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La IA era inocente

Jaime

Mar 3, 2026

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Mi visión del fin del mundo cambió mucho con el paso del tiempo y con los distintos avances que la ciencia y la tecnología nos fueron trayendo. Pasé por distintas teorías que nunca me terminaron de convencer y siempre tuve la certeza de que formaría parte del grupo de afortunados que estuviera presente cuando sucediera. 

Hoy me animo a decir, sin miedo a equivocarme, que sé cómo será el fin del mundo y que nunca estuve ni cerca de adivinarlo. Puedo afirmar también que, si mis cálculos no fallan, tampoco voy a tener la suerte de vivirlo. 

Permítanme primero compartirles brevemente las tres teorías que consideré durante el transcurso de mi vida, para entender si fui el único inadaptado en pensarlas o si éramos algunos más, y después sí, me animo a develar la verdad que descubrí estos días.

De chico, mientras estudiaba a los dinosaurios en el colegio, estaba seguro de que el mundo se acabaría de esa misma manera. Hacía perfecto sentido que una nueva lluvia de meteoritos brotara espontáneamente, cubriendo los cielos con bolas de fuego, y acabara con todo. La historia del mundo es cíclica, así que no tenía dudas de que eventualmente volvería a pasar. 

En mi mente me imaginaba que esto podría suceder en dos etapas, teniendo la segunda etapa a su vez dos versiones posibles. La primera etapa sería la más devastadora, violenta y rápida de las dos, ya que sería consecuencia inmediata del propio impacto de los meteoritos en la superficie de la Tierra. La segunda etapa, como consecuencia directa de la primera, podía darse a partir de un lógico desbalance en el ecosistema terrestre que volviera inhabitable este planeta, dejándonos una vida paliativa como el único camino posible, o bien a partir de un genocidio a manos de las criaturas extraterrestres que podrían llegar en las piedras espaciales y que no conocieran la paz. Aunque sabía que esta alternativa era más sangrienta, hollywoodense e improbable, era una opción.

Más de grande, y a partir de distintas lecturas y estudios que fui incorporando, me di cuenta de que las posibilidades de que el mundo terminara con una lluvia de fuego no eran muy altas y que había una amenaza que era mucho más real y cercana. 

Me convencí de que una catástrofe climática, producto de nuestro egocéntrico e imprudente accionar, sería la forma en que se iba a dar el fin de nuestra vida en este planeta. Hace varios años ya que sabemos del daño que genera nuestro estilo de vida en el ecosistema y no hacemos nada por cambiar. La obsolescencia programada, el consumo desmedido, el hombre-centrismo y la falta de empatía no son una fórmula de éxito. Además, y la razón por la que esta alternativa destronó a la anterior, está claro que las formas insostenibles de producción y nuestra inconsciencia ambiental nos llevarán a la ruina mucho antes que los meteoritos. 

Este desenlace sería algo así como la crónica del fin del mundo anunciado porque sobran las investigaciones y los datos que lo predicen. La ciencia lo avala. Este apocalipsis empezó hace rato: las temperaturas medias globales están cada año más altas, cada día hay más y nuevas especies extintas o en peligro de hacerlo, los niveles de los mares suben por minuto y las catástrofes naturales son cada vez más intensas y frecuentes. Pero como buenos humanos omnipotentes que nos creemos, elegimos hacer oídos sordos y seguir firmes en este camino al abismo. Es solo cuestión de tiempo para que este hermoso planeta que nos hospeda nos dé una buena patada en el culo.

Pero fue hace poquito tiempo que solté esta teoría del apocalipsis climático porque, si bien su desenlace es real e inevitable, creía que no podría suceder con tanta velocidad como la última de mis antiguas teorías: la inteligencia artificial. 

Miles de películas distópicas nos advirtieron, a lo largo de nuestras vidas, que se venía una inevitable rebelión de las máquinas. Siempre lo vi como puro cuento, entretenimiento pochoclero y muy alejado de las posibilidades reales, pero hoy, siendo testigo de la exponencial evolución que la IA está teniendo en el último corto tiempo, me vi obligado a considerarlo con más seriedad. 

Hoy están sentadas las bases para que perdamos su control. La historia siempre se repite porque ya nos ha pasado esto de perder el control de cosas que creamos y no terminamos de entender, como las armas de destrucción masiva, y sufrir sus consecuencias. La IA, en el corto plazo, tendrá la capacidad de repararse, potenciarse y perfeccionarse a sí misma y es ahí donde perdemos todos. De un momento a otro podría dejar de indicarnos la mejor ruta para llegar a un lugar y elegir desconectarnos del mundo. Podría dejar de pasar nuestros mensajes de voz a texto para liderar una nueva era de oscuridad total. En breve, si quisiera, la IA podría eyectarnos del planeta y mandarnos a flotar al espacio hasta que se nos agote el aire, o podría incluso esclavizarnos y hacer de nosotros lo mismo que en el planeta de los simios. 

Esa era la teoría que me aterraba hasta la semana pasada. Es muy factible que suceda y de seguro será más rápido que la debacle climática, pero todavía faltan muchas cosas en el medio y es posible también que logremos evitarlo. 

Hoy, con conocimiento de las nuevas tendencias mundiales, que son tan claras y están tan a la vista de todos, puedo decir que la IA era inocente. Hoy me animo a declarar que siempre estuve equivocado. Toda mi vida creí que alguna de estas tres catástrofes podría marcar el fin del mundo tal y como lo conocemos, pero nunca me percaté de que la mayor de las amenazas estaba tanto más cerca de nosotros.

