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La luz mala

Erik

Jul 20, 2026

57
La luz mala
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El motor del Mercedes 1114 era el único latido en cincuenta kilómetros a la redonda. Afuera, la escarcha ya había empezado a cristalizar los pastos de la banquina, endureciendo la llanura hasta convertirla en una placa de hielo negro. Adentro de la cabina, el aire olía a tabaco negro, a gasoil mal quemado y al calor seco de la calefacción encendida al máximo.

Héctor y Claudio llevaban más de diez años compartiendo ese espacio de dos por dos metros. Conocían las mañas del otro mejor que las de sus propias esposas. Héctor sabía que cuando Claudio se frotaba la rodilla derecha era porque la humedad le estaba avisando que iba a llover; Claudio sabía que Héctor solo encendía la radio AM cuando el cansancio empezaba a ganarle a la cafeína. No necesitaban hablar para entenderse.

Habían tomado un camino vecinal de tierra, desviando la ruta principal por la zona de General Villegas para esquivar una balanza que solía traerles problemas de madrugada. Era un trayecto monótono, plano, delimitado únicamente por alambrados de siete hilos que se perdían en la oscuridad infinita.

—Frená un cachito —dijo Claudio, rompiendo el silencio que se había instalado—. Me revienta la vejiga.

Héctor asintió sin decir palabra. Pisó el embrague, dejó que el camión perdiera velocidad por su propio peso y tiró el vehículo hacia la huella de tierra endurecida. El motor quedó regulando con un traqueteo pesado que hacía vibrar los espejos retrovisores.

Claudio abrió la pesada puerta de chapa. El frío de la llanura invadió la cabina de golpe, cortando el ambiente como una navaja. Bajó con cierta torpeza, producto de su cadera desgastada, y se alejó unos metros hacia el alambrado, perdiéndose en la sombra que proyectaba el acoplado.

Héctor se quedó al volante. Limpió el parabrisas con la manga de la campera. Pasaron dos minutos. Tres.

A través del espejo lateral, Héctor buscó la silueta de su compañero. Lo encontró rápido, pero no estaba haciendo lo que había bajado a hacer. Claudio estaba rígido, con las manos metidas en los bolsillos de la campera, mirando fijamente hacia el interior del lote arado.

Héctor bajó el vidrio. El aire helado le golpeó la garganta.

—¡Dale, rengo, que nos enfriamos! —gritó. Su voz sonó hueca, absorbida casi de inmediato por la inmensidad del campo.

Claudio no se giró. Apenas levantó el brazo derecho y señaló hacia la oscuridad.

—Vení a ver esto.

No había urgencia en su tono. No había miedo. Solo una curiosidad anestesiada. Héctor soltó un suspiro de fastidio, dejó el freno de mano puesto y bajó del camión. El pasto crujió bajo sus botas. Caminó hasta pararse junto al hombro de su compañero, siguiendo la dirección de su dedo índice.

Al principio, Héctor no vio nada más que la noche cerrada. Pero luego, a unos doscientos metros, suspendida a un metro del suelo sobre los rastrojos de soja, la distinguió.

Era una luz.

Una esfera de claridad blanca, del tamaño de un melón, que flotaba con una quietud antinatural. No parpadeaba. No emitía destellos. Lo que inmediatamente le revolvió el estómago a Héctor fue comprender lo que estaba viendo: aquella luz no iluminaba absolutamente nada a su alrededor. El suelo bajo ella seguía siendo un abismo negro. No proyectaba sombras. No revelaba la forma de los pastos. Estaba simplemente allí, existiendo en el espacio, como un agujero blanco recortado contra el telón del universo.

—Es el reflejo de la luna en alguna chapa vieja —dijo Héctor, aunque sabía perfectamente que la luna era una uña pálida oculta detrás de un banco de nubes.

—No hay luna. Y acá no hay ninguna tapera, Héctor. Pasamos por acá todas las semanas. Es campo pelado.

Se quedaron en silencio. Cincuenta segundos de absoluta inmovilidad. La luz no retrocedió. No avanzó. No hizo absolutamente nada.

