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La pérdida del ser

Montilú

May 21, 2026

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La pérdida del ser
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Sin saber muy bien, sin notarlo del todo, el terreno por el que caminaba se volvió más pedregoso. Sus pies trastabillaban, podría decirse que callos allí se formaban (eligió caminar descalza). Un tobillo torcido, luego el otro; pero aún así avanzaba. ¿Era el valor lo que la mantenía inmune, intacta y erguida? ¿O era algo más? Es extraño ver a un humano sin freno en un sendero que fue creado para la observación, la reflexión, la pausa. Podía notarse que algo se descascaraba en ella y lo que se dejaba ver debajo no era placentero. Carecía de luz, pasaba a ser abruptamente oscuro. Sin embargo, adelante seguía mientras pequeñas gotas rojas teñían los pasos que dejaba detrás.

Con el paso de la vida, su mente comenzaba a hacer estragos y el torrente de palabras se volvía algo inmanejable, desmedido, casi enfermizo. Creo que esto la llevó a un quiebre. Su propio dolor físico se entremezclaba con el dolor mental: raspaban más las “piedras” en su cabeza que aquellas bajo sus pies. El camino comenzó a estar plagado de obstáculos, cada vez más grandes, más espantosos… más obvios, podría decirse; casi como si la vida quisiera indicarle (a los gritos) que parara. No lo hizo. Al menos no por un buen tiempo más, y la imagen de ella comenzó a verse más pequeña entre tanta horrible magnitud.

Algunos días se la escuchaba babear palabras sin sentido con la voz entrecortada por tanta tierra que por su garganta se filtraba. Otros, era puro silencio, salvo por el viento austero que fuerte la golpeaba, como tratando de llevarla para atrás hacia el punto de inicio, o al menos a ese punto en el que todo en ella se desintegró. Aquí recae lo importante de hacer una vista amplia, rotar la cabeza y ver alrededor, las ayudas son muchas, las señales siempre están presentes, pero nunca hay nada para aquél que no quiere ver. En algún punto, ella sentía satisfacción en esa ceguera, la ayudaba a tolerar el dolor, a continuar con su propia destrucción, a no sentirse mal por toda la luz que había dejado atrás.

Decidí que esta sería mi primera y única intervención, yo solo estoy aquí para observar y dejar que aquellos que caminan evolucionen, pero ante casos extremos uno no puede ser tan severo. Dejé caer un recuerdo materializado, uno de esos que son dulces y de color tenue, como una lámpara de luz para niños en una noche de tormenta. Ella seguía caminando, puños apretados. Paso adelante, luego otro y… una mano de piel áspera y anillos plateados le rozó el cabello, despacito y con ternura. Ella abrió grande los ojos, como una pintura de Margaret Keane, y tragó la baba que tenía acumulada en la boca. Miró a su alrededor y notó el degradé de horrores a su alrededor. Tranquila, aunque algo asustada, movió un pie hacia atrás. Gruñó por el dolor y se fijó en los callos llenos de sangre. Suspiró y se sentó. “No puedo seguir caminando así de lastimada.” Miró hacia arriba con una tímida sonrisa. Podría jurar que miró directo a mi infinidad.

Y así se quedó, sentada, a veces acostada. Todo en el camino fue desgastándose hasta convertirse en polvo que los vientos ahuyentaron. Ella charló con los animales y rió al recordar alguna frase. Con el tiempo, volvió a levantarse, pero caminó hacia atrás, de una forma lenta y controlada. Al llegar al inicio, se movió ligeramente hacia la izquierda y un nuevo terreno se formó frente a ella. Sonreí impresionado, al final, sí había notado lo que pasó en su otro camino, y tomó eso como aprendizaje para comenzar uno nuevo.

Montilú

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