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Pablo Bernabé Céspedes
Martes. Once de la mañana. El barrio comienza a despertar; los perros ladran, los vendedores circulan en viejas camionetas con el distintivo altavoz tipo megáfono que hace que todos suenen exactamente igual. Se oyen avionetas y aviones pasar, debido a que vivo cerca del aeropuerto. El sol ya empieza a picar. Estoy despierto desde las seis. Ya me bañé, desayuné y almorcé, además de lavar la ropa. Hoy parezco un adulto funcional.
Desperté descansado y para mi sorpresa, mi cerebro estaba en silencio hoy. Un cambio que se agradece mucho.
Tuve un sueño muy lindo en el que estaba de paseo con mi mujer (que obviamente no existe en la vida real) y la perdía de vista en el shopping. Siempre me resulta muy interesante cómo los sueños siguen su propia lógica y tienen sus propios recuerdos y memorias. En el sueño yo me preguntaba "si yo fuera ella, ¿a dónde iría?" y automáticamente sentía que la conocía de toda la vida y recordaba que había mencionado de comprarse un blazer color verde musgo que le gustaba. Cuando la encontré, el blazer le quedaba divino; contrastaba con su piel pálida, su vestido color hojarrasca, sus ojos miel y su pelo cobrizo. Un mujerón que parecía la representación del otoño, mi estación favorita. Nos reíamos por el blooper de perderla de vista y nos íbamos a comer algo.
Desperté con una nostalgia dulce. No por ella —que no existe— sino por la simpleza de esas escenas: la complicidad, las miradas pequeñas que construyen el amor verdadero. El mundo parece creer que la intimidad se reduce al cuerpo; yo, en cambio, la busco en lo cotidiano, en el gesto que dice “elijo estar con vos”.
Volviendo a la vida real, me resulta también muy interesante que yo añoro éstas cosas. Las partes más inocentes y tiernas de una relación. El sexo es divertido, si. Pero no se compara para nada con la verdadera intimidad que se encuentra en la convivencia y la interacción entre dos personas que se aman y se eligen con fundamento y no por algo casual, temporal o sin compromisos.
Siempre que expreso que quiero estar con alguien me siento exactamente como la escena en la que la criatura de Frankenstein (en la versión de Del Toro) le pide a su creador que produzca otra criatura como él. Le pide únicamente compañía, algo sencillo e inocente. Pero Victor, enfurecido comienza una perorata de implicaciones sexuales y reproductivas. Ésto es lo que me ocurre en estos tiempos de tibieza y mercantilización de las relaciones. La gente escucha “amor” y responde con discursos sobre sexo, como si la ternura fuese un capricho infantil.
El deseo que tengo es un pecado porque el mandato social actual infiere que únicamente debería interesarme la subyugación del otro como objeto; ese acto mecánico y vacío que niega la capacidad del ser humano como ser sensible y completo, ese reduccionismo instrumental que convierte el hacer el amor en una masturbación con el cuerpo ajeno que está tan vigente hoy en día.
Los vínculos ya no son genuinos: son una transacción. La sensibilidad está reprimida. Lo profundo es sospechoso: se desconfía de quien se entrega, de quien ama con todo de sí pero se alaba al mezquino, al que maltrata, al que no se interesa. Las relaciones se mercantilizan, se le impone obsolescencia programada a los seres humanos y se los consume como productos en lugar de experimentarlos como sujetos.
Se vuelve más complejo de explicarle a los muggles cuando uno ya experimentó la magia: una relación donde las cosas se dieron de la manera adecuada y hubo amor verdadero. Como decía Leo Da Vinci: "Una vez que hayas probado el vuelo, caminarás por la tierra con los ojos hacia el cielo, porque allí has estado y allí siempre anhelarás regresar".
Si tuviera que describirlo es como haber muerto por unos segundos, haber visto tras el velo lo que hay más allá y después haber sido devuelto a este plano gris de pantomimas que no se le comparan. Como ser un pez en un río, que un ser superior te saque del agua, te haga presenciar un eclipse y te devuelva al río nuevamente. Cuando uno tiene una experiencia que ha roto el paradigma de la mediocridad, uno se queda toda la vida esperando volver a experimentar eso.
Yo ya estuve ahí, donde el amor es vuelo. Y después de haber visto ese eclipse —ese instante en que todo sentido se abre como una flor en plena primavera— volver a la vida común de gente a la defensiva y autómatas que se escudan en lo evitativo se siente como ser arrojado de nuevo a un río oscuro. Una parte de mí sigue mirando hacia arriba, recordando lo que es posible.
Pero ésa experiencia casi religiosa y trascendental tampoco es como los que esperan la segunda venida de Cristo en el sentido de esperar que un tipo aparezca flotando en una nube y baje a decirles como deben vivir. Mi mesías no es una persona, per se. Lo que yo espero y añoro es el retorno del amor practicado por todas las personas, lo que dará pie a que las relaciones sean más genuinas, menos transaccionales y mercantilistas. Un movimiento de transformación social y vincular, un hipersigilo que atraviese todo el entramado de la realidad, transformándola para bien.
El mundo realmente está sostenido por el amor de una cuantas personas. Y añoro el día en que dejemos atrás la miseria emocional de la tibieza y vivamos con todo, de verdad. El amor nunca ha sido un movimiento popular, decía Baldwin. Ojalá algún día lo sea.
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