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¨La novia de mi amigo¨ – Columna 2

Nov 29, 2025

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¨La novia de mi amigo¨ – Columna 2
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Nunca pensé que escribiría esto. Pero a veces la vida te pone en lugares en los que no imaginaste estar. Lugares incómodos, grises. Como cuando te das cuenta de que te involucraste con la novia de un amigo.

Habíamos terminado el colegio. Yo seguía en ese limbo de los que no saben muy bien qué hacer con su vida. Me la pasaba tirado en la sala, viendo películas, jugando algo en el Play, durmiendo hasta tarde. Las noches eran lo único que esperaba con algo de emoción: salir al malecón de Magdalena con mis amigos, tomar cualquier cosa barata, reírnos por huevadas y hablar de todo para no pensar en nada.

En esas salidas, siempre faltaba alguien: Miguel.

Miguel era, de lejos, el más divertido del grupo. El más ocurrente, el que siempre tenía historias raras que contar. Pero desde que comenzó a salir con Alexia, desapareció. Antes lo veíamos todos los días en la piscina de Federico —mi mejor amigo— jugando Play, comiendo cualquier cosa, armando partidos, haciendo tonterías. Pero desde que empezó con ella, se volvió casi imposible verlo. Lo intentábamos. Lo llamábamos. Le insistíamos para que saliera al menos un día. Siempre salía con una excusa, y la excusa tenía nombre.

Una vez fuimos a comprar una película después de clases. Éramos Federico, Miguel y yo. Íbamos a ver la peli en casa de Miguel. En el camino, nos cruzamos con Alexia. Miguel nos pidió que lo esperáramos un toque. Se fue con ella. Caminó hasta la esquina… y no volvió.

Así, sin más. Nos dejó parados, con la bolsa de la película en la mano. Esa fue la primera vez que la sentimos como una amenaza. No sabíamos exactamente por qué, pero sabíamos que algo no estaba bien. A mí me cayó mal desde el primer momento.

Pasó el tiempo. Un día Miguel me escribió para invitarme al cumpleaños de Alexia. Dudé. No porque me fuera indiferente —porque no lo era, me seguía cayendo mal— sino porque sentía que no encajaba en esa fiesta. Pero fui. Por Miguel.

Y la pasé bien. Increíblemente bien. Y ella también. Conversamos más de la cuenta. Nos reímos. Y no pasó nada raro. Pero me fui con una sensación incómoda, como si algo se hubiese abierto sin que nadie se diera cuenta.

Una semana después, Alexia me escribió por Instagram. Me preguntó si sabía dónde estaba Miguel. Le dije que no. Me contó que se había molestado con él porque había salido sin avisarle. Estaba celosa, pero no lo decía así. Lo insinuaba. Me hablaba como si yo tuviera que ponerme de su lado. Y lo curioso es que yo sentía que confiaba en mí. Me escribía como si no fuera simplemente el amigo de su novio. Como si ya hubiéramos cruzado una línea invisible.

Pasaron unos días. Seguí en contacto con ella, aunque algo dentro de mí me decía que no debía. Me escribía tarde por las noches. Me preguntaba cosas personales. Y aunque yo me ponía límites, sentía que me estaba metiendo en un terreno resbaloso. Pero aún no pasaba nada.

Hasta que una noche me llamó llorando. Se había peleado con Miguel.

Me pidió que la acompañara a caminar. Era tarde. Hacía frío. Caminamos por el malecón como si eso pudiera calmarla. Me contó que sentía que Miguel ya no era el mismo. Que sospechaba que le escondía cosas. Que ya no confiaba en él. Mientras hablaba, la sentía cada vez más cerca. Se detuvo. Me miró. Me abrazó. Y me besó.

No fue un beso largo. Fue un beso robado, torpe, pero cargado de algo que ninguno de los dos pudo parar.

Después de eso, empezó todo. Nos empezamos a ver más seguido. En secreto. Sin planearlo. Sin entender bien por qué. Nunca fuimos una pareja. Ni siquiera una aventura. Solo dos personas haciendo lo que sabían que no debían hacer. Y lo hicimos más de una vez.

Me sentía mal. Muy mal. No era que no me importara Miguel. Me importaba demasiado. Justamente por eso, la culpa era más grande que la emoción. Ir a su casa y verle la cara, jugar Play con él, escuchar cómo me contaba sus problemas con Alexia, mientras yo ya sabía todo, era un tormento. Yo me tragaba la verdad en silencio, pero por dentro me sentía una mierda.

Hasta que un día todo se quebró.

Era domingo por la tarde. Estaba en mi casa, en pijama, lavando ropa. De pronto, Alexia me llamó llorando. Me dijo con voz entrecortada:

—Kaito, ven por favor…

Y luego, antes de cortar, escuché de fondo una voz que me heló:

—¿¡Quién es!?

Era la voz de Miguel.

No lo pensé. Me puse lo primero que encontré, salí corriendo. No sabía si estaban en su casa, pero algo me decía que sí. Estaba listo para lo peor. Sabía que si Miguel me pegaba, no se lo iba a impedir. Me lo merecía.

Llegué. Toqué el timbre. Miguel abrió. Me miró. Me dijo simplemente:

—Pasa.

Alexia estaba en la sala. Con los ojos me decía que guardara silencio. Que él no sabía nada. Fuimos los tres al cuarto de Miguel. Él rompió en llanto. Se disculpó con Alexia por no haber sido un buen novio. Luego se disculpó conmigo por no haber estado tan presente, por haberse alejado.

Yo lo miraba en silencio. Sentía que cada palabra era un puñal. Que no merecía estar ahí. Que estaba ocupando un lugar que me correspondía perder para siempre.

Esa misma noche, me escribió:
Ya lo sé todo. Quiero verte.

Nos vimos en la piscina de Federico. Ese lugar donde empezó nuestra amistad. Miguel me dijo que no quería volver a verme. Que no me acercara más. Y yo no dije nada. Solo asentí. Me fui caminando. Nunca más me escribió.

Después de eso vi una historia de Alexia con él. Estaban juntos, sonrientes, como si nada hubiera pasado. No sentí celos. Sentí rabia. Rabia de saber que, al final, yo quedaba como el villano de la historia. Como si todo hubiera sido mi culpa y ella, la buena de la película.

Un mes después, todo cambió: el papá de Miguel falleció.

Si antes me sentía un mal amigo, ahora me sentía un ser despreciable. Alguien sin alma.

Fui a su casa a darle el pésame. Nadie abrió. Le escribí un mensaje sincero, de corazón. No me respondió. Pero necesitaba hacerlo. No por perdón. Por respeto.

Días después me enteré de que ya no estaban juntos. Vi publicaciones de Alexia hablando mal de Miguel en sus historias, justo en ese momento en que él estaba roto, en duelo, tratando de seguir respirando. Le escribí. Le pedí, por favor, que no hablara así de él. Que nadie merece ese trato. Menos ahora.

Me dejó en visto. No dijo nada. Siguió.

Desde entonces supe lo que era perder a un amigo de verdad. Uno con el que creciste, con el que reíste y lloraste, con el que compartiste tardes sin fin.

Y aunque ya es tarde para volver atrás, me hice una promesa:

No volver a fallarle así a nadie que me quiera de verdad.
Ni siquiera si nadie se entera.
Ni aunque me lo pidan.
Ni aunque me digan que no pasará nada.
Porque ya sé lo que pasa.

Y no quiero volver a ser esa versión de mí.

Naoki Uyehara

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