Cuando Mercedes volvió a su vieja casa, su cálido hogar que se pudría por la humedad, su padre, Alberto, habló rápidamente:
—La hija de Arismendi se va a casar con tu hermano, mañana al anochecer.
Algo así sospechaba, Mercedes. Aunque se enojó por no haber sido avisada del plan, no le preocupó mucho más la decisión. Estaba segura de que a Luis no le importaría, aunque Dolores no fuera la muchacha más bella del pueblo. Su padre prosiguió, con marcado júbilo:
—¡Este piensa que meter a su hija va a cambiar algo! ¡Ja! ¡Si los hijos de la unión que continuarán en el poder tendrán MI apellido!
Mercedes sonrío: después de una vida llena de desgracias, su padre por fin obtendría su dicha. Su dicha bien merecida. En esa vida desgraciada pensaba, mientras esperaba que el sueño la invadiera, en su habitación.
Primero pensó en el casamiento de mañana, pensó en cómo tenía un solo vestido decente que llevar, y que ya lo había usado esa noche. Pensó en lo fácil que sería llevar a Dolores de su lado, teniendo en cuenta lo poco que le importaba la carrera de su propio padre. Era una idealista, pero sus ideas no la llevarían muy lejos. Muchas veces, la verdad debe subordinarse a la realidad, y ella tendría que entender eso.
La bendición del pueblo, pensó.
Ella, la bendición del pueblo, y yo, la maldición de mi familia. Tenía un cierto resentimiento infantil hacía ella. Tal vez, después de todo, nunca se entenderían. Casi por asociación, se encontró pensando en su madre: Ana. En su madre muerta, muerta tal vez incluso antes de que su corazón dejara de latir.
Se incorporó en su cama y extendió un lánguido brazo hacía el cajón de su cómoda, lo abrió y sacó una cajita de madera. De ella sacó la daga de plata, esa que conocía tan bien y a la vez tan poco. Siempre la saca cuando piensa en su madre. Pasa sus manos por el diseño de la cruz incrustada en su mango, y hasta a veces juega con sus lados filosos. Mientras juega como una niña, recuerda el día que la vio por primera vez: estaba en la misma cajita de madera, en un mueble viejo de la casa. Recuerda sus incesantes preguntas a su madre sobre el objeto, con la curiosidad absoluta de una niña ambiciosa. Su madre, hastiada, le había respondido algo que parecía más una leyenda que una verdad. Le había dicho que esa daga era de su madre, que una noche había delirado y afirmado que mató a un lobo con ella. Parecía enojada cuando se lo contó. Si la daga la hacía sentir tan enojada, ¿por qué la conservó y la guardó? Mercedes podría hacerse la misma pregunta. Ella también se enojó, cuando su madre murió.
Recuerda los lamentos de su padre, recuerda el cómo abrazaba a Luis, y el como ella quedaba justo fuera de su alcance. “Mi único hijo” repetía llorando. Eso era lo único que su madre les había dejado.
Mercedes no entraba en los planes de su padre. “Pero aún así me crío” pensaba. La crío más que su madre, distante y fría, que nunca le hablaba si no era necesario. La crío más que esa figura angustiada y silenciosamente furiosa.
La voz de su padre la formó. Él la incluyo en las largas conversaciones que tenía con Luis sobre las reglas del mundo, de la política, de la religión. No podía leer, pero podía escuchar.
En su mente, su madre la había abandonado, había abandonado a la familia.
Ella no sería esa mujer enfermiza, ausente, inútil. Ella le sería útil a su familia, a su padre. Ayudaría a Luis en su mandato y allí encontraría su dicha, ahí empezaría su poder, y su vida.
Mientras concluían sus pensamientos, seguía jugando con la daga, como un cable a tierra. Se preguntó por su abuela, si habría matado a un lobo realmente. Se preguntó si sus ambiciones serían parecidas, o si en realidad habría sido igual de inescrutable que su madre. Mercedes se anticipó a lo que iba a brotar de sus ojos, pinchando su dedo con la daga.
Y dejó la sangre gotear en su lugar.
“Mañana será un día importante”
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