Yo ya lo sabía.
El amor ya vivía en mí,
como una llama quieta,
como una certeza muda.
Pero esa tarde te miré a los ojos
y ya no pude negarme más.
Fue como si el mundo se hiciera silencio,
y tu mirada gritara todo lo que yo no podía decir.
Entendí, en ese segundo suspendido,
que no había vuelta atrás.
Que estaba condenada —bendecida—
a amarte para siempre.
Supe que no eras sólo un hombre.
Eras mi dios.
Y yo tu creyente más fiel.
Te debía adoración,
te debía mi altar,
te debía todos los poemas que nunca supe escribir
hasta que exististe.
Ese día, no me enamoré.
Ese día me rendí.
Y todavía sigo ahí,
en esa entrega sagrada,
aunque vos no sepas
que hay una parte mía
que nunca dejó de arrodillarse ante tu nombre.
Porque ahora le rezo a un Dios que ya no me ve.
¿Será que me merezco tu indiferencia, mi amor?
Si pudiera elegir,
no me hubiera dado cuenta tan tarde.
Pero quiero que sepas:
nuestro amor no es solo un error de tiempos,
es mucho más que eso.
Es algo sagrado,
es para mí una nueva religión,
porque jamás podría dejar de amarte,
mi adorado sol.
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