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La niña

Vane

Aug 26, 2024

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La niña
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La niña

Nació en época de guerra, la niña delicada que partía de una estrella hacia el mundo terrenal, había elegido el mejor momento para ayudar a otros, o al menos eso pensó en el viaje de ida. El contexto hostil que le esperaba no lo había tenido en el back up de información, su ser solo estaba alimentado por ideas para la evolución álmica, el resto no lo conocía y de verdad hasta ese momento le importaba poco.

Recorrió con su familia beligerante varios lugares llenos de espanto y de estupor, sus padres eran parte de la máquina del espanto y no supo reconocer el infierno en el que estaba hasta que se encontró largo tiempo en el regazo de los abuelos.

Ahí sintió por vez primera las manos cálidas, el sentido del abrazo con sentido, con la calidez de quien ama sin esperar nada a cambio. Los platos de comida caliente, los ojos sinceros, y la ausencia de golpes, golpes de puerta, golpes de gritos, todas las formas de golpes se habían desvanecido y ahí comprendió que no eran parte del mundo, solo parte del mundo de sus padres y nada más. No importaba si quería jugar o solo mirar por la ventana, había aprendido a hacer todo sigilosamente, en puntas de pie. A respirar de tal forma que no se sintiera, siempre estaba lista para huir de los maltratos de ambos padres, había llegado a creer que eran alienígenas que habían tomado el lugar de los padres que conocía cuando no estaban presentes sus abuelos, la mente resuelve como puede lo que nos quiebra el alma.

Así pasaron los años, los paisajes, los abusos, las mentiras y fachadas de buena familia con valores católicos y con discursos en derechos colectivos llenos de moral vacía en un burdo espacio de negligencia y desprecio por cualquier tipo de vida del otro lado de la puerta.

Llegó el tiempo de salir a jugar, de encontrarse con otros con la esperanza de que todo fuera diferente entre pares, pero no lo fue, todo seguía la misma dinámica, los padres de esos otros niños también tenían padres que eran parte de la máquina del espanto y todo se replicaba en los juegos y en las dinámicas vinculares, toda la perversión y el sadismo tomaban sentido también en el juego de los niños. Era un engranaje que funcionaba como un agujero negro, se tragaba la infancia con toda la inocencia de a gotas y se iban veciando los ojos de a poco.

La niña fue soportando cada vez menos el deprecio en todos lados, el dolor de sentirse tan fuera de esa forma de vil de vincularse. Le dolía el odio, le burla, los golpes al más débil, y tantas cosas que iba callando en el alma sin saber dónde poder contar lo que sus ojos veían, su alma no podía gestionar y solo tragaba como un ácido que la consumía de poco cada día y le corroía las venas.

Pasaba horas en las alturas de los árboles, era buena para trepar, ahí nadie llegaba, y si alguien lo hacía no era más que para intercambiar alguna que otra palabra, las ramas en la altura no habilitan mucha movilidad, si no sabes trepar puedes caer fácil, eso todos los niños lo sabían, y eso lo transformaba a la fuerza en un refugio. Los árboles eran una especie de torres en donde al final todos se refugiaban de la realidad del mundo que los rodeaba sin un halo de piedad.

Los años pasaron, las ventanas del alma de la niña no dejaron de ver horror, uno detrás de otro, tampoco se salvaban sus oídos. Las frases de los aniquiladores hablaban de cosas que despreciaban "la unidad era peligrosa, las personas que se ayudan son peligrosas, las personas que son buenas con los carenciados son peligrosas..." Y los domingos a misa, y el cura diciendo que el Amor era lo único que salvaría el corazón del hombre.

Una tención en la psiquis comenzó a llenar de ecos las entrañas de su ser, no podía asimilar una céntima de lo que su familia le pedía que fuera, y no lo fue. No por rebelde, ella sabía que los gritos, los golpes, las palabras de deprecio. Quizá los insultos hubieran sido más espaciados si sedia un poco a su propia identidad, pero un día faltó una compañera de la escuela, era de primer año del secundario. Tenía los ojos undidos de dolor y opacos de tristeza, pero cuando la miraba se le encendía algo en el alma que a ella también la hacía feliz.

Esa niña un día faltó a clase, y falto otro y otro más, y la niña ya madura la fue a buscar. El resto del curso murmuraba que estaba loca, que como era que se iba a meter ahí. Ella se hizo la tonta, había aprendido de muy niña a evitar asesinos y pedófilos de buenos modales y charreteras que ostentaban ética y moral. La mueca de sonrisa se le instaló en la cara y se dispuso a recorrer los pequeños pasillos de la barriada, el corazón le explotaba, una luz cálida que nunca había sentido comenzaba a instalarse en sus cienes.

Vió personas con ojos luminosos y sonrisas limpias, con corazones amplios, lo único estrecho ahí eran los pasillos, las habitaciones, las casillas, lo demás era gigante, "el corazón siempre se amplifica cuando se impone la estrechez desde afuera", pensó.

Se encontraron, la compañera, entre avergonzada, alegre y emocionada, la abrazó y la quiso llevar lejos del barrio, pero ella insistió en conocer a su familia, sus amigos, su gente.

Y los días pasaron, conoció a otros que eran como ella, del barrio o de por fuera, todos comenzaron a trabajar para que la comida, el techo, el agua y todo lo que hace falta en esos lugares fuera digno o al menos se acercara a serlo.

Ella se enamoró, se encontró a sí misma, y se dio cuenta de que era feliz, se sentía profundamente protegida y a salvo.

“Los vulnerados nos olemos la piel, nos reconocemos en la oscuridad y hacemos manada en silencio. Nos reímos bajito. Pero cuando amamos ponemos las entrañas en el fuego y si salimos quemados no importa, porque esa es la única ganancia que nos queda en el adentro de nuestra alma de guerreros”, siempre dijo.

La experiencia del amor salva, y a ella la salvó un niño grande que tenía cara de príncipe y alma de dragón, su fuego le cauterizó las heridas, sus manos le calmaron su dolor y su voz suave le susurraba al oído con una fuerza de azul y lluvia que hizo que nunca ningún grito pudiera nunca más atravesar una fibra del tejido de su historia.
La luz de esta manada le salvó el corazón y las entrañas, el amor le salvó el alma y la llenó de aire.

Si algún día te cruzas con los habitantes del mudo de los vulnerados dejá que se acerquen y acércate, tienen remedios que curan el corazón de los eventos más desesperados y hechizos que te devuelven el aliento y la luz a pesar de cualquier evento oscuro o brujería salida del rayo de los malos.

Vane

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