—Vamos —sentenció Héctor, dándole la espalda de repente—. Tenemos que llegar al mercado antes de las seis.

Claudio tardó unos segundos más en reaccionar. Cuando volvió a subir al camión, cerró la puerta con una fuerza desmedida. Héctor engranó la primera marcha, el motor rugió quebrando el silencio del campo, y el Mercedes volvió a tragar tierra.

Intentaron hablar. Trataron de reírse de las viejas historias que los puesteros contaban en las estaciones de servicio. Mencionaron los gases de los salitrales, los fuegos fatuos, el fósforo de los huesos de animales muertos. Las palabras salían fáciles, pero los ojos de ambos permanecían fijos en el camino por delante, evitando mirar hacia los costados.

Habían avanzado unos doce kilómetros cuando el camino describió una curva cerrada para rodear un bajo inundable. Héctor conocía la maniobra de memoria. Giró el volante, sintiendo el peso de la carga acomodarse en el acoplado.

Pero al enderezar el chasis, Claudio soltó un ruido extraño, como si le hubieran quitado el aire de los pulmones de un golpe.

A la izquierda, más allá del alambrado perimetral. A la misma exacta distancia. A la misma exacta altura del suelo.

La luz estaba allí.

Idéntica. Inmutable.

—Héctor... —susurró Claudio, pegando la frente al vidrio frío del acompañante—. Tomaste mal el desvío. Volvimos al mismo lugar.

—No seas estúpido. El camino es uno solo. Pasamos la cañada, no hay forma de volver atrás.

—¡Frená, te digo! ¡Es la misma luz!

Héctor pisó el freno con demasiada fuerza. El camión derrapó un metro sobre el barro congelado antes de detenerse. El silencio volvió a caer sobre ellos como una manta pesada.

Miraron hacia el campo. La luz no se movía. Los esperaba.

—Me equivoqué en la bifurcación del puente chico —mintió Héctor, sintiendo cómo un sudor frío le nacía en la nuca—. Pegamos la vuelta. Agarramos el vecinal del norte.

Maniobró durante cinco minutos en un espacio que apenas le daba margen para no caer en la cuneta. Puso rumbo contrario. El motor forzó la marcha. Tomaron un desvío secundario, un sendero castigado por las huellas de los tractores que los obligó a reducir la velocidad a treinta kilómetros por hora. Cruzaron un viejo puente de madera que crujió bajo las toneladas de peso con un sonido agónico.

Dejaron el puente atrás. La tensión en los hombros de Héctor empezó a ceder ligeramente.

Diez minutos más tarde, un resplandor lechoso se asomó por el borde del parabrisas, esta vez sobre la derecha.

Allí estaba. Junto a un molino de viento cuyas aspas estaban completamente oxidadas y quietas. Héctor no recordaba ningún molino en ese trazado. Nunca había visto esa estructura. Pero la luz sí le resultaba familiar.

—Nos está siguiendo —dijo Claudio. Su voz ya no tenía la tesitura de un hombre acostumbrado a los rigores de la ruta. Era un hilillo de voz seco y agrietado.

—No nos sigue nadie. Las luces no persiguen camiones.

—¿Entonces qué hace ahí, Héctor? ¡Acelerá!

Héctor pisó el pedal a fondo. El camión comenzó a vibrar peligrosamente sobre los pozos de la tierra. Los elásticos gemían. Cincuenta kilómetros por hora. Sesenta. Setenta. Una locura para un camino vecinal en medio de la noche.

Pero la luz no quedó atrás.

Avanzaba en paralelo. O peor aún, no avanzaba, simplemente estaba allí constantemente, desplazándose sin movimiento, burlando las leyes de la física, manteniendo siempre los mismos doscientos metros de distancia.

Héctor disminuyó la marcha de golpe. La luz se detuvo al instante. Nunca más cerca. Nunca más lejos.

El terror, cuando no tiene una cara monstruosa que mostrar, se mete por las grietas de la razón. No había sangre, no había rugidos, no había garras golpeando el chasis del camión. Solo había un punto blanco desafiando todo lo que aquellos dos hombres creían saber sobre el mundo.

