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La Persistencia de la Incertidumbre

Sep 1, 2026

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La Persistencia de la Incertidumbre
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Cuando el silencio se impone a la rutina, las tragedias se suceden para frenar el ruido cotidiano y enmarcarnos en la suspensión. Fundir a negro sin pasar por los grises y determinar el pensamiento de manera circular hasta que la suerte dicte un fin de ciclo que nos permita cortar el circuito y abrir la puerta al mundo nuevamente. Celebrar una reconciliación interna sin dar explicaciones para desatar los nudos del conflicto y ordenar el caos repentino se vuelven la constante del momento como forma de no volverse loco. Hablamos sobre la espera indefinida, los momentos que ensimisman las horas cuando la situación escapa a nuestro control y el limbo entre los hechos concretos.

Hoy elijo hablar de las fatalidades. Aquellos momentos en que la percepción del tiempo se dilata, contrae y sobrepone hasta convertirse en un momento único, suspendido entre dos hechos concretos que definen principio y final pero indefinidos en la sucesión de hechos intermedios. Hablamos, por ejemplo, de las agonías, los duelos y las situaciones traumáticas, pero también de ciertos momentos de creación artística en los que comprometemos al cuerpo y la mente en un enfoque alienante en pos de la concentración.

Lo abrumador de la experiencia, infiero, proviene desde la ansiedad que genera la incertidumbre. Desde lo desconocido e impredecible de las situaciones repentinas y la obligación autoimpuesta de resolverlas, aún cuando los factores escapen a nuestro control, porque no se trata de aptitudes o de talento, sino de desborde e incapacidad real. No es falta de disposición más que imposibilidad de acción porque no se puede resolver lo que todavía no tiene un desenlace.

En este punto no existen decisiones erradas ni acertadas, sino una cantidad de posibilidades solo proyectables en la imaginación. Estadísticas mentales con mayores y menores probabilidades de convertirse en realidades futuras pero que, en virtud de no fallar, precisan soluciones específicas que contemplen al mayor grupo posible y eso, sin dudas, es un espectro insoportablemente amplio. Una rumia nerviosa y constante capaz de interrumpir el sueño de cualquier mortal. Son los planes antes de su ejecución. Un viaje a todo el mundo, pero al mismo tiempo.

Es pertinente aclarar que hay una contracara en la espera. Una suerte de reposo en el que los pensamientos se multiplican sin consecuencia. El divague permanente en un estado mental difuso, en el que los movimientos y la sinapsis responden al automatismo más que a la comprensión del entorno. Una suerte de entumecimiento de los sentidos en la incomprensión de lo inabarcable en el que la lentitud es un placebo y dejarse llevar es una forma de bajarle el volumen a las conversaciones internas.

Con los días, las ideas se asientan a la espera del siguiente golpe. Se permiten un orden aparentemente racional y se intelectualiza el presente con mayor precisión hasta que el esperado desenlace sea un hecho. Por supuesto, a esta altura del discurso estoy hablando de la muerte, no como final de la vida sino como proceso. Me refiero, también, a su falta de romanticismo en los contextos modernos. A los que la rodeamos sin certezas ni esperanza. A las luces frías y las chapas incómodas de las sillas en las salas de espera. Al equilibrio que intentamos mantener mientras la tristeza se convierte en recuerdo.

(Este texto es parte del Newsletter y programa de radio "Morir en el Intento". Suscribite gratis acá!)

Joaquín Alonso

Joaquín Alonso

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