La infancia bajo las bombas: cuando Hiroshima se parece demasiado al presente
Feb 2, 2026

Hay libros que no se leen en silencio, sino con el ruido del mundo de fondo. Pies descalzos, una historia de Hiroshima de Keiji Nakazawa es uno de ellos. Se abre como un manga, pero se cierra como una pregunta incómoda que sigue vibrando cuando apagamos el celular, cuando deslizamos el dedo por imágenes de ciudades bombardeadas en Ucrania o de barrios reducidos a polvo en Palestina. Nakazawa no escribe sobre una explosión del pasado: escribe sobre una forma de mirar la guerra que, todavía hoy, se repite con otros nombres, otras banderas y las mismas víctimas.
El autor fue niño en Hiroshima el 6 de agosto de 1945. Sobrevivió a la bomba atómica y decidió contar lo que vio no desde la solemnidad del monumento, sino desde la altura de los ojos de un chico. Ese gesto define toda la obra: no hay generales, no hay mapas estratégicos, no hay discursos oficiales. Hay hambre, hay miedo, hay cuerpos buscando agua entre los escombros. La historia no se narra desde el poder, sino desde el suelo. Desde los pies descalzos.
El trazo de Nakazawa, casi infantil, parece al principio una trampa amable. Uno espera una lectura liviana, algo cercano a la aventura o al drama clásico del manga. Pero en pocas páginas ese registro se vuelve un golpe. Rostros que se derriten, piel que cuelga, personas que caminan sin saber a dónde, como si la ciudad se hubiera convertido en un sueño roto. La elección estética no suaviza el horror: lo vuelve más cercano. No es una imagen de noticiero que se puede pasar de largo. Es una escena que se queda, que incomoda, que obliga a mirar.
Hay una imagen que funciona como centro emocional del libro: el protagonista caminando entre ruinas todavía calientes, con los pies desnudos sobre la tierra quemada. Esa escena podría pertenecer a 1945, pero también podría ser una fotografía de Mariúpol, de Gaza, de cualquier ciudad donde la guerra haya decidido instalarse en la vida cotidiana. En ese cruce temporal está la fuerza del libro: Hiroshima deja de ser un lugar y se convierte en una forma del mundo.
Nakazawa no construye héroes. Nadie salva a nadie de manera espectacular. La supervivencia aparece como algo más simple y más cruel: seguir respirando, encontrar un poco de arroz, compartir un sorbo de agua, enterrar a los muertos. Esa economía de lo mínimo es una crítica directa a la épica bélica que todavía hoy circula en discursos políticos, en redes sociales, en relatos que hablan de “victorias” mientras muestran cifras y no nombres, números y no rostros.
Leer Pies descalzos en 2025 implica hacerlo con una doble pantalla: la del libro y la del presente. Mientras avanzamos por sus viñetas, sabemos que, en tiempo real, hay personas refugiándose en estaciones de subte en Ucrania o creciendo entre escombros en Palestina. La guerra ya no llega solo por los diarios: llega en historias de Instagram, en videos de TikTok, en transmisiones en vivo. Y, sin embargo, el riesgo es el mismo de siempre: que el horror se vuelva paisaje, que la repetición lo transforme en fondo, en algo que se ve y se olvida.
En ese sentido, el manga de Nakazawa funciona como una forma de resistencia a la velocidad. Obliga a frenar. A quedarse en una imagen. A volver atrás. A leer de nuevo una escena que duele. La memoria, acá, no es un archivo muerto ni una fecha en el calendario. Es una práctica: algo que se hace cada vez que alguien abre el libro y deja que esa historia dialogue con la suya.
Desde el sur del mundo, donde la palabra “nunca más” se cargó de un peso político y emocional propio, la lectura de Hiroshima se cruza con otras memorias de violencia, desapariciones y silencios impuestos. No se trata de comparar tragedias, sino de reconocer una pregunta común que atraviesa generaciones: ¿qué hacemos con lo que queda después de la destrucción? ¿Cómo se sigue viviendo cuando la historia pasa por encima del cuerpo?
Pies descalzos, una historia de Hiroshima no es solo un clásico del manga ni un testimonio histórico. Es una intervención en el presente. Habla de armas, pero también de discursos. De bombas, pero también de odios que se fabrican, se repiten y se viralizan. Su vigencia no depende de aniversarios ni de programas escolares, sino de un mundo que sigue ensayando las mismas lógicas de enfrentamiento, ahora amplificadas por pantallas y algoritmos.
Cierro esta lectura con una sensación extraña, a medio camino entre la bronca y la gratitud. Bronca porque el libro sigue siendo actual. Gratitud porque todavía existen historias capaces de romper la indiferencia. Mientras haya alguien caminando descalzo entre las ruinas de una guerra —en Japón, en Ucrania, en Palestina o en cualquier otro punto del mapa— esta obra va a seguir pidiendo ser leída. No como homenaje al pasado, sino como advertencia para el presente.

Giovanni Battista Manassero
Escribo para encontrar lo extraordinario en lo cotidiano, entre el absurdo, la nostalgia y el mate bien amargo.
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