La percepción del tiempo comenzó a pudrirse.

Héctor miró el reloj del tablero. Las tres y cuarenta. Giró la muñeca para mirar su propio reloj analógico. Las dos y cuarto.

—¿Qué hora tenés en el teléfono? —preguntó, sintiendo que la lengua se le pegaba al paladar.

Claudio sacó el celular. La pantalla se iluminó, mostrando una hora estática, sin minutos que avanzaran. Las cero cero. No había señal. Ninguna barra. El aparato parecía haberse convertido en un pedazo de plástico inútil. Lo dejó caer sobre el suelo de goma de la cabina.

Héctor intentó encender la radio, buscando una voz, un locutor de madrugada, una zamba mal sintonizada. Cualquier cosa que los anclara a la realidad. Al encenderla, el parlante no emitió el clásico silbido de la estática. Emitió un sonido rítmico, húmedo y profundo. Thump... thump... thump... Como un latido lento resonando dentro de un tubo de hierro a kilómetros bajo tierra.

La apagó de un manotazo.

El espacio exterior comenzó a deformarse. Héctor, que conocía la provincia como las palmas de sus manos, dejó de reconocer la geografía. Los alambrados ya no eran de hilos tensos; aparecían caídos, los postes retorcidos como dedos artríticos que apuntaban al cielo. El horizonte se sentía opresivo, como si el techo de la noche hubiera bajado hasta aplastar los pastizales.

Y el medidor de combustible caía a una velocidad imposible. El tanque, que debía estar por la mitad, ahora rozaba la reserva.

—Estamos dando vueltas en círculos —susurró Claudio, meciéndose levemente en su asiento, con la vista clavada en el punto blanco—. La Luz Mala no te deja salir. Una vez que te cruza la mirada, te cierra los caminos.

—Callate la boca. No me vengas con cuentos de indios ahora.

—Mi viejo decía que si la veías, tenías que morder un fierro. Si no, te vacía la cabeza. Te vuelve loco y después se queda con lo que sobra.

—¡Que te calles, te digo! —gritó Héctor, golpeando el volante—. ¡Es un puto reflejo! ¡Estamos perdidos, eso es todo!

La negación era la única barricada que le quedaba a Héctor para no volverse loco, pero la barricada se estaba desmoronando. No amanecía. Llevaban conduciendo lo que se sentían como cinco, tal vez seis horas desde que se detuvieron por primera vez, pero el cielo seguía siendo de un negro espeso, impenetrable. El sol había sido borrado del sistema solar.

Entonces, el motor tosió.

Un tirón violento sacudió la cabina. Luego otro. Un sonido ahogado bajo el capot, y el Mercedes 1114 se apagó en seco.

El vehículo rodó unos metros más por pura inercia hasta quedar completamente inmóvil en el centro del camino de tierra. Los faros principales parpadearon y murieron. La cabina quedó a oscuras, iluminada únicamente por el débil resplandor verde del tablero y por la claridad blanca, mortecina y constante que esperaba a doscientos metros, del otro lado del alambrado.

El silencio que siguió a la muerte del motor fue total. Absoluto. Un silencio que zumbaba en los oídos, que pesaba en los tímpanos.

—Se acabó el gasoil —dijo Héctor. Su propia voz le sonó extraña, ajena.

Claudio dejó de balancearse. Giró lentamente el cuello hasta mirar a Héctor. Sus ojos estaban desorbitados, las pupilas dilatadas hasta comerse casi todo el iris. En la penumbra, su rostro parecía el de un cadáver desenterrado.

—No se acabó el gasoil —respondió Claudio, con una calma que aterrorizó a Héctor más que cualquier grito—. Nos paró. Ya llegamos.

—No llegamos a ningún lado. El tanque está vacío por culpa de este camino de mierda. Nos quedamos a dormir acá, apenas salga el sol caminamos hasta una estancia.

—No va a salir el sol, Héctor. ¿No te das cuenta? Ya no hay sol. Solo está ella.

Claudio señaló hacia la ventanilla.

—Me está llamando.

—No te llama nadie. Estás delirando. El frío te está pegando mal.

