Luna era el guardia más supersticioso. Creía en ovnis, vampiros y fantasmas. Críptidos y en los Archivos X. Usaba el pelo largo, casi hasta el hombro, y se ponía mucho gel para que le quedara aplastado bajo el quepi y no se notara. A pesar de sus supersticiones y creencias, era responsable y cumplía sus rondas y turnos de forma adecuada. Castrito le tenía cariño, como a todos nosotros, pero no entendía que los hombres usaran el pelo largo. Luna estaba orgulloso de su cabello.
Silva era un buen cabro. Era flaco, bonachón y amable, le costaba decir que no y por eso a veces se aprovechaban de él, pero tenía una nobleza pocas veces vista. Le gustaba dibujar, siempre con su personaje, un chico que podía convertir partes de su cuerpo en partes de dinosaurio.
Era la noche de San Juan, pasado medianoche. Hacíamos las rondas los tres juntos, para no aburrirnos y pasar la noche más rápido, hablando de música, cómics, chicas, de lo que fuera. A Luna y a mí nos gustaba Iron Maiden. Silva prefería a Los Prisioneros y tarareaba "Estrechez de corazón" constantemente.
En el cuarto piso había un espacio en la pared de distinta mampostería, parecía una puerta que habían removido y tapado con cemento. Lo curioso es que al otro lado estaba el vacío, no había nada del otro lado. Canastito, el encargado de la caldera, nos decía que algunas noches la puerta que antes estuvo ahí se dejaba ver.
Íbamos en el tercer piso, riendo y conversando, tres jóvenes hablando de todo un poco. Entramos a revisar el auditorio. Este tenía una puerta en cada extremo; para hacer la ronda entrábamos por una y salíamos por la otra.
Silva iba comentando sobre una idea que había tenido para su cómic. ¿Qué tal piernas de velociraptor y cabeza de Pachycephalosaurus para un ataque donde se tomaba velocidad para terminar con un cabezazo demoledor? Hablábamos así y al salir del auditorio nos quedamos parados, atónitos, dándonos cuenta de que habíamos salido en el cuarto piso. Miramos hacia atrás y en el lugar de la mampostería rara había una puerta por la que habíamos salido. Empezó a cerrarse. Luna, que era el último que había salido, alcanza a tomar la manilla y meter la cabeza para ver al interior. Silva iba a seguirlo, pero Luna levanta el brazo hacia atrás y lo empuja. Luego saca la cabeza, cierra la puerta y empieza a correr.
Lo seguimos, iba de vuelta a la Base. Cuando llegamos, horrorizados vemos que a Luna el cabello se le ha puesto blanco.
No quiso decirnos nada. Lo único que pudimos sacarle fue que nos quedáramos en la Base. Luna puso el cerrojo por dentro, se sentó frente a los monitores del CCTV y apagó la radio.
Nos miramos con Silva y no insistimos. Cuando amaneció, Luna se acomodó el cabello bajo el quepi para que nadie se diera cuenta. Esa mañana nos relevó Monsalve, que no nos apreciaba mucho y menos aún a Castrito. Sospechábamos que trataba de congraciarse con el Colorado para que lo dejaran a él como encargado de la instalación.
Cuando Monsalve preguntó por las novedades, Luna, que había llevado el libro, le dijo agriamente:
—Sin novedad.
Y se fue con el uniforme y el quepi encima, solo se puso su abrigo para ocultar la camisa.
Silva y yo salimos tras él, pero Luna ya iba muy lejos. Nos despedimos y nos fuimos cada uno por su lado.
En la siguiente noche, cuando llegamos para tomar el turno, Luna llegó rapado al cero. Y nunca hizo comentario alguno al respecto de la noche de San Juan, ni siquiera cuando el tiempo pasó y su pelo volvió a crecer.
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