La oscuridad perpetua
Durante cuatro años de una tristeza incesante,
conviví con la sospecha
de que algún día la oscuridad terminaría por abandonarme
o, quizá, sería yo quien desaparecería de ella.
Nunca supe en qué instante
mi existencia podía diluirse silenciosamente,
como una presencia prescindible
en la memoria de los demás.
A veces pensaba que era reemplazable,
que cualquier ausencia podía ser ocupada
sin que el mundo alterara siquiera su respiración.
Y comprendí, demasiado tarde,
que ya habitaba la oscuridad eterna:
esa región sin amaneceres
de la que uno deja de buscar la salida
porque ha olvidado cómo era la luz.
Me había encontrado con demasiadas personas
capaces de convertir la cercanía en una herida.
Me cansé.
Me cansé de una forma que no pertenecía únicamente al cuerpo:
era un agotamiento antiguo,
una fatiga que se instalaba en los huesos
y me condenaba a la inmovilidad,
como si levantarme de la cama
fuera una insurrección contra mi propia existencia.
Y cada día parecía más grave que el anterior.
Aprendí que incluso quienes llamamos amigos
pueden permanecer inmóviles
cuando el peligro se aproxima.
No siempre traicionan con sus manos.
A veces traicionan con el silencio.
A veces contemplan la desgracia
como si no les correspondiera impedirla.
Y descubrí que existen personas
que, ante la vulnerabilidad ajena,
no sienten compasión,
sino una inquietante disposición
a dejar que el daño ocurra.
Pero hubo un recuerdo
que descendió más profundamente que los demás.
Aquel edificio.
Aquel encierro.
La sensación de estar atrapada
junto a alguien que había convertido el miedo
en una presencia tangible.
Por un instante creí
que aquel lugar sería el último paisaje
que mis ojos llegarían a contemplar.
Creí que la muerte podía estar esperándome
detrás de una puerta,
en el rostro de un desconocido,
en la imposibilidad de escapar.
Después, aparentemente,
el tiempo comenzó a retroceder.
Pero yo no pude descansar.
Porque cuando creía haber llegado
al límite del infierno,
aparecieron nuevos rostros,
nuevas amenazas,
nuevas formas de recordarme
que la crueldad puede adoptar
demasiadas apariencias.
Tres sombras,
tres presencias
que hicieron de mi existencia
un territorio insoportable.
Y entonces el miedo se volvió conocimiento.
Ahora temo a las personas.
Temo a quienes sonríen
mientras preparan una traición.
A quienes amenazan,
a quienes humillan,
a quienes encuentran diversión
en la fragilidad de alguien más.
No comprendo esa perversidad.
No comprendo por qué algunos seres humanos
parecen acercarse precisamente
a aquello que ya está herido.
Tal vez la vulnerabilidad
sea visible para quienes buscan dominar.
Tal vez el mundo esté lleno
de personas que confunden la ausencia de fuerza
con una invitación a destruir.
Y, sin embargo,
después de haber descendido tantas veces
a mis propios abismos,
hay algo que todavía no han conseguido arrebatarme:
la conciencia de que el daño que otros hicieron
no define mi naturaleza.
Porque quizá he conocido el infierno.
Pero sigo aquí,
nombrándolo.
Y mientras todavía pueda nombrar la oscuridad,
tal vez alguna parte de mí
aún recuerde
el camino hacia la luz.
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