La ternura como resistencia en la era de los drones.
Jul 4, 2025

La creencia de que las muestras de afecto, amor e interés pierden su valor cuando se dan repetidamente y de forma constante es una construcción cultural profundamente arraigada, sostenida por una visión individualista que ha invadido incluso nuestras formas de vincularnos, derivada del proceso de mercantilización de las relaciones humanas: una lógica que toma prestados modelos económicos —como la oferta, la demanda y la escasez— y los aplica a los vínculos afectivos. Bajo esta mirada, las personas se convierten en bienes que solo valen si son difíciles de obtener, como si su cercanía o disponibilidad los despojara de valor.
Este proceso sistemático reduce a las personas a un mero medio de satisfacción de necesidades pasajeras. Esta lógica no es inocente. Cosifica a las personas, los reduce a funciones instrumentales y los convierte en objetos de consumo afectivo. En ese proceso, niega su condición plena de seres sensibles, enteros, pensantes y solidarios.
Impone, además, una idea perversa: que lo humano solo vale cuando puede ser dosificado, cuando se administra con distancia, de forma precisa, como una droga. Esto no es casualidad y está vinculado estrechamente con la parasocialidad y la alteración de los ciclos naturales de las hormonas que generan bienestar, producto de la virtualidad crónica: el cerebro se acostumbra a vínculos inmediatos, superficiales y cuantificables, perdiendo sensibilidad hacia los procesos lentos, auténticos y mutuamente transformadores.
Desde la neurociencia y la psicología, esto tiene un respaldo claro: cuando el cerebro se habitúa a la lógica de la recompensa inmediata, se vuelve menos tolerante a los procesos vinculares profundos que requieren tiempo, vulnerabilidad y entrega emocional.
Este modelo de pensamiento además de constituir una reducción del ser humano a un objeto de consumo y una herramienta de desensibilización social, también es una negación de la naturaleza espontánea de la ternura. La cual puede ser experimentada pero no puede ser poseída como propiedad o empaquetada y retenida en un anaquel.
La belleza del amor, la pasión, el afecto, la amistad, la fraternidad, la sororidad o la camaradería son expresiones espontáneas de una especie intrínsecamente gregaria, cuyas mejores cualidades surgen cuando se entrega al otro sin cálculo ni reserva. Se hallan en abundancia y no pueden ser almacenadas, ni cuantificadas, ni forzadas a obedecer la escasez artificial que hace valioso a un producto.
Defender la abundancia del afecto no es una ingenuidad: es un acto de rebeldía. Es rechazar la desensibilización sistemática que impone el cinismo moderno, y afirmar que lo humano no es una mercancía, sino un lazo. Frente a la cultura del distanciamiento, reivindicar la ternura y crear entornos donde pueda florecer y manifestarse naturalmente es también una forma de resistencia.
Expresar ternura y afecto no es una debilidad ni ingenuidad, sino una postura contracultural y subversiva ante un sistema deshumanizante.
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