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La Procesion

Nahu

Oct 12, 2024

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La Procesion
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Por suerte,  el viaje desde CBA Capital hasta el pueblo no era demasiado largo.
Eso sí, el calor era insoportable. Aunque apenas era principio de Octubre, el calor ya había hecho acto de presencia.
La primavera pisó con fuerza. Era la época favorita de mi mamá; tenía su casa llena de flores y plantas. Les dedicaba varias horas al día, todos los días.
Les prestaba más atención a ellas que a mí, por así decirlo.

¿Qué importaba ahora? Ya era muy tarde para reproches. La primavera llegó, pero junto con ella trajo la muerte. Mi mamá se fue de este mundo, el 21 de septiembre pasado.
Como el funeral se apresuró, los trámites de herencia y demás documentos todavía debían resolverse, documentos que estaban en la casa de mi mama. Esa era la razón por la que después de 30 años. Debía volver a este pueblo.

Como dije, el viaje no era largo, pero el calor lo hacía agobiante. Compre una gaseosa de quien sabe que marca en el pequeño almacén que estaba antes de entrar al pueblo, justo antes del puente, por donde pasaba el río que le daba nombre a todo “San Pedro”.

Deje el auto estacionado frente a ese almacén y camine un par de metros hasta el puente.
Me apoyé en la baranda de hierro caliente y oxidado que coronaba esa enorme mole de piedra y hormigón.
Encendí un cigarrillo, y me quedé mirando el río.
Era un río precioso, con orillas verdes y playas pequeñas. El cauce bajaba desde las sierras chicas, dibujando un camino sinuoso, como si Dios hubiera pasado el dedo dibujando líneas curvas.

Mamá, sé que es un pueblo hermoso a su manera, pero nunca pude quitarme la sensación de que también es un lugar solitario y triste. ¿Por qué decidiste quedarte acá hasta el día de tu muerte?, y más aún, porque no quisiste quedarte conmigo?
Una pequeña lagrima se me escapó, y decidí que era suficiente. Haría las cosas que debía hacer estos días, y me iría. Para no volver jamás.

Arrojé la colilla del cigarrillo al río.
- ¡¿Qué estás haciendo?!- se escuchó al lado mio.
-¿Perdón? -dije- ¿Me habla a mi?
-¿¡Qué haces tirando tu cigarrillo inmundo al río?!- Dijo una anciana que pasaba caminando por el puente. Tenía una bolsa de tela gris, manchada. En donde yo supe, llevaba tus compras -Turistas, irrespetuosos, tirando todo por ahi…
-Disculpe, fue la costumbre, no quería…
-Ah, pero ya van a ver: “todo lo que le das al río, te lo devuelve”- y se fue de ahí, cruzando el puente, puteando en voz baja, ignorándome, sin siquiera escuchar mis disculpas.

No tuve tiempo de reaccionar, algo en su voz me asustó, era firme y muy alta. Contrastaba con su aspecto.
Llegué a la casa de mi mamá, y esas flores, ahora eran unas pobres plantas semi marchitas, secas del calor que estaba haciendo.
“La señora devuelve lo que le das”, eso era lo que mi mamá me decía cuando era chica.
Siempre pensé que simplemente era una frase, no imaginaba que aún la costumbre se mantuviera en el pueblo después de tantos años.

“12 y 13 de Octubre, Fiestas Patronales, Señora del Río, organizada por la comuna de San Pedro”.
Eso decía un pasacalles en la avenida principal del pueblo. Mejor dicho la única avenida decente del pueblo, la única asfaltada. El resto eran los mismos caminos de grava y tierra de siempre, esos que hacían imposible transitar cuando llovía.

Lo vi mientras iba al cementerio a visitar la nueva morada de mi mama. Me quedé un momento parada al frente de su lápida. No me gustaba, era simple, de color claro, con la inscripcion grabada en el mismo marmol. Parecía una lista más en todo ese mar de cuadrados grises que había en el cementerio. Además había algo muy extraño, podría jurar que las lápidas estaban muy cerca una de las otras.

