelve erótica y existencial. Al final el misterio de la mujer y lo otro no es meramente político (y un feminismo podría escupir sobre el enigma de la mujer-otro) sino eminentemente amoroso. Se trata de ahondar en lo simbólicamente femenino dentro del cuerpo del varón, de lo viril en la mujer. Se trata de abstraer y analizar críticamente qué nos hace distintos, qué nos hace iguales. Con quiénes “estamos con”. Adelanto que este no es un texto panfletario ni militante, sino que es feminista en el sentido que discurre poéticamente sobre lo femenino sin trivializarlo o instrumentarlo en una marcha pública.
Pero ahí el feminismo main stream me incomoda, porque como toda herramienta política revela su rango de acción útil y sus desvaríos. No es infrecuente que bajo ciertos discursos supuestamente igualitarios se agazape una intención mucho más mezquina de construcción de poder que no pocas veces es despótico. A menudo se usan consignas feministas para querellas para nada nobles y bastante bajas. Lo cierto es que se antagoniza, a veces con motivos, pero no hay afán de solucionar ningún problema, sino de denunciar y acaso destruir la tensión discordante.
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Hoy quiero hablar de un fenómeno que indudablemente muchas especialistas han descripto, sobre todo en el ámbito de la epistemología feminista y el espacio de las mujeres y la ciencia. Se trata del mecanismo por el que las mujeres se vuelven más y más tímidas.
Analicémoslo conductualmente. Si hemos de partir de un sistema estímulo-respuesta, costo-beneficio, premio-castigo, la sociedad se estructura a fin de privilegiar ciertos rasgos de la personalidad y la corporalidad, y castigar otros. Cuando hablo de corporalidad no se crea que una persona es una persona que existe en lo abstracto y como un termo se abre y cierra para ofrecer el contenido. No, un cuerpo, hace dieta, hace ejercicio, se pinta de tal manera (hombres y mujeres, eh), no existe, pues, en abstracto. Más sutil son los gestos, el tono de la voz, las expresiones, los ademanes. La sociedad premia y castiga estas cosas. No se trata de sanciones jurídicas, sino de premios sutiles. Tampoco se trata, necesariamente, de ventajas evidentes; por ejemplo, conseguir pareja. Se trata de una construcción de la propia imagen y autoestima. Una mujer a la que los hombres le sonríen no desarrollará la misma identidad política que la que recibe quejas, o desdenes (aunque todos seamos iguales).
Entonces aparece algo obvio. La mujer silenciosa eróticamente es más atractiva, al menos en casi todo el cuerpo de la sociedad. Y ellas aprenden en secreto a hacer de la falta virtud. En efecto, no sorprende a nadie que el terreno de lo simbólico está fuertemente explotado por lo femenino. Una mujer, en promedio, comprende las emociones humanas muchas más finamente, es más perceptible y eficiente a la hora de incidir positiva o negativamente (manipular). Es decir, frente a la imposibilidad de tomar la palabra o ejercer el poder de un modo más directo, la fuerza se gana mediante la anticipación de las conductas emocionales. Y es sabido que la gran mayoría de los hombres carecen de destrezas simbólicas para comprenderse a sí mismos.
Pero, en mi experiencia personal en la academia, el modo en el que constituí mi inteligencia filosófica estuvo tramada por el debate, la exposición pública, el discutir ideas. Y eso tiene que ver con la vergüenza. Y eso es estructural. A lo largo de mi carrera he dicho demasiadas pelotudeces, las he afirmado con alarmante seguridad. Y argumentaré que no está mal que lo haya hecho. Ese es el sentido del aula, una suerte de laboratorio de formación. Si en el contexto del tutelaje de un docente no podemos explorar las propias ideas y exponerlas, ¿cómo obtendremos esas destrezas? ¿Conversando con el gato?
Sin embargo, lo alarmante de las mujeres es su frecuente timidez. La gran mayoría se priva de exponer sus ideas porque no tienen el temple de participar públicamente. Y se argüirá que alguien que no compite en igualdad por su propio temperamento debe atenerse a su propia valentía. Pero el caso es que, de nuevo según el conductismo, la participación femenina está controlada. El caso es que una mujer aprende rápidamente que exponer sus ideas le trae muchos perjuicios sociales. Y lamentablemente, ocurre, las mujeres que si lo hacen (quizas aquí haya un machismo internalizado) suelen volverse insensibles y notablemente prepotentes. No hay punto de intermedio. Las mujeres “fuertes” se vuelven algo crueles. Y el problema es que se supera la vara mediante una elección trágica. Esta dice “puesto a que se me va a tratar de poco femenina al menos quiero ser fuerte”. Sea como sea el caso, la asertividad femenina es vista como estética y moralmente reprobable. Personalmente, no me caen bien tampoco los varones a los que les gusta mandar pero en una mujer es insoportable.
Es interesante como en un aula la palabra masculina es la que más se hace oír. Los padres en casa privilegian la participación de los varones y reprimen la de las chicas. Y hay algo irónico. El hombre se hace valer hablando, proponiendo, actuando (de aquí al mansplaining que es mucho menos moral y más sistémico de lo que algunas inadvertidas suponen hay un paso), y curiosamente se hace admirable por ellas quienes buscan alguien que hable por ellas. Acaso emparejando adquiriendo poder mediante la manipulación emocional de la que antes hablé. Ya se sabe “detrás de todo gran hombre…”
Además, la mujer recibe un castigo social inconmensurablemente mayor. El varón dice pelotudeces, a la mujer no se le perdona una falta. Decir algo incorrecto no es solo equivocarse intelectualmente: es fallar moralmente. Es ser masculina, vulgar, simple…
¿Entonces? Acontece algo lamentable, pero quizas efectivo. Frente a problemas estructurales y raigales mucho no se puede hacer individualmente. Si uno se para como docente frente al aula no puede eliminar la timidez (a menos que sean espacios de solo mujeres) pero puede no reproducir violencias simbólicas a la hora de ser mucho más exigentes frente a una chica insegura que delante de un varón que solo quiere llamar la atención. Y ojo, no está mal llamar la atención. Pero la trampa es que el varón tiene mucho menos que perder si se equivoca.
En definitiva, intento decir que hay razones estructurales y muy complejas que determinan porque en promedio una mujer habla mucho menos que un hombre. Esto se explica mediante la socialización de la conducta a través de premios y castigos. La pregunta que cabría hacerse es si hablar o no hablar es una fortaleza o una debilidad. Según argumenté recién, creo que es lo segundo.

Bonchi Est
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