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La rebelión de las que saben ser hostiles.

bernarda

Mar 9, 2026

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La rebelión de las que saben ser hostiles.
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Me gustan los libros con los que se puede dialogar. Me gusta hacerlos propios. Me gusta releerlos y estar en desacuerdo con mis planteos. Me gusta saber que paseé por cada página. Me gusta demorarme días en leer algo que normalmente tomaría un par de horas. Y me gusta tomarme horas para lo que demoraría meses.

Tenía ganas de una lectura cercana y, aunque lejos estoy de ser una cantante exitosa, tengo dos cosas en común con Cazzu: soy mujer y he sufrido. Las mujeres no solo tenemos que aprender a equivocarnos, tenemos que equivocarnos bien. Debemos sufrir en un rincón, para no incomodar a quienes reinan en el centro. Cazzu dice: “este libro es para todas” (2025, 113). Así lo resumiría yo.

En este momento me gustaría pedir una concesión para teñir esta reseña con mi experiencia. A mis quince años, durante la ola feminista en Argentina, en la secundaria tenía un compañero con el que discutía todos los días por este tema. Discutir en el sentido de intercambiar nuestras ideas acaloradamente. Durante el año 2019, luego del boom, pero aún en pleno auge feminista, se viralizó un cortometraje en redes sociales que abordaba la típica vuelta a casa de una mujer, el acoso que sufría en el transporte público y como todo, todo, todo le daba miedo a la protagonista. El propósito del corto era ilustrar como una actividad tan trivial puede ser una hazaña para nosotras, hazaña que no todas pudieron completar. Recuerdo que, cuando lo vi, sentí las palpitaciones y la necesidad inconsciente de buscar las llaves de mi casa. Desafortunadamente, no era una película de terror, no eran cosas improbables: era, y sigue siendo, una realidad. Reflejaba mi día a día a mis quince y lo sigue haciendo a mis veintidós. Hasta el día de hoy, tengo grabado el sentimiento de identificación. Me apropié del temor de la protagonista porque era mi diario vivir, casi como si yo (y todas) se lo hubiéramos prestado. Le di un me gusta y lo compartí. Pensé muy convencida (e ingenua) que ahora todos los hombres iban a entender lo que era vivir siendo mujer. No iban a cuestionar más nuestro miedo, porque en ese corto lo habían retratado de una manera impoluta. No había nada que corregir. No había nada que no correspondiera a la batalla perpetua y cotidiana de cada mujer. Al día siguiente, el video estaba dando de qué hablar, todos lo habían visto incluso mi compañero quien, con total simpatía, dijo las palabras que jamás se me habían cruzado por la cabeza: ¡Qué exagerado! No quiero adornar el relato con ninguna hipérbole, pero recuerdo como, de pronto, eran las nueve de la noche y yo estaba en la calle intentando volver a casa. Mirando a todos lados, acelerando el paso, buscando las llaves. Estaba claro que nunca lo iban a entender. Los hombres tienen la suerte de nunca vestir nuestra piel. No es suerte, es privilegio construido por siglos de desmerecer a las mujeres. Nuestro odio puede ser clasificado como rencoroso. Y yo creo que sí lo es, porque la humanidad tiene una deuda impagable con nosotras. En cambio, el odio de ellos es irracional, es sed de poder, es necesidad de responsabilizar a cualquiera por las frustraciones que nacen en ellos. Porque se olvidan que lo único que pueden gestar es odio, odio hacia nosotras.

Hoy, como todos los 8 de marzo, la aversión no declarada (a veces, otras perfectamente manifestada) que sienten los hombres por nosotras disminuye en un porcentaje ínfimo. Sería conveniente que pudieran extender ese “amor” que surge en esta efeméride durante los trescientos sesenta y cuatro días restantes. Y sería aún más propicio que pudieran transformar ese amor hacia sus madres, hermanas o parejas en respeto hacia todas. Como dijo María Elena Walsh: “‘aspiramos a ser amadas, aunque quizá por el momento nos contentaríamos con ser un poco menos odiadas”.

Por eso, este libro es mío.

A Cazzu no le da miedo revivir situaciones que la superaron anteriormente. Situaciones que la exponen, en las que, según sus palabras: “Otra vez yo, la loca armando lío” (2025, 77). Situaciones que la dejaron mal parada y que le trajeron complicaciones para su imagen pública. Lo que demuestra su convicción y autenticidad frente a lo que le tocó vivir. Lo que cuenta Julieta es una experiencia universal. Es, otra vez, injusticia compartida.

El libro hace un recorrido honesto sobre la trayectoria de Julieta siendo Cazzu. Su historia es una suma de todo lo que defendió para ocupar el espacio que le pertenecía. Estas adversidades nacen desde una industria misógina que tiene permitido serlo porque el mundo es misógino. No es un sector aislado, pero, a veces cuesta más. Y a Cazzu le costó más.

Sin embargo, no por nada es la Jefa. Merece mucho crédito tener el carácter necesario para no dejarse vencer, para estar con la guardia siempre en alto para defenderse, aunque sea en silencio. Estamos acostumbradas a cargar con la responsabilidad de la miseria humana desde Eva, pasando por Julieta y hasta vos y yo, y nuestras madres y hermanas y amigas. Y, por lo mismo, estamos acostumbradas a bajar la cabeza, a caminar pidiendo disculpas por ocupar un lugar, nuestro lugar. Pero Cazzu no, ella no tiene miedo (o sí, pero no permite que ese miedo la detenga). Ella sabe que se tiene que defender, aprendió muy bien a hacerlo: “cuando sufrí hostilidades, yo fui más hostil” (2025, 69).

Sé muy bien que esta reseña, para ponerle un nombre, es carente de todas las formalidades que debería tener. También, sé que está completamente atravesada por el fanatismo, pero voy a intentar seguir a Cazzu y evitar disculparme por todo esto. Cuando lo único que nos queda somos nosotras, entonces, el perreo, un poema, una comida, una amiga, es aquello singular y revolucionario que nos puede devolver la libertad. Yo creo que este libro es lo que pasa cuando las mujeres, que históricamente fuimos despojadas de cualquier elemento que nos brindara protección, tomamos el arma más letal: las palabras.

Julieta Emilia Cazzuchelli es cantante, compositora, mamá, escritora y una larga lista que podría decorar los distintos aspectos de su vida. Antes de ser todo esto, Julieta es mujer y logró que otras mujeres no le tuvieran miedo a su propia voz, yo soy una de ellas.

bernarda

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