Iba caminando entre una multitud cuando una ráfaga de viento me cortó la cara.
La ráfaga tenía el sonido de su nombre.
Tristeza, pesadez, confusión: tantos sentimientos inundaron mi cuerpo en ese instante.
Fue como una broma de mal gusto del diablo traerme esa ráfaga en una peregrinación donde me sentía libre, donde podía gritar mi identidad y afirmarme.
Sin embargo, me callé.
Podría castigarme toda la vida por haber callado, pero en realidad solo estaba protegiéndome, como tantas otras veces en las que guardé silencio para no perder lo que amaba.
No es dolor: es memoria.
Su nombre no duele; es el epílogo que me recuerda que, cuando soy yo, no me aman.
Él jamás me hubiera elegido realmente.
Una puede estar años al lado de alguien que no elige.
Pero seguí caminando, cuando antes me hubiera desmoronado.
Hoy —libre, política, feminista, la que baila y se permite sentir— jamás hubiera podido nacer si me quedaba ahí.
Es contraste.
La que se callaba ya no está.
Lo que me anulaba ya no tiene poder sobre mí.
Esa ráfaga fue un fantasma, pero soy más fuerte que cualquier fantasma.
Y vos... Sos una puerta de madera —madera podrida—, alta y pesada, con bisagras rígidas y un candado del peso y el tamaño de tu padre.
Y, aun así, gracias a Dios, puedo cerrarte.
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