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La música que le gusta escuchar de Jazz

Aug 19, 2024

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La música que le gusta escuchar de Jazz
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Digo que me parece una musica estimulante, un jazz desesperante, una musica que enciende los sueños y estira algo mas lejos los recuerdos, es gris y amarillo con un ejemplar de sol bien claro y bien despierto, destapado, claro y lugubre como ella sola cuando esta distinta, la Sola es difunta y honesta, sincera de la manera que cuaja y te corta como leche mala en la heladera. Típicamente miramos por la ventana -con mi hermana-, esperamos a que las plantas se decidan a hablarnos, a que los menjunjos de los recitales que están a dos cuadras escribiendo postales y shows de luces estimulantes nos encuentren, nos marquen con sus luces reflectantes hasta la ventana del piso cuarenta, y que todos salgan por sus puertas y griten ¡Venite! ¡Venite!. Que mamá nos deje levantar rápido la mesa y nos deje ir, imagino que los recuerdos ahí adentro deben ser anchos y bien largos, como una masa de pizza; como el amplio hectareo donde pasa el sonido por todo el estadio, por cada lugar, hasta el más alejado y en las plateas hechas para los adultos más altos y para los abuelos que no ven demasiado. 

Mariela piensa que las plantas son la idea de las mejores. Que sus parlantes bocas de girasoles -solo cuando los abren por el sol cuando está bien alto- son tan lindas como los caramelos de propoleo y menta que nos trae a veces la abuela.. Que cuando nos hablen esas hojas, prendidas por el sol como velas, van a contar las cosas más dulces y mielosas, va a contar con su lengua de planta, de clue misterio algún enigma secreto, algún asterisco de cosas que preguntarle a mamá, o que sino nos contaría cómo se le acaba el tiempo, como es una planta del futuro y que tenemos que levantarla y llevarla a salvar el mundo completo. —Al obelisco, dice Tina, la vecina, cuando jugamos entre las sabanas de la terraza, las rosas y las mías lilas/naranjas. Ella piensa que si la planta nos va a pedir que salvemos al mundo nos haría ir a visitar palermo o la punta del obelisco, donde mejor le da el solcito. Una vez nos dimos un beso por acá entre medio, agarradas de la mano y con los anillos de amistad que tenemos, pero no me acuerdo, no digo mucho porque a Mariela no le gusta hablar de novios, y ella ni siquiera es eso. No me gusta la teoría de Tina, me parece agarrada de los pelos, como dice el abuelo cuando llega la factura de la luz, dice que nos agarran de los pelos, no entiendo. 

Ignorando todo esto, y dando la vuelta al cordón con Mariela y la bolsa de las verduras y la cesta, pienso en volver al piso cuarenta y volvernos a poner en la rutina de siempre, estirando la cara contra la ventana alta con su reja y sus persianas. Quiero volver a ver las plantas, quiero acercarme y ver el luna park ahí tan cerca, quiero acercarme un día y cantar ahí las mañanitas que me canta la abuela. La menciono mucho a ella. Es que Mariela dice que ya se está yendo, y quiero recordarla con todas las fuerzas del mundo entero, quiero marcarla como a las vacas, en fuego y calor y dolor y amor completo en mi cerebro recién hecho.

 Yo quiero hacer jazz con esas teclas. Las del piano que tenía mi prima cuando tenía 5 años. Nunca me acerqué demasiado, pero, ¡que divertido! sonaba increíble y grandote y retumbaba por la casa como un coro de gigantones. Y SI le pones sintetizador hace truquitos de locos, estira el sonido con una perillita rara que tiene en una esquina, y hace Wiiiiiiiiim, Pammmmmm, hace locuras por encima de la voz de las tías, que siempre hablan de maquillaje y de las noticias de muerte de la tele aburrida. Me encantaba tocar cualquier tecla y jugar a ser una pianista expertisima. Ponía la cara bien seria y largota como esa chica que vi en la tele que tocaba de fondo en un recital de palito ortega, y yo sacaba la lengua con concentración cuando tocaba lo que era el sol -me decía Silvia, mi prima la mas grande-, y jugaba a ser genial con cada tecla, a hacer una orquesta. Mariela todavia no habia nacido asi que estaba sola, y aburrida como la mejor, me hacía las historias -parecidas a las actuales, donde Mariela me copia la cosa que le contaba que hacía- sobre cómo el piano me movía las manos solas para que tocara con las dos manos, cualquier cosa y con sonidos desafinados, en vano. Era mentira pero a mi me gustaba creer las mentiras, sobre todo las mías, yo inventaba el ritmo del piano y para la familia y la abuela tosiendo y contenta en una esquina que me aplaudía: yo era la mejor, la mejor pianista de Jazz de toda la argentina.


Lestrade Dante

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