Por lo general, los olores de los colectivos de larga y media distancia son raros, son como un tufo que te avanza apenas te subís al rectángulo de metal con butacas perfectamente alineadas y simétricas. Es un olor que te hace querer llegar al destino, como si la agonía de la vida se presentase allí, sentado, al lado de un desconocido, al que quizás( muy seguro) nunca volveremos a ver. Todo es incómodo, el asiento normal, el semi cama, el empañamiento de los vidrios que demuestra una condensación del aire producido por los que por un rato habitamos ese lugar y la falta de ventilación del mismo.
Cuando nos subimos, siempre nos queremos bajar. inmediatamente, hay una punción de vida que nos aflora por dentro, porque en ese instante, tu vida sea mas o menos aburrida, le hayas o no encontrado “un sentido” al quehacer diario, todos nos unimos en un sentimiento que engancha esas desenfrenadas ganas de llegar, y de cierta manera, a los que vagamos flojitos de papeles, nos da un objetivo a cumplir.
A todo este caos de emociones que genera subirse a un colectivo, ayer, a eso de las cuatro de la tarde, partiendo rumbo de luces hacia otras luces, me sucedió lo que pensé que nunca me iba a pasar. Una excepción a la regla, una conspiración del destino a mi siniestra y destructiva forma pesimista de afrontar las situaciones.
mi butaca número 38 daba del lado del pasillo cuando me siento, advierto que iba a tener acompañante, ya que nunca nadie va sentado solo del lado del pasillo, los asientos de ventanilla son las más codiciadas, supongo que porque te despegan un poco de todo ese caos, que sentimos cuando subimos el primer escalón del rectángulo de metal y lo acallas mirando el amplio paisaje de la llanura pampeana. Mi premisa no estaba errada, acto seguido se sienta una persona, una chica, de muy pocos modales para mi gusto. ni siquiera la miré, no vi su cara, tampoco el color del pelo, mucho menos la ropa que llevaba puesta. solamente mi campo visual logro dilucidar un libro, que sacó de un bolsito, no alcance a ver el titulo solo leei “paulo cohelo”
El bondi arrancó, el destino me abrazo y mi pesimismo se desmoronó como una casa abandonada sin retorno con destino a ser demolida. el aroma, que emanaba esta piba, era de esos que automáticamente te transportan a una niñez absoluta, donde mucho es nada y donde nada es mucho, donde no importa que dia es, ni qué hora, ni si dormiste mucho o poco, si el dólar blue tiene una brecha larga o corta con el oficial, o si devalúan mañana que quilombo se va a armar. esos olores que te arropan, que te acarician y que te cuidan.
Ya no importaba más a que hora llegaba, si faltaba mucho, si ya salí, o si ya había llegado, en ese momento no quería bajar nunca.
el sol me daba de frente, apenas podía abrir los ojos, mi mente viajó al color de una tarde que agonizaba y al ritmo de sus dedos pasando de página.
el bondi frena ya son las seis, mi cuerpo se levantó y lentamente mi nariz se fue olvidando del aroma que destruyo mi casa de naipes de cuatro de copas.
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