“You keep me in the dark
Tell yourself it's kind
Protect me from the pain
Meanwhile, I'm losing my mind.”
Just enough - Lily Allen
Anoche me desperté porque sentía que me ahogaba. Sentía literalmente que no podía respirar. Trataba de tomar aire y era un suspiro cortito, imperceptible el que llegaba a dar. Tenía sueño pero necesitaba respirar profundo aunque sea una vez para volver a dormir, caso contrario sentía que podía morirme, o algo malo me iba a pasar. Estuve un rato largo intentando hasta que me llegó una bocanada honda de aire y me dormí. Mi perro no vino a despertarme como todas las mañanas (a las seis) sé que supo que no tuve una buena noche.
El día transcurrió raro. Llegué a una de las escuelas donde trabajo y renuncié. Me sentí muy nerviosa antes de hacerlo, no sabía cómo encarar la situación. Es la segunda vez que me enfrento a ese momento y el motivo siempre sigue siendo el mismo: hay que saber irse de donde se siente incomodidad. Ese pensamiento resuena todos los días en mi mente últimamente ante situaciones que me ponen incómoda o me dejan en un lugar raro. Cuesta, no voy a decir que no es así. Pero a la larga siempre todo termina siendo un alivio.
Igualmente no es que yo me vaya de los lugares (o las personas) así como si nada. Siempre doy señales u opciones para dejar en claro que hay chance de retroceso. Esas señales siempre son invalidadas. A veces soy literal, otras veces dejo entrever las cosas. Lo que sí, el día que levanto mis cosas y me voy ya no hay vuelta atrás.
Estaba parada en la puerta del aula y desde ahí veía a unos ex alumnos a los que adoro escapándose unos centímetros fuera del aula aprovechando que el profesor había ido a buscar una planilla. Veía sus risas pícaras y me enternecieron. Uno de ellos siempre que me ve me grita “suegraaaaaaaa”. Hay pibes que quedan grabados para siempre en el corazón de una. Los voy a extrañar.
Después de preparar el relleno de la tarta para cenar entré a ducharme y lloré desconsoladamente abajo de la ducha. Me sentí en una película cliché con alguna cancioncita de fondo del estilo “all by myself don’t wanna be”. No me causó nada gracia.
Lloré tanto que a pesar de estar bajo la ducha pude sentir las lágrimas cayendo de la cara. Lloré porque de repente se me armó el discurso de despedida que necesitaba en mi mente. Lloré porque ante algunas situaciones no queda otra.
La tarta era de zapallitos y estaba riquísima.
Estoy cansada, muy cansada y eso me tiene angustiada. Estoy cansada de la situación actual del país, de las cosas que no puedo entender, de las respuestas esquivas, de la pavada total.
Veinticuatro horas después de mi renuncia terminé mi relación con H. Primero tuve que acostumbrarme a una Buenos Aires sin él y ahora a una vida que significa despertarme sin sus mensajes, que ya no me avise nunca más cuando está saliendo del trabajo, no volver a escuchar chistes subidos de tono, un montón de stickers para acercarnos, fotos de lo que estamos haciendo, chistes internos, códigos lingüísticos escritos y orales. Entender que nunca más vamos a volver a besarnos, ni a despertar juntos, ni a tomar vinito mientras charlamos o matecitos mientras caminamos. Lo peor de todo es que estoy hasta las re tetas con él. No tengo otra manera de decirlo. Lo quiero como hace mucho tiempo no quería a alguien porque tuvo que pasar más de una década para encontrar una persona que me hiciera dar ganas de pasar muchos años juntos.
Hace unos días le dije que haberlo conocido hizo que entendiera que no todos los tipos son lo mismo, lo sigo sosteniendo. Él es de las mejores personas que me crucé en mi vida. Igualmente ya no importa.
Son las doce y dieciséis de este viernes que recién comienza. Tengo ganas de llorar y siento el cuerpo vacío, como si me faltara algo, un amor.
Son las dos y doce minutos de la madrugada y no me puedo dormir. Me resuena una y otra vez todo lo que H me dijo. Yo traté (y fui) amable en el final pero él, como todo hombre, sacó sus garras y tuvo que escarbar donde más duele. Creí haber roto un patrón pero al parecer algo hay que siempre me tocan los tipos hirientes en el final.
Yo tengo el pensamiento que cuando no queda nada es mejor retirarse suave. A esta altura ya no importa lo que se hizo bien o lo que se hizo mal si el camino, de igual manera, conduce a la meta final. Pero los tipos no se pueden ir sin dejarte herida. Que si se va a terminar que duela, que duela tanto que no deje dormir aunque las horas de sueño escaseen. Me tienen harta. Nunca importa el amor, ni la ternura con la que convivimos. Lo importante siempre es que quede una cicatriz, no sea cosa que me tiente olvidarlo.
Cuando terminamos de hablar, y después de llorar, hice tres cosas: eliminar su número, bloquearlo en las redes y borrar absolutamente todas las fotos suyas de mi celular. Si va a haber una cicatriz que me cuesta recordar su cara en un futuro.
El deseo imperioso de no volver a vernos si ya no queda nada. Que no sepa nada de mí, no saber nada de él. Como era antes, cuando algo se terminaba y el destino te borraba a la persona para siempre, como si nunca hubiera existido.
Primera mañana y siento una tristeza enorme, tan enorme que lo abarca todo. No quiero estar donde estoy, quiero estar en mi casa con mi hija, mi perro y mi gata. Quiero estar en mi lugar seguro. No quiero hablar con nadie. Ni siquiera conmigo misma.
Eliminé de la aplicación de Kindle las novelas que íbamos a leer juntos.
No estoy en modo catástrofe ni fin del mundo. Tengo cuarenta años y sé perfectamente que la vida no termina acá y que en un tiempo, vaya a saber el destino cuándo, la rueda va a volver a empezar. Porque siempre es así. Aunque es la primera vez en muchos años que preferiría no volver a besar a nadie más. Quiero que sus besos sean los últimos. Como los de esa mañana de septiembre cuando lo despedí en una vereda de Palermo y no volvimos a tocarnos más.
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Comprar un cafecitoMiss Carlaina
Proyecto de escritora. Probando esta nueva plataforma aunque ahora estoy a full con mi newsletter: https://misscarlaina.substack.com/
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