El mundo te dice lo mismo de siempre. Que tienes que tener una rutina, continuar con nuestras vidas regulares en la medianía de este mundo. Tener que unirte a una pareja y compartir la rutina, o sumarte a la suya si no tenías una. Si no tienes nada, puedes unirte a la rutina de buscar bajo qué puente deberías dormir cada noche.
Puedes estar en la rutina de sentirte feliz todo el tiempo a causa de ansiolíticos o estupefacientes, que solo sirven para ignorar los problemas y matar el tiempo absurdamente. O estar en la rutina de sentirte triste y ver cómo ocultar rutinariamente tu dolor. O estar en la maldita rutina de ocultar lo que sientes porque debes estar bien para los demás; estar bien por dentro para “no llamar a la mala fortuna”, pero nunca mostrar lo que realmente sientes.
Nadie te da una rutina para entender este mundo, para entender cómo vivir, para solucionar los problemas de los corazones rotos: tanto el tuyo como los que rompes a cada paso que das al vivir. Nadie te enseña a saber si el camino que decidiste emprender es el correcto, si debemos solucionar algo o si siquiera es posible hacerlo. Pero hay que seguir caminando con esa rutina. Con ese miedo de que el mundo te miente.
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