“Graciela Marquez, adorada esposa y madre amorosa”.
Había al menos dos grandes mentiras en ese epitafio, pero de nuevo, ya era muy tarde para reproches. Sin embargo, algo más que me llamó la atención:
“Creo en bondad de la señora, que nos devuelve el amor que le damos”
De nuevo, ahí estaba. Mi mama nunca me había contado que era tan devota de la señora, o quizás simplemente nunca tuvo oportunidad de decírmelo, apenas si hablamos en los últimos años.

La abogada del pueblo me dijo que las oficinas de registros civiles estaban cerradas hasta el lunes por la festividad, así que tendría que quedarme al menos tres días más.
Además fui a verla, porque los gastos del funeral y el entierro, lo cubrió la comuna, mi mamá no tenía seguro de ningún tipo.
-Al menos va estar para las patronales del pueblo, le van a gustar. Su mamá siempre fue una voluntaria muy querida en la iglesia”- me comentó la licenciada.

De nuevo, otra faceta de mi mama que desconocía. Siempre pensé que no era muy solidaria, y mucho menos que gastaría su tiempo en otros.
Con fastidio acepté que tendría que quedarme hasta el lunes. Tendría más que suficiente tiempo para ordenar las cosas de su casa, ver que podría llevarme, ordenar sus documentos y ver qué dejar para después.
El domingo, salí al mediodía a la calle principal para hacer un par de compras. Al salir del almacén, vi a lo lejos un grupo de personas que recorrían la calle principal, lentamente en una procesión.
-Disculpa -le dije a una nena que estaba al lado mío con flores y vestido azul
-¿Qué es eso?-
-¡Es la señora del río!- contestó contenta.

La procesión pasaba lentamente, de manera casi hipnótica. Al frente de todo, la figura de la virgen iba sobre una plataforma sostenida por 4 personas con la cara cubierta por velos blancos.
La virgen no se veía como lo esperaba, estaba muy lejos de la imagen pulcra de la Virgen Maria que tantas veces vi en las iglesias de CBA. Tenia el rostro resquebrajado, los labios negros y los ojos como dos bolitas de cristal opaco. Llevaba las manos abiertas, en un gesto de caridad o limosna, no lo sabría decirlo. Sobre ella tenia un manto de color oscuro, como verde murgo, roto y hecho jirones.
Toda la figura era de madera hueca, con detalles en piedra, pero estaba despintada, como si fuera algo muy antiguo, como si el agua hubiera erosionado cada detalle de su cuerpo.

Muchas más personas se juntaron alrededor de la figura pero sobre todo detrás ella, en donde un carro enorme iba recogiendo las ofrendas a la señora: arroz, harina, pan, flores, aceite, ropa…
-¿Qué hacen con todo eso?- le pregunté a la niña.
-¡Son las ofrendas a la señora!- me respondió, casi retandome por mi ignorancia. -La señora nos bendice a cambio de estas cosas. Todo eso va a parar al río, ya sabes: “siempre nos devuelve lo que le damos”- repitió casi como si fuera un mantra.

Me pareció extraño que todo eso fuera a parar al río. Estaba muy confundida; el ambiente se había vuelto casi opresivo alrededor de la procesión.
Estaba por irme cuando, note que iban dejando ropa, zapatillas, anillos, cadenas.
Pero mi impresión fue cuando note, que incluso iban dejando urnas en el carro.
-¿Qué están haciendo?- dije en voz alta.
-Nosotros le damos todo lo que tenemos a la señora- me dijo la nena de forma solemne-, incluso a aquellos que ya no están.

