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La ira fuego sin salida

Feb 3, 2026

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La ira fuego sin salida
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Durante mucho tiempo pensé que era una persona tranquila.

No violenta.

No conflictiva.

Pero estaba equivocado.

La ira no siempre grita.

A veces se guarda.

A veces se disfraza de silencio.

A veces se vuelve costumbre.

En mi caso no explotaba seguido.

Pero cuando lo hacía, no era normal.

Era desmedido.

Como si algo que venía acumulándose desde hacía años encontrara una salida de golpe.

Después venía la culpa.

La vergüenza.

El “¿por qué hice eso?”.

Y el ciclo empezaba de nuevo.

Yo no veía la ira como un problema.

La veía como una reacción lógica.

Siempre había un motivo:

una injusticia, una provocación, una frustración.

Pero con el tiempo entendí que no era tan simple.

La ira no venía solo de lo que pasaba afuera.

Venía de algo que yo venía cargando adentro.

De no decir cosas.

De aguantar.

De sentir que tenía que poder con todo.

De no permitirme estar mal.

Era un fuego que no tenía salida.

Y cuando no tiene salida… quema.

Hubo un momento que marcó un antes y un después.

No lo cuento para justificarme.

Lo cuento porque fue real.

Ese día no vi a la otra persona.

No vi consecuencias.

No vi límites.

Solo vi la bronca.

Fue un segundo.

Pero ese segundo tuvo peso de años.

Cuando terminó, no sentí alivio.

Sentí miedo.

Miedo de mí.

Ahí apareció una pregunta distinta a la del capítulo anterior:

¿Qué es esto que me toma cuando me enojo?

Porque no era solo enojo.

Era perderme.

Y por primera vez entendí que la ira no era fuerza.

Era falta de control.

No era poder.

Era debilidad disfrazada.

Empecé a ver algo incómodo:

no era el mundo el que me hacía reaccionar así…

era yo, creyendo cada pensamiento que pasaba por mi cabeza.

“Me faltaron el respeto.”

“No es justo.”

“No debería ser así.”

Frases simples.

Pero tomadas como verdad absoluta.

Cuando las creía,

la ira parecía tener razón.

Y cuando la ira tenía razón,

yo me perdía.

El cambio no fue dejar de enojarme.

Eso sería mentira.

El cambio fue empezar a ver el momento en que el enojo nacía.

Ver la frase interna.

Ver la historia que se armaba.

Ver el impulso.

Y a veces,

solo a veces,

no actuarlo.

Eso fue nuevo.

Difícil.

Pero posible.

No me volví un santo.

Me volví un poco más consciente.

Y entendí algo clave:

la ira no pedía violencia,

pedía ser vista.

Cuando la miraba sin justificarla,

perdía fuerza.

Cuando no la alimentaba con historias,

se apagaba sola.

No siempre.

Pero cada vez más.

La ira fue mi maestra más bruta.

Pero también la más honesta.

Me mostró dónde estaba roto.

Y dónde podía empezar a estar entero

gaston deleo

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