Ayer
perdí cualquier resquicio de fe que tenía en la humanidad
y este mundo.
Ayer
me interrogaste
con cara circunspecta y vigilante:
“¿Crees en el amor incondicional?”.
Tú,
por sobre todas las personas.
¿Con qué audacia osas a preguntar tal necedad?
Con ese semblante de inocencia,
con esos ojos crédulos
de quien no se entera del mundo asolado
que quedó a su alrededor.
No te culpo;
no podemos concebir
lo que no podemos ver.
Tú siempre has tenido la mirada fija
en el vacío horizonte,
esperando que un milagro te nombre,
esperando que el horizonte que tanto observas
te reconozca como suya;
implorando un auxilio
mientras tejes redes para atrapar el viento.
Pero enceguecida por el deseo
has obviado lo que ya te rodeaba,
haciendo de ello una forma de habitar el mundo
sin ser tocada.
Preferiste inventar abismos
para justificar tu retiro,
levantando los muros de un fuerte
que solo te blindaba
contra el mismo hálito que intentaba darte calor.
En el oleaje de mi pecho convulso
nace un eco de júbilo ante la ironía
de que ahora busques
el nombre de ese sentimiento;
cuando yo sostuve ese dialecto
cómo incendio clandestino,
articulando el verbo de la entrega
mientras el tiempo se cristalizaba.
Me preguntas por la incondicionalidad
como quien pregunta por un mito,
sin advertir
que tus propias palmas
exhalan aún la efervescencia de humo
en forma del perfume residual
de una devastación que
yo convertí en ceniza mansa,
solo para que el aire no te pesara tanto.
Y sí,
Existe.
Pero hay dialectos que requieren una entrega
que tú aún no conoces.
Un código que para ti es solo estática,
una frecuencia que tus manos no se atreven a sintonizar.
En efecto,
la incondicionalidad habita el mundo,
aunque tú seas su exiliada.
Hoy
mi mirada es un páramo
sin ecos ni puertas;
te observo a través de un cristal empañado
por años de invierno,
instalada en una mudez gélida
y una quietud
que solo pertenece
a los que ya no aguardan el regreso de nada.
Comprendo al fin,
con el estómago encogido,
que no hubo bastión capaz de resguardarte,
pues el invasor nunca golpeó tus muros desde fuera;
tú eras el asedio
y el incendio tu propia sangre.
Ninguna fonética del afecto
logra penetrar la carne encallecida
de quien ha confundido su reflejo con un adversario
y ha convertido su propia sombra en el campo de batalla.
No es que el amor claudicara por insuficiencia;
es que no se puede ser puerto
para quien ha hecho del naufragio su única identidad.
La abundancia te resultó una tortura insoportable
mientras yo me desangraba
intentando cerrar tus grietas.
Tú,
desesperada,
te arrancabas la piel a destajo
para mantener la herida abierta.
Logré discernir,
ya con el sabor del hierro en la boca,
que tu identidad supuraba el olvido de su propia luz.
Un goteo constante de salitre y sombra
que me quemaba las manos;
una secreción espesa de rechazo
que nacía de tus huesos
y terminaba cuando hallaba los recovecos
por donde borboteaban mis heridas,
dejando un martirio perenne.
Aquello que supuraba de ti no era dolor;
supuraba era la decisión consciente
de no ser querida.

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📸 3am visuals of the shadow girl notes. Luces que acompañan lo que no se dice de día. 🌑 Poemas y fragmentos de madrugada.
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