Ella me mira buscando distancia entre ambos, el temor en sus ojos hace que despierte del trance y entonces reconozco donde estoy, sin saber qué había sucedido. Me encuentro, un tanto borroso, indistinto, irreconocible. Una habitación llena de escombros, basura por doquier y muebles destrozados, víctimas de la ira y el descontrol. Un reflejo, al fondo de la habitación, mi cuerpo no es mío; la ropa está desaliñada, sucia y rota; mis piernas han crecido y podría casi jurar que tengo más pelo en el resto del cuerpo. Oh, y mi rostro, eso quizás sea lo peor: mis caninos sobresalen de mis labios y tengo una expresión que denota apetito, el hambre voraz que resuena desde la boca de mi estómago queriendo acabar con la pureza que me rodea, y ella... Ella para mí representa todo lo inocente que haya tocado este universo, incorporando la belleza de sus imperfecciones. Mis uñas se aferran a ella, desgarrando su piel, lisa hasta ese momento, y de las paredes brota un líquido rojizo, casi podría jurar que es sangre y entonces mi sollozos llenan la habitación. No quiero perder la dulzura de su mirar, la luz verdoza mirando en mi dirección, la única que me hacía sentir... ¿Qué me hacía sentir? Sé qué debo hacer. Estoy fuera de control, la adrenalina corre por mi venas y pareciera que mi corazón saldrá de mi tórax en cualquier momento, pero sé que debo irme, y esta vez no hay vuelta atrás. Mis pies llenos de tierra, me rodea vegetación que no reconozco, ya no sé dónde me encuentro, pero al menos... Al menos ella está a salvo, y quizá eso sea lo único que importe de ahora en adelante. No pienso volver, ni ahora ni después.
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