Quizá la existencia no tenga un propósito inmenso.
Quizá no haya una razón definitiva
esperándonos al final de todo esto.
Ningún destino escrito.
Ninguna misión cósmica.
Y aun así,
eso no vuelve menos real
lo que sentimos mientras estamos acá.
Porque incluso un grano de arena
existe completamente
aunque el universo jamás aprenda su nombre.
Pasamos gran parte de la vida
intentando justificar nuestra presencia.
Queriendo dejar una marca.
Algo que sobreviva.
Algo que pruebe
que haber existido significó más
que simplemente aparecer y desaparecer.
Pero tal vez el problema empieza
cuando vivimos para ser recordados
en lugar de vivir para experimentar.
Porque si al final todo desaparece,
si incluso la memoria de nosotros
terminará deshaciéndose en el tiempo,
¿por qué seguir midiendo nuestra vida
según cómo seremos vistos?
Hay algo profundamente humano
en querer importar.
Pero quizá importarle a una misma
también debería ser suficiente.
Disfrutar aprender algo nuevo
aunque nadie lo vea.
Caminar sin convertir cada experiencia
en una prueba de valor.
Mirar el mar,
leer un libro,
amar a alguien,
crear algo pequeño
solo porque estar viva permite hacerlo.
Tal vez existir no consista
en dejar una huella eterna en el universo.
Tal vez consista
en habitar honestamente
el breve espacio que nos fue dado.
Porque incluso si somos mínimos,
incluso si el tiempo termina borrándolo todo,
hubo algo irrepetible
en esta conciencia específica,
en esta forma particular de mirar el mundo.
Y eso ya es extraordinario.
No porque vaya a durar para siempre.
Sino precisamente porque no va a durar.
Las estrellas explotan.
Las ciudades desaparecen.
Los nombres se olvidan.
Y aun así,
nadie diría que por eso dejaron de existir.
Quizá el sentido no esté
en trascender eternamente.
Quizá esté
en permitirse vivir sin convertir cada instante
en una lucha desesperada contra el olvido.
Aceptar que somos pequeños
sin creer por eso
que somos insignificantes.
Porque una vida no necesita cambiar el universo
para haber valido la pena.
A veces alcanza
con haber sentido el viento alguna tarde,
con haber entendido algo nuevo sobre una misma,
con haber amado sinceramente aunque fuera por un momento.
Y tal vez ahí exista una forma más tranquila de libertad
hacer las paces con la idea
de que no vinimos a convertirnos en eternidad.
Vinimos a estar.
Aunque sea un instante mínimo.
Aunque después nadie recuerde nuestro nombre.
Porque durante este breve y extraño accidente del universo,
hubo algo dentro nuestro
capaz de sentir, pensar, crear y mirar el mundo
como nadie más volverá a hacerlo jamás.
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