Era demasiado para mi. Entiendo que sean muy devotos de su fe, pero esto cruzaba un límite para mi, ¿mi mama formaba parte de esto todos los años?
Me costaba aceptarlo. Sali de ahi inmediatamente, hable por celular como puede, entre el sonido de los cánticos y los rezos en voz alta. Le pedí a un amigo para que me consiguiera un flete para el día siguiente, que venga a buscar el resto de cosas de mi mama, y a mi abogado para que haga lo que tenga que hacer, para no estirar más mi estadía en este pueblo olvidado de Dios.

Más tarde, en casa de mi mamá , terminé de ordenar las cosas, pero no podía sacarme la imagen de esa virgen despintada de mi cabeza. Incluso ella tenía varias imágenes talladas en piedra de esa cosa. Las tiré todas a la basura.
Le dejé un audio a mi abogado. Y salí al patio de la casa, no me gustaba estar mucho dentro. Me era incómodo, no sentía ese hogar como mío, lo sentía ajeno, silencioso.
El patio era enorme, y un poco más arriba había un pequeño sendero dibujado sobre el pasto que iba hasta el río a pocos metros.
Me encontré en la orilla, viendo como el sol se escondía entre las sierras desgastadas y cansadas de tanta erosión. Me sentí casi nostálgica, me acordé de las veces que venía con un palo y un hilo para armar una caña improvisada, y pretender que pescaba algo. Obviamente desconocía que sin carnada y mucho menos un anzuelo, nunca iba a lograr sacar algo del río. Pero el recuerdo de esa vida se hizo muy lejano, casi tanto como la atención y el amor que alguna vez recibí de mi mamá.
Sin embargo, la extrañaba. Era mi mamá, y no tuve la oportunidad de despedirme de ella.
Le tenía mucho rencor por nuestras peleas, por la forma que trato a mi papa, por la forma en que se desentiendio de todo. Pero hubiera hecho a un lado todas esas disputas, con tal de poder abrazarla una última vez.
Había muchas cosas que había descubierto en estos días sobre ella, y seguía sin entender qué era lo que tanto le atraía de este lugar como para incluso ignorarme.

El sol ya no era más que un resplandor, y el ambiente se había tornado frío, pero todavía húmedo. Entonces, un diminuto punto blanco apareció en la superficie del río. Venía arrastrado por la corriente y, como si fuera atraído por un imán, vino directo hacia mi.
No era un punto blanco; era más bien un cilindro fino y largo. Su velocidad disminuyo y quedo justo en la orilla del río, justo entre medio de mis pies.
Me costaba creer lo que estaba viendo, me agache y tome el cigarrillo que flotaba en el agua, completo, justo frente a mi.

El celular sonó. Era un mensaje de mi abogado:
“Mañana a primera hora, estarán completos los últimos trámites que faltaban, gracias a las fotos de documentos que me mandaste. Aunque me sorprende que quieras irte del pueblo tan rapido. ¿Ya arrojaste las cenizas de tu mama al río? Entiendo que esa fue su última voluntad”.

Claro, Entendí porque el funeral fue tan rápido, porque el registro civil estaba cerrado incluso días antes de que la fiesta fuera llevada a cabo, por que las lápidas del cementerio estaban ahí, demasiado juntas, sin respetar el espacio entre entierros. Y porque se habían ofrecido tan amablemente a hacerse cargo de los costos.

Detrás de ese cigarrillo, la corriente del río trajo, además de la oscuridad de la noche, coronada por la luz de la luna, la procesión que antes había pasado por las calles del pueblo.
La señora del río, seguía ahí sobre su plataforma, llevada por cuatro figuras oscuras.
Ya no se veía desgastada, sino incluso renovada, con rasgos definidos, piel blanca, y su manto ahora era largo, casi tanto que llegaba al agua.

Escoltada por figuras, siluetas, sombras que flotaban sobre la superficie, transparentes y casi sin forma.
Siguiéndola venían todas las ofrendas que el pueblo había dejado, flotando en la corriente.
La procesión avanzaba y, en la oscuridad, entre las figuras borrosas, creí reconocer a mi mamá caminando entre ellas.

Nahu

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