Al salir del trabajo, sigo mi ruta hacia la parada del bus. Muchas veces termino mi día de trabajo con estrés, sin esperar nada más que mi regreso a casa.
Me acerco a la parada y al llegar, escucho una voz suave que me pregunta: "Hola, mi niña. ¿Cómo te fue hoy?". La primera vez no lo esperaba, especialmente porque no la conozco, pero esa simple pregunta alivió mi torbellino interno.
Me fue excelente, muchas gracias- le respondo, con una sonrisa.
Sé bien que no me fue bien, pero, no quería mentirle ni tampoco dañar la buena intención con que me preguntó.
Ella es Ana. Es una vendedora de pasajes. Su negocio no es legal, pero son muchas las personas que venden pasajes a aquellos a los que se les olvidó recargar, a los que se quedaron sin tarjeta o que simplemente acostumbran a que alguien más les preste una tarjeta. Ella trabaja desde temprano hasta que los últimos trabajadores culminan su turno.
Ana no es como los otros vendedores. Ella conoce a sus clientes y ellos a ella. Dice los buenos días, las buenes tardes y las buena noches. A veces recuerda nombres y siempre pregunta qué tal estás.
Podríamos pensar que su amabilidad sólo hace parte de su estrategia para vender. Claro, sé amable, entiende a tu público y así lograrás la venta.
Pero no, ella es así, le nace.
Yo nunca le he comprado pasajes, porque siempre invierto lo preciso para cada mes. Sin embargo, aunque le he rechazado, ella igual me saluda y me desea un buen viaje.
Ahora, cada que salgo del trabajo, intento identificarla de lejos para así saludarla cuando la vea de frente.
Nos hemos saludado desde entonces y así mismo, nos hemos despedido.
Gracias, Ana. Gracias por alegrarnos la noche a algunos.
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