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La razón de conocernos

Pico

Jul 29, 2026

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La razón de conocernos
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Hola, soy Nicolás, cumplí mis 21 años hace casi dos semanas ya, y sin embargo mi cabeza sigue girando al mismo ritmo que hace una década, donde cobré consciencia de cuánto podía moverme y qué consecuencias traía si lo hacía.
Entre variables y constantes, me sumergí siempre en decisiones disyuntivas que nunca terminaba de aceptar por completo, porque nunca me gustó perder, y nadie me enseñó cómo hacerlo. Pero de alguna forma u otra, siempre terminé apostando al perro débil, ¿quizá por la sensación de verme reflejado en él? No lo sé ni quiero saberlo, llevo rachas extremadamente largas donde no salgo de mi casa ni siquiera para saborear el aire del patio, y todo parece no hacer más que empeorar a medida que, nada hago.

Es este mi escrito número ciento quince publicado y, como estos días el sueño no estaría acompañándome ni por las noches ni por las mañanas, tuve tiempo de leer desde el primer artículo hasta el último; spoiler: no cambié ni un poco de lo que digo haberlo hecho.

Lloro por las mismas canciones, me afligen los mismos sentimientos y todavía me atormentan los mismos pensamientos. Sueño con las mismas personas, y le cuento los problemas a las mismas paredes que me vieron irme y volver más de una vez. Me gusta tener la ilusión de que fui evolucionando con el paso del tiempo y que pude volverme un poco menos imbécil vía palazos que me supo dar la vida, pero no es más que eso, una ilusión.

He querido transmitir desde metáforas en prosa; menciones en cartas; confesiones en descargos; he buscado hasta el hartazgo querer decir lo mismo que ya dije un millón de veces pero siempre con una versión distinta de la anterior, y el resultado siempre fue el mismo: yo, hablando conmigo sobre mí.

Mis circulos amistosos se fueron cerrando desde comienzos del año pasado y la vida me presentó obligadamente situaciones en las que tuve que ser selectivo y, elegir sobre el hombro de quién llorar. Mis vínculos amorosos fueron casi que idénticos todos en cuanto a lo caótico e intenso pero, destaco uno en el cuál pude creer firmemente en el amor y llegué a comprometerme. Literalmente, con anillo y todo.

Dice esa persona haber rehecho su vida tras un cúmulo de conflictos compartidos y errores cometidos, de los cuales solo tengo en cuenta los míos a día de hoy, porque soy muy modesto como para estar enojándome con gente a la que yo lastimé también. Y yo, en parte, me alegro por eso, porque si en algo creo es en la redención; creo que todo el mundo es capaz de pasar página y merece tener su momento para hacerlo y darse cuenta de que el camino de la vida no termina nunca en una persona. Pero por otra parte me suelo cuestionar la vulnerabilidad del recuerdo que uno tiene para-con los demás, lo efímero que puede ser uno para el otro y lo eternamente denso que puede ser el recuerdo del otro para uno, y me parece muy injusto.

Sin embargo, en ese tiempo en el que estuve de vacaciones en un hospital comiendo gratis y recibiendo medicación sin tener que pagarla -¡qué lujos eh!- ciertas visitas -una en particular- fueron lo más parecido a recibir un culatazo en la cabeza, de esos que te reinician la cabeza al despertar y lo primero que hacés al pispear para tus horizontalles, es preguntarte dónde estás y cómo llegaste ahí.

Recuerdo ver una figura dibujarse por la puerta de la sala cuatro (donde me encontraba internado yo) y sentir que volvía a respirar el mismo aire que hace cinco años, donde conocí a lo que hoy etiqueto como mi primer amor. De pronto me sentí más joven, quizá hasta más inocente, como quien vuelve a probar la comida de casa después de haberse mudado un largo tiempo. Reconocí esa forma de andar como si fuese la mía, como si la viera todos los días, y también a esos ojos, que supe que si seguían brillando, era porque habían aprendido a hacerlo por su cuenta y estaba que explotaba de orgullo y felicidad por saber eso.

Con toda la humanidad del mundo que a una persona le puede sobrar, esta mujer se sentó al lado mío a balbucear estupideces hasta de cosas indescriptiblemente profundas, pero con una calidez que no puedo encontrar ni en el fuego de los encendedores que sigo perdiendo a día de hoy. Y, me reí, me reí bastante, una hora, cronometrada, no fue lo suficiente como para que yo quede satisfecho pero sí lo fue como para que me quede grabado.

Hoy que mi serie de días es nefasta otra vez, suelo agarrarme a esa pizca de humanidad que por un momento la vida me regaló casi que como queriendo saldarse una deuda, y logro así diariamente levantarme, asearme, preocuparme por el estado del lugar en el que no solo duermo sino que también paso casi las veinticuatro horas del día, y, lo más importante, logro creer en que existe algo más que esta nube negra que se interpone entre mis ojos y el mundo exterior.

Tanto así que, hace no más que dos meses, el destino me cruzó con un ángel desinteresado que hizo de escombros, cimientos (o al menos lo intentó) y se mantuvo impoluta ante cualquier circunstancia negativa que pudiera estar atacándome en ese momento y a día de hoy persista.
Una amiga, una compañera, un pilar en el que dejar caer mi frente cuando mi cuello esté tenso, así se mostró y así se quedó, hasta que cumplió su ciclo, o mejor dicho, hasta que yo se lo cerré.

Entendí con más culpa que orgullo que, desde donde estoy parado, solo puedo acompañarme en soledad porque no estoy acostumbrado a que no me estén sosteniendo como agua entre manos en medio de un terremoto.

Y así, mal que bien, perdí la noción del pasar del tiempo y no sé cuántos años tengo ni cuántos realmente viví, ni cuando. Sólo sé que sigo esperando a alguien como aquel perro que te mira desde la puerta con un pájaro entre los dientes. Y quisiera abrirle, pero perdí las llaves.

Pico

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