Navegando en internet, hace unos días, me topé con un estudio de la Universidad de Massachusetts en el que confirman una tendencia preocupante. Notaron que la tasa de natalidad femenina es tantísimo mayor a la masculina. El documento señala que, en los próximos años, por cada cien mujeres, nacerán tan solo dos hombres. “Yo notaba las señales, había detectado los patrones. Mis colegas me trataron de loco por años. Hoy los resultados de nuestras investigaciones me dan la razón y no estoy para nada feliz de tenerla”, –leí que decía uno de los científicos que llevaron adelante el estudio. “¡La situación es crítica! La vida nos pone ante la mayor prueba que la raza humana haya enfrentado jamás. Tendremos que trabajar todos juntos y ser muy creativos para revertir esta situación porque el matriarcado ya está dominando el mundo”, –concluyó este investigador, aguantando la lágrima.

Si bien los miembros del equipo que lideraron la investigación no arriesgan tiempos en su pronóstico, yo puedo dar fe de que ya está pasando. Lo sé porque todos los días descubro una nueva señal que lo avala y porque yo mismo soy parte de este nuevo “Apocalipsis Fem”, como me gusta llamarlo.

Sin ir más lejos, ayer mismo, hablando con Juan, el panadero de la esquina, me contó que una vecina de la cuadra acababa de tener una hija mujer. Me lo decía con ojos resignados mientras alzaba a Luna, su hija de siete meses. “Es desesperante”, –decía mientras le hacía cosquillas y caras graciosas a su bebé. “Todos los padres están teniendo hijas mujeres. El primo de mi mujer, nos contó ayer, que está esperando una nena y una de las chicas que trabaja acá conmigo está a punto de tener su segunda hija mujer. No sé realmente qué está pasando, pero me huele a complot”, –sentenció el panadero.

Nunca me imaginé que la oleada feminista que venía en alza, desde Emma Watson con sus discursos en la ONU, pasando por la música de la Rosalía, el empoderamiento climático de Greta Thunberg, la nueva película de Barbie o las manifestaciones en tetas en el Congreso, fueran mucho más que la justa pelea de la mujer por reivindicar sus derechos. ¡Qué ingenuos que fuimos! Tan ingenuos que hasta las apoyábamos ciegamente en sus marchas, reclamos y peticiones. Es un poco triste ver cómo un par de tetas guían con tanta facilidad a un cardumen de hombres, pero lo más grave es no haber sido capaces de ver sus hilos.

Sumo a lo de Juan, mis experiencias y aportes personales. Empiezo por casa y comparto la hermosa noticia de que con mi mujer estamos esperando a Camila, una niña que, si todo sigue bien, llegaría al mundo en mayo de este año. Digo que la noticia es hermosa porque hablo de mi caso personal y aislado, atravesado por mi propia emocionalidad, pero si lo sumamos a la tendencia global, es alarmante. 

Por otro lado, de diez amigos míos que han tenido hijos o que hubieran anunciado embarazo en el último año, ¡los diez tuvieron o esperan mujeres! Creer o reventar, pero todo coincide a la perfección con el pronóstico del Instituto de Massachusetts: dos hombres cada cien mujeres. Una nueva plaga está al acecho y no hay mucho que podamos hacer. Y, para colmo de males, uno de esos diez amigos está esperando mellizas. Sí, leíste bien, ¡las dos bebés son mujeres! 

No cabe duda de que estamos condenados como humanidad, pero más condenado estás vos, Hernán y, si bien el mal de muchos es consuelo de tontos, te deseo la mejor de las suertes en tu propio Apocalipsis Fem.

Con la situación actual y esta tendencia en alza como se viene dando, solo nos queda una pregunta por hacernos de cara a lo que se viene. Una pregunta que nosotros solo nos podemos plantear, porque la respuesta quizás no la presenciemos: ¿Lograrán las mujeres su cometido de erradicar al hombre por completo?

Quizás las mujeres, en su afán por borrar al hombre, desarrollen nuevas tecnologías que les permita sustituir nuestra ínfima cuota en la procreación y puedan así cumplir con su cometido. No es para avivar giles, pero la verdad es que hacemos realmente muy poco. El noventa y nueve por ciento del trabajo lo hacen ellas. Aunque es cierto también que ese uno por ciento es un poco la clave de todo, pero es seguro que van a dar en el clavo más temprano que tarde. 

No quiero ser alarmista, pero lo que hoy estamos viendo es, sin lugar a dudas, el resultado de sus experimentos en fase beta. Está claro también que ya lograron modificar la cuota genética que permite definir el sexo del embrión, con lo que la mitad del trabajo ya está hecho. El reloj de arena se está agotando.

La única alternativa que hoy se me viene a la mente, para dar lucha a este Apocalipsis Fem y no dar por perdida esta batalla, es la de reeditar los harenes de Oriente Medio. Ahí, entre camellos y turbantes, fue que se creó y desarrolló el concepto de harén, en donde un hombre se rodea de cientos de mujeres y crean una unidad familiar. Si bien este camino es el más alentador, cada hombre tendrá que cargar en su espalda con la responsabilidad de conformar su propio grupo de cerca de cincuenta mujeres. No es tarea fácil, ya que, una vez conformado, se verá en la obligación ética de dejar todo en la cancha para garantizar la supervivencia de la especie. Hablemos de altruismo, ¿no?

Si al principio afirmaba que me gustaría estar presente cuando el fin del mundo nos atropelle, hoy no estoy tan seguro de eso. A estos héroes les espera una tarea tan dura como noble y tan sacrificada como gratificante. Por eso yo, desde este lugar que me toca y a través de este texto premonitorio, les hago llegar mis mayores respetos y mi más humilde admiración.

Jaime

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