—Me está diciendo que el asfalto está allá. Atrás de la luz. Si la cruzamos, volvemos a la ruta. Ella nos vino a buscar. Nos quiere mostrar la salida.

La lógica de Claudio se había fracturado por completo. La cordura había sido exprimida de su cerebro por el goteo constante de las horas sin tiempo, por la inmutabilidad de aquel fenómeno que los observaba sin ojos.

Claudio puso la mano sobre la manija de acero de la puerta.

Héctor reaccionó con el instinto primario de supervivencia. Sabía que si Claudio abría esa puerta, si daba un paso hacia ese campo negro, algo definitivo se rompería y nunca más podrían arreglarlo.

Lo agarró por el cuello de la campera y lo tiró hacia atrás con violencia.

—¡No te bajás de este camión! —bramó Héctor, escupiendo saliva en la cara de su compañero.

—¡Soltame, hijo de puta! —gritó Claudio, transformado en otra cosa, su voz rota por una histeria animal—. ¡Me querés dejar acá para que me muera! ¡Siempre me odiaste! ¡Sabías que este camino estaba maldito!

El espacio reducido de la cabina se convirtió en una trampa de carne y golpes. Claudio lanzó un manotazo ciego que impactó de lleno en la nariz de Héctor. El cartílago crujió y un chorro de sangre caliente inundó el labio superior del conductor.

Se lanzaron el uno contra el otro, atrapados entre el volante, la palanca de cambios y el techo bajo. Era una pelea torpe, patética, carente de cualquier atisbo de heroísmo o habilidad. Rodillas que chocaban contra el tablero de chapa, dedos gruesos que buscaban arrancarse los ojos, jadeos ahogados por el esfuerzo de músculos atrofiados por años de estar sentados frente a un volante.

Claudio mordió el antebrazo de Héctor con una fuerza desesperada, atravesando la tela gruesa de la campera hasta llegar a la carne. Héctor gritó, un sonido agudo y primitivo. Su mano libre, buscando desesperadamente algo con qué defenderse, tanteó a ciegas detrás del asiento.

Sus dedos tropezaron con el metal helado.

La llave cruz. Una herramienta de hierro macizo que pesaba más de tres kilos, usada para aflojar las tuercas de las ruedas gemelas.

Héctor la agarró por el centro. Justo entonces, Claudio aprovechó que su oponente soltaba el agarre para liberar la mandíbula y asestarle repetidos golpes en el rostro. En un impulso ciego de supervivencia, Héctor logró impactar un golpe seco con el hierro en la frente de Claudio. Este se echó hacia atrás por el impacto y, en uno de los manotazos desesperados que tiró contra la puerta, accionó la manija; la chapa se abrió de golpe y el rengo cayó rodando hacia el camino.

Héctor, que ya había abierto la puerta del conductor, bajó del camión y rodeó el chasis. Antes de que Claudio pudiera ponerse de pie sobre el suelo congelado, Héctor le acertó otro golpe de lleno, tumbándolo de regreso al piso.

—¡Héctor, pará! —rogó Claudio, arrastrándose desesperado por el barro—. ¡Esto es lo que busca esta luz de mierda! ¡Tenemos que orar, morder un cuchillo para safar!

Héctor lo observó desde la altura. No pensó en los asados compartidos. No pensó en la hija de Claudio. No pensó en los mates pasados de mano en mano a lo largo de diez años. El miedo había reemplazado a la razón, y el miedo le exigía que el tormento, el ruido y la paranoia cesaran de una buena vez.

Levantó la pesada cruz de hierro. Y descargó el golpe.

Fue un impacto seco, carente de espectacularidad. No hubo un grito dramático. Solo el sonido sordo de un metal pesado abollonando una estructura ósea, similar al ruido de una bolsa de cal cayendo sobre el cemento.

Y luego dio otro. Seguido de un tercero. Un cuarto... quién sabe exactamente cuánto tiempo estuvo golpeándolo en la oscuridad.

