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La pequeña diferencia entre un escarabajo y yo

Mar

Jun 18, 2026

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La pequeña diferencia entre un escarabajo y yo
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Mientras descansaba en mi cama, el viento entraba por mi ventana y el olor fétido del cadáver de algún animal muerto cerca de mi casa me empapaba la nariz, recordé el día en el que vi agonizar a un escarabajo. Mientras lo veía morir (porque claramente no podía hacer nada por él) me preguntaba si acaso ellos conocían el cielo y el infierno, si mientras moría también experimentaba aquellos últimos siete minutos recordando su vida o si aquello era algo simplemente humano.

¿Qué me separaba a mí de ese animal? ¿Mi conciencia o el andar a dos patas? ¿Por qué el lecho de muerte de un animalito diminuto como él no era tan importante para el humano? Y mientras me preguntaba todo eso, recordaba las palabras que recientemente me había dicho mi padre: “A los animales solo les falta hablar”.

Agustina Bazterrica retoma esta idea en su libro Cadáver exquisito (pequeño spoiler). En esta historia ella nos cuenta sobre la crianza de nuestra propia especie para el consumo humano, y una de las tácticas para separar la “carne” de lo humano era cortar las cuerdas vocales para que el producto no pudiera hablar o emitir sonido alguno. ¿Acaso hablar es lo que nos hace humanos y merecedores de “algo”?

Mi mente daba vueltas y, aunque en un principio mi pensamiento era un tanto religioso y mi conciencia se revolcaba entre las ideas de que los animales tal vez no tengan algún ser supremo que dicte su sentencia, también comenzaba a cuestionarme qué era ser humano y qué era ser animal.

Mi maestra de filosofía y lógica decía que los humanos somos animales con conciencia y que eso parecía ser la delgada línea que nos dividía. ¿Será entonces que la conciencia ha sido un castigo o simplemente hemos tenido tanto tiempo, espacio y poder para destruir la línea entre el humano y el monstruo? Porque parece ser que construimos cada vez más peldaños que nos separan de lo que realmente somos: animales conscientes; y en la búsqueda de algo más allá de nosotros, creamos una nueva especie, animales inconscientes.

La conciencia, que es aquello que nos ha brindado la oportunidad de sentir, pensar, cuestionar y actuar con mayor responsabilidad, ha desaparecido. El ser humano construyó desde el momento que pudo una moral e ideologías, y con el paso del tiempo pareciera que tuvimos mucha libertad para pensar, pero nunca para razonar o tener siquiera algo de esperanza y plenitud. Y es ahí en ese momento donde nace Dios, el ser supremo que castiga a los humanos, que imparte normas y reglas de comportamiento.

“Dios ha muerto”, dijo Nietzsche, “…y nosotros lo hemos matado”. La moralidad, como se percibía antes, está perdida. Hemos cambiado y hemos “avanzado”, pero en nuestra moral nos hemos quedado en blanco; nunca la razonamos lo suficiente o de la manera correcta, siempre lo hicimos desde fuera, no desde adentro. Porque de lo que está dentro de cada uno de nosotros se encarga Dios, no nosotros. Nosotros lo evitamos: ¡que otro vaya y nos juzgue!, exclamamos con firmeza y nos liberamos del pesar.

Por eso creo y siento que los animales no necesitan de Dios, porque ellos son, porque su conciencia no existe, no hay pesar; solo es una vida tratando de ser vivida. ¿Y será eso lo que nos ha puesto en jaque con su existencia? ¿Será que los humanos hemos tenido tanto tiempo para pensar que nos ha dado envidia que ellos un pensamiento no puedan formar? ¿Aquel juicio de superioridad ante los animales es mera envidia? Porque nosotros tenemos que pensar y habitar un cuerpo y una mente que no podemos controlar, mientras ellos solo viven y mueren a manos de seres gigantes que se odian y que fueron capaces de crear a un Dios que de nada les ha servido.

Mar

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