En general el puesto B no era tan malo. Estaba en el techo del edificio de Correos. Subías por una escalera angosta que salía por una puerta hechiza. Ahí habían montado una garita para vigilar el enorme patio que el edificio compartía con Ferrocarriles del Estado. A veces algunos indigentes trataban de meterse para refugiarse del frío en los vagones viejos amontonados ahí.
Podías mirar al otro lado, al lado de Exposición, los viejos edificios del barrio Meiggs. Como la esquina donde durante el día todavía vendían gallinas y chivos, que mataban ahí mismo antes de venderlos.
Se contaba que en noches despejadas de invierno, ya de madrugada, desde el Puesto B en la terraza, se podía ver abajo en el patio la silueta de una persona parada.
Miraba hacia arriba, a la garita del puesto B. No hacía gestos ni se movía. Se veía negra y sin detalle, y en lo que uno suponía que era la cara, habían dos puntitos de luz débil.
Si el de la garita avisaba a Base y mandaban a alguien, el que revisaba no encontraba nada. Desde arriba se veía al guardia recorrer el patio y pasar al lado de la silueta sin dar señales de verla, mientras la huea seguía inmóvil, mirando al de arriba.
Si el de arriba lo guiaba por radio, el otro se giraba y decía que ahí no había nada.
Y si caminaba derecho hacia ella, desde el puesto B parecía que la esquivaba al pasar, pero el que estaba abajo sostenía que había caminado recto.
Nadie nunca la había visto desde el suelo.
Entre los que hacían turno en el puesto B circulaba además la recomendación de no avisar. Si aparecía, era mejor mirarla fijo hasta que se aburriera. Decían que si lo hacías, en algún momento los puntitos de luz se empequeñecían hasta no verse más. Algunos aseguraban que si no parpadeabas durante el duelo de miradas, se iba antes.
Todos estaban de acuerdo en que si seguías las reglas, la huea que estaba ahí era inofensiva, y terminaba por irse sin causar problemas.
El gordo Araya decía que una vez había visto a esa huea. Que se había acordado de su mamita, que le decía que ante lo sobrenatural había que insultar de la forma más ordinaria posible.
Así que empezó a recitar sus improperios más vulgares para terminar agarrándose la entrepierna apuntándosela a la huea que estaba ahí.
—¡Eh! —gritó—. ¡Chúpalo!
Se había dado la vuelta y restregado los ojos un segundo, cuando para su sorpresa, vio a los puntitos de luz débil en la otra esquina de la terraza, entre las sombras frente a él.
Araya nunca llevaba la linterna cuando le tocaba el puesto B, decía que le gustaba mirar sin delatarse. Así que hizo lo único cuerdo que podía hacer: tomó el cargo fijo, cerró la garita, y empezó a caminar hacia la escalera sin tomar en cuenta a la huea que estaba ahí. Cuando cerró la puerta del acceso detrás de él, empezó a correr hacia abajo como desaforado.
Desde la base lo vimos por los monitores del CCTV. ¡Casi se cayó un par de veces! Llegó a la base sin aliento, y luego de respirar hondo por un minuto, nos miró y nos dijo:
—A esa garita culiah yo no vuelvo ni cagando.
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