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La humanidad no se negocia

Dec 5, 2025

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La humanidad no se negocia
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Hoy en el trabajo una señora me dijo algo que me quedó dando vueltas:

“Gracias, corazón. Qué increíble que alguien siga siendo amable a esta altura del año.”

Lo dijo con una mezcla de sorpresa y alivio.

Como si no esperara encontrarse con un gesto así en mitad del caos.

Yo solo me limité a responderle: “Hay que mantener la esencia.”

Y qué loco, ¿no?

Cómo se fue perdiendo la humanidad en lo cotidiano.

Estamos tan acostumbrados a que todo vaya rápido —a scrollear sin mirar, a escuchar audios en x2, a contestar rápido, a pensar rápido— que hasta el trato se volvió eso: automático.

Todo rápido, rápido, rápido.

Y en esa velocidad, el otro se vuelve un estorbo, un trámite, una notificación más.

La gente va apurada, cargada, con el ceño fruncido.

Las palabras se acortan, los saludos se evaporan, la mirada se baja al piso.

Y sin embargo, todos sabemos lo que se siente cuando alguien te mira y te reconoce:

“hola”, “te veo”, “sos una persona, igual que yo”.

Yo estoy haciendo mi trabajo, sí.

Pero no dejo de ser humana.

Y aunque haya gente que venga cruzada, aunque descarguen, aunque lleguen con una historia encima que no conozco, intento no engancharme.

Porque si me engancho, se arma esa ola pesada que crece y crece…

y que después nadie sabe cómo frenar.

A lo largo de mi (corta) vida me crucé con malos tratos.

Con comentarios pasivo-agresivos, incluso de gente muy cercana.

Con personas que lastiman sin medir.

Y, aun así, intento no devolver lo mismo.

Porque sé cómo duele.

Y porque repetirlo no me convierte en fuerte, sino en igual.

A fin de año todos venimos cansados.

Todos.

Todos cargamos algo, aunque no se vea.

Y eso es algo que, aunque a veces me cueste entender (porque yo no reacciono igual frente al resto), elijo dejar pasar.

Es como cuando volvíamos del colegio en pleno diciembre, con la mochila llena de libros y la carpeta de plástica colgando.

Ese peso que te tiraba para atrás y que lo único que querías hacer cuando abrías la puerta de tu casa era dejarla caer y tirarte de cara a la cama.

Soltar.

Respirar.

Sentirte libre un segundo.

Pero ese cansancio no te daba derecho a romper tus útiles.

No destruías lo que te servía, lo que te acompañaba todos los días.

Solo necesitabas un descanso.

Y la vida diaria es igual:

estar colapsado no te da derecho a maltratar a nadie.

Y sí, mantener la templanza a veces parece imposible.

Hasta te hace sentir ingenua en un mundo tan hostil.

Como si la amabilidad fuera una rareza o un lujo.

Como si fuera “ser tonto” elegir no responder igual.

Pero al final del día, esa elección es lo que te deja dormir tranquilo.

Saber que hiciste las cosas desde tu esencia, no desde la herida del otro.

Que no te traicionaste.

Que no te pusiste una máscara más entre tantas.

Hacer lo que decís.

Sostener lo que predicás.

Porque la humanidad, realmente, al menos para mí, no se negocia.

Milagros 🌀

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