La Negra tiene miedo, pero nadie se entera. Duerme con un ojo abierto y un cuchillo debajo de la almohada. Desde que la policía se lo llevó está más intranquila que cuando vivían juntos y andaba de puntitas por la casa, como un gato silencioso, para que no se diera cuenta de que respiraba. Aguantaba el aire, la Negra. Se acostaba en el borde de la cama y se enroscaba como un ovillo rezando diostesalvemaría para que no llegara borracho otra vez, y rezaba para que si llegaba borracho se tirara vestido en la cama y roncara toda la noche. Pero a veces presentía que le iba a pegar y después la obligaría a tener sexo. El aire se ponía espeso y no la dejaba respirar. Algo parecido a una bruma densa se colaba por la ventana del rancho, y la Negra sabía. Entonces el corazón le latía fuerte como un tambor y hasta deseaba que pasara rápido, que la espera fuera corta. Podía llegar a cualquier hora, y muchas veces amanecía sin haber pegado un ojo, con el cuerpo agarrotado por no moverse. Otras noches escuchaba el ruido de la puerta, los pasos tambaleantes, oía cómo se metía al baño y dejaba el chorro por todas partes. Un chorro potente por el que salían los litros de cerveza que había tomado desde temprano. La Negra sabía que aparecía de golpe, se paraba en la puerta y empezaba a decirle “Negra puta”. No contestaba una palabra, y él se enfurecía cada vez más. Era grandote. Ella parecía una cuchurrita, cada día más chiquita, consumida por esa vida que nunca pensó que iba a vivir. Los golpes le caían en el cuerpo flaco como meteoritos que dejaban marcas enormes.
La última vez se animó. Cuando empezó a sentir el olor a pantano entrando en la pieza se preparó. Llamó a la comisaría y lo esperó como siempre. Cuando llegó el patrullero la Negra empezó a gritar. Gritó por todas las veces que calló. Gritó con la garganta, con el cuerpo, gritó todo el dolor callado. Se los llevaron a los dos. A él para pintarle los dedos, a ella para que la viera el médico. La Negra sabía que con una cagada más lo metían en cana. Respiró al fin. Pero el aire le duró poco, lo soltaron a la semana.
La Negra tiene miedo. Pero esta vez está dispuesta a terminar para siempre. Por eso duerme con el cuchillo en la mano. La Negra sabe que, si se aparece, está dispuesta a matarlo.
María José Rosa
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