La puerta se abrió.Una puerta que, minutos antes, había cerrado con llave . No hubo ruido, ni violencia mínima. Se abrió como todos los días, cuando colocaba la llave en la cerradura y la empujaba con esa suavidad distraída que impone la rutina.
Después escuché cómo se cerraba, con la misma naturalidad con que había sido abierta.
Yo estaba sentado en un sillón, desde donde no alcanzaba a ver la entrada.
La situación me paralizó.
Cuando reaccioné, avancé los pocos pasos que me separaban del zaguán y me quedé inmóvil, a unos centímetros del vértice.
Era cuestión de segundos para que alguien apareciera.
Pero esto no sucedía. El tiempo se estiraba .
La persona que había entrado también se había detenido .
Nos separaba apenas el ángulo del muro.
Del otro lado estaba el extraño que todos los días entraba a su casa.
Mi oficio de cerrajero y ladrón parecía haber llegado a su fin.
Sin embargo, siempre queda la posibilidad de ensayar un nuevo oficio.
Y un antiguo candelabro, sobre una repisa, me lo sugirió.
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Hugo Arce
Escritor / Cinéfilo / Acabo de publicar un libro . Escribo sin saber hacia dónde me dirijo .
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