Pienso,
tus brazos alrededor mío,
la configuración de tu boca,
tus órdenes de miel,
mi apertura: un cántaro,
los peces y el mar,
tu voz al dormir,
el quiebre de la mía,
la inevitable caída:
mis rodillas.
Un nuevo luto.
Pienso,
tu cazadora negra,
mi cuerpo desnudo,
manchitas violeta
y mis muslos.
La violencia
de nuestra distancia,
el rechazo,
la última llamada,
tu cara,
sus lunares como estrellas,
los dibujos de tus brazos.
Pienso.
Este poema
se detiene.
Abrupto.
Sin sentido.
El encuentro
entre mis palabras
y tus ojos.
Intento no volver.
Te he alimentado
con mis pechos,
te he sostenido
con mis caderas,
he recibido el peso
de nuestro deseo
en mi abdomen
una y otra y otra
y otra vez.
No quiero seguir hilando
aproximaciones, también
en estos versos.
Mentiras y discursos,
disculpas y excusas,
el teléfono y los textos:
la espera.
La espera.
Espera. Espera.
Espera que me vaya
antes de darme la espalda.
Espérame en el paradero
y no me digas la verdad.
Véme con tus ojos
que aún creen
que soy una sorpresa grata.
Recíbeme con los brazos
que aún no han recibido
a nadie más.
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