He llevado la muerte en el vientre,
o eso creí.
Pero la muerte
al menos sabe decir su nombre.
Llegó vestido de amor,
antes incluso de tener un rostro,
y un día
me fue arrancado de la carne
antes de que el mundo pudiera conocerlo.
No dejó un cuerpo
que el tiempo aprendiera a despedir,
solo un espacio
que desde entonces
lleva su forma.
No era la muerte.
Era la pérdida.
Era la homogeneización del amor y el temor:
el instante
en que amar significó también temer,
en que cada esperanza
aprendió el idioma de la despedida,
y cada latido
se volvió una forma del sobresalto.
Desde entonces
mi vientre no guarda ausencia;
guarda memoria.
Y hay días
en que confundo el vacío con la paz,
porque ambos
hacen muy poco ruido.
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