Esa noche, la estancia de Ignacio estaba irreconocible. Ya no era ese lugar tranquilo, silencioso y ameno en donde pastaban las vacas. sino que Ahora estaba sorprendentemente iluminado y ruidoso, en medio de la noche oscura y callada. La gente del pueblo estaba dormida, así que nadie pudo enterarse del nacimiento de Dolores. Ni se enterarían, nunca, de todo lo que pasó después.
Había nacido una niña.: Don Ignacio no estaba muy eufórico, prefería hubiera preferido un varón. Pero mientras la casara con un buen muchacho, no habría mucho problema. El problema ahora era su mujer: Concepción. Estaba histérica, no paraba de pedir: “Aire, aire ¡Tengo que salir! ¡Déjenme salir!”, le rogaba a la matrona que seguía sosteniendo al bebé. Y es verdad que Ignacio la veía mal: estaba enrojecida, como afiebrada. Por un momento se asustó de que tal vez sus quince años no hayan sido suficientes para aguantar el parto, y la dejó salir a tomar aire en el patio. Después de todo, su mujer hacía eso a menudo: .Estar afuera calmaría su histeria y podría volver, lista para cumplir sus nuevas labores de madre.
Lo que no sabía es que en el patio la Concepción vería a Juana, la esposa de Francisco. Sus maridos eran como el agua y el aceite, pero entre ellas había crecido una especie de relación de complicidad cómplice entre ellas: .Juana no podíapodría explicarlo con palabras, pero sentía cierta hermandad hacia la otra. Tal vez fue ese mismo sentimiento el que la llevó a escabullirse de su lecho para averiguar quée pasaba en la casa de Concepción.
Cuando Juana llegó hasta su lado, la otra no pareció inmutarse. Estaba fuera de sí, como un afiebrado que delira: murmuraba constantemente: “No puedo ser mujer, no puedo”. Juana le susurraba, al parecer, inútiles palabras de consuelo. Le decía que respirara hondo, pero Concepción jadeaba parecía jadear, como un animal.
De repente, la otra pareció calmarse. Pero vendría algo que le haría pensar a Juana que quien necesitaría consuelo, sería ella misma.
“Soy un monstruo”
La piel de su amiga empezó a darse vuelta por completo, como quién da vuelta un vestido, con un sonido carnoso y repugnante. Se retorcía violentamente mientras una nueva piel, como de un cuero negro, parecía asomarse se asomaba en su lugar.
Su forma se estiraba y se deformaba monstruosamente hasta que, muy pronto, no quedaba nada de su amiga, sino una criatura chueca y salvaje, parecida a un perro sarnoso y malformado. Juana tuvo ganas de vomitar y se sintió desvanecer.: cayó al césped lejos de la bestia, pero pronto está se le abalanzó encima, con gigantes dientes amarillos y un olor fétido que le emanaba del hocico. A Juana Ni siquiera le dieron las fuerzas para gritar, así que simplemente cerró los ojos y aceptó en su cabeza que iba a morir, que esta criatura la iba a despedazar.
Hasta que sintió como algo le golpeaba la cara, cual gotas de lluvia. Y también se dio cuenta de que cómo la criatura no le gruñía, ni se movía para intentar lastimarla de ningún modo. Entonces abrió los ojos, y con horror se encontró con los de Concepción. Eran sus ojos ámbar.: humanos, no animales. Y cargaban la misma tristeza de siempre, aquella tristeza que hizo que Juana se acercara a ella e intentará cuidarla desde el primer momento.
Sus ojos parecían pedir algo, parecían pedir que todo acabaraá: [insertar verbo acá] un deseo de muerte.
Y solo entonces Juana recordó su daga, la que llevaba oculta bajo su vestido, en caso de que alguien la fuera a atacar. Agarró fuerte el mango de la daga y, en un acto de piedad, se lo clavó a la bestia. Que era Concepción, en realidad.
Mientras la sangre corría y los ojos de Concepción se asemejaban cada vez más a los de un animal ya sin alma, su esposo irrumpió en el patio:
“¿Dónde está? ¿Dónde está mi mujer? ¡¿Qué pasa?!”
Juana mintió, y le contó que mientras la otra había salido a tomar aire, un lobo salido del bosque intentó atacarla, y que ella salió a defenderla. Pero mientras le daba fin al lobo, Concepción se puso como loca y huyó a la espesura. Ignacio nunca se había fiado de la mujer, pero era difícil no creerle, especialmente con el cadáver del lobo, o de lo que parecía ser un lobo, justo a su lado. También es verdad que durante los días siguientes todo el pueblo buscó y buscó a Concepción por el bosque, sin ningún resultado, como si realmente se hubiera esfumado en la espesura.
A Ignacio el evento le pareció bochornoso e inquietante, por lo que nunca habló mucho de ello con la gente del pueblo: especialmente del detalle del lobo.
Mientras Dolores madre crecía, su padre no escatimaría en contarle como su madre fue “una pobre loca egoísta que la abandonó apenas nació”. Al cumplir los 14, esa niña sería enlazada con un militar español de renombre: Santiago de Arismendi.
Y mientras Ana, la hija de Juana y futura madre de Mercedes crecía, su padre no escatimaría en lamentarse sobre cuánto había cambiado su esposa desde lo del lobo: “Parece que no se le va el susto, se enferma cada dos por tres, y nunca se separa de esa condenada daga, ¡es tétrico!”. Juana moriría joven, cuando Ana cumplía los 14 años. Pidió ser enterrada con la daga, pero su marido no le cumplió el deseo: veía esto como la oportunidad perfecta para olvidarse de ese objeto que tantas penurias le había ocasionado a su familia. Lo guardó en una caja, y su hija la encontró. Decidió conservarla ya que, extrañamente, era como un recuerdo de su madre. Esa madre que hubiera preferido pasará más tiempo con ella y menos con su locura.
Ana también sería enlazada, pero con un militar italiano, mucho más grande que ella: Alberto de Ortiz.
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