Claudio jamás volvió a moverse. Donde antes había una cabeza, el rostro de un amigo de toda la vida, ahora solo quedaba un charco espeso y rojo de olor metalico que se mezclaba con la tierra, acompañado por el desparrame de masa encefálica, fragmentos óseos y una figura circular blanca, inmóvil, que solía habitar la cuenca de un cráneo que ya no existía.

El silencio reclamó el campo una vez más. Héctor se quedó de pie, encorvado, sosteniendo la llave cruz en alto mientras temblaba incontrolablemente. Su pecho subía y bajaba con la violencia de un fuelle roto. La sangre de su propia nariz se perdió en la marea roja que ahora le empapaba y le goteaba por toda la cara.

Abrió los dedos y dejó caer la herramienta. El impacto metálico contra el suelo de barro y sangre absorbió el sonido. Se dejó caer hacia atrás, pegando la espalda contra el costado del Mercedes 1114.

A lo lejos, la Luz Mala permanecía idéntica. No se había apagado. No se había encendido con mayor intensidad. Simplemente estaba allí, flotando sobre la nada, testigo mudo de la degradación total de dos hombres que creían conocer la noche.

El tiempo perdió todo significado. Podrían haber pasado minutos o semanas enteras mientras Héctor permanecía allí, encogido en la oscuridad. Su mente se había roto; los engranajes de la lógica habían cedido ante la presión insoportable de lo inexplicable. En algún momento, empujado por el frío implacable o por el horror de estar junto al cadáver, Héctor había vuelto a subir a la cabina, arrastrándose hasta el revuelto de su asiento como un animal moribundo.

Entonces, un sonido rasgó la madrugada perpetua. No era el latido sordo de la radio. Era el ronroneo cascado de un motor gasolero viejo.

Unas luces amarillas, débiles y sucias, irrumpieron desde atrás, iluminando el polvo en suspensión que dejaban las malezas de la banquina. Se acercaban muy lentamente por el mismo camino de tierra que había llevado al Mercedes a su perdición. Una camioneta Ford F-100, despintada y con la caja de carga oxidada, se detuvo a unos veinte metros del camión apagado. El motor quedó regulando con un traqueteo asmático, expulsando humo gris por el caño de escape.

La puerta del conductor chilló al abrirse. De ella descendió un hombre mayor. Vestía ropas de trabajo gastadas por décadas de sol: bombachas de campo, alpargatas embarradas y una boina ladeada. En su cinturón colgaba una linterna grande, apagada.

El viejo caminó con la lentitud prudente de los que han vivido lo suficiente en la llanura como para no asustarse fácilmente, pero tampoco confiarse de nada. Observó la lona del acoplado. Observó la falta de luces del camión. Y finalmente, se acercó al frente del Mercedes.

Vio a Héctor a través del parabrisas.

Héctor estaba encogido en su asiento, completamente cubierto de sangre. Respiraba con una cadencia corta, superficial, como una bestia acorralada en una cueva, esperando el momento exacto para lanzar una dentellada fatal. Sus ojos no parpadeaban. Miraban a través del viejo, a través de la camioneta, a través del mundo entero.

El estanciero rodeó el chasis del camión y se detuvo a un metro de la puerta del acompañante, esquivando instintivamente lo que quedaba en el barro. Mantuvo las manos a los costados, a la vista, midiendo la peligrosidad de la escena.

—¡Eh!... —dijo el viejo, con una voz rasposa pero serena, intentando no alterar la atmósfera tensa—. Tranquilo...

Héctor no movió un músculo. Solo el ritmo espástico de su respiración delataba que seguía vivo. El hombre mayor entrecerró los ojos para evaluar si el conductor sostenía algún arma, luego miró hacia el lote arado y volvió a fijar la vista en la cabina.

—¿Vieron la Luz Mala, verdad?

Héctor giró lentamente la cabeza. El movimiento fue mecánico, carente de fluidez humana. Sus pupilas estaban tan dilatadas como las de Claudio antes de morir. Un sonido ronco, gutural, algo a medio camino entre un gemido y un gruñido, comenzó a nacer en el fondo de su garganta desgarrada.

El viejo estanciero, sin apartar la vista del conductor, de manera lenta y cautelosa posó su mano en su cintura